¿existe Dios?

octubre 20, 2011 § Deja un comentario

¿Existe Dios? ¿Vale con decir el típico para mí sí? Eso que vale para ti, depende de ti y nada que dependa de ti puede ser de Dios. O Dios vale para cualquiera o no puede valer como Dios. Ahora bien, aquello que vale para cualquiera –aquello que posee una validez universal– no pertenece al ámbito de los hechos, es decir, no es nada del mundo, ni siquiera del mundo sobrenatural. Los hechos siempre se nos dan según los moldes de nuestra receptividad y, por tanto, según la medida que impone nuestra circunstancia o punto de vista. Un paisaje, como algo que se encuentra ahí, admite diferentes ópticas o descripciones, ninguna de las cuales es más verdadera que otra, aunque sea cierto que algunas de ellas sean más completas que otras. Pero Dios no se da como un hecho que admite diferentes puntos de vista, ni siquiera en el caso que supongamos que se trata de un ente sobrenatural. Dios no se da según nuestra medida. O lo que viene a ser lo mismo, Dios no se da –no se manifiesta– en modo alguno. ¿Qué decir, por tanto, de Dios? ¿Acaso deberíamos admitir que la palabra “Dios” es un palabra con significado pero sin referente como, por ejemplo, la palabra “unicornio”? De hecho, ambas palabras no funcionan igual. “Unicornio” es una palabra cuyo referente está por ver, pero “Dios” no es algo que aún esté por ver. Dios no puede darse sin dejar de ser Dios. Dios es invisible, no una cosa invisible. En realidad, no hay cosas invisibles, sino cosas que de momento aún no podemos ver, pues una cosa es, por defecto, algo que se hace presente de un modo u otro.

Ahora bien ¿qué significa “Dios”? Un dios es, por definición, esa fuerza, ese ente sobrenatural del cual depende nuestra existencia: un dios ampara o aniquila. Un dios es un poder, un señor de la existencia. Podemos suponer que existe la divinidad, pero, cuanto mayor es el ámbito de lo que podemos llegar a dominar –cuanto mayor es nuestro poder–, menor es el espacio que le queda a la divinidad. De ahí que, tarde o temprano, lleguemos a decir: no son dioses, sino las fuerzas de la naturaleza. Ahora bien, lo que queda de ese dios en nosotros es, en el peor de los casos, la necesidad infantil de seguir suponiendo un dios que funciona a la manera de un ángel de la guarda, y, en el mejor, una sensación de desamparo, de orfandad, pues lo cierto es que, tarde o temprano, vemos que estamos solos en un mundo donde las cosas se nos ofrecen enteramente como simples objetos de dominio. “Dios” sería, pues, el correlato objetivo de ese desamparo, su cifra, su revelación. Así, el vacío que deja la divinidad en su huida del mundo lo ocupa Dios, con mayúsculas, o por decirlo en bíblico, el puro nombre de Dios. Dios, en este sentido, sería lo opuesto a la divinidad, en el mismo sentido en que el vacío se opone a la plenitud de las cosas. Y es por eso mismo que el mundo queda cubierto, marcado por el gran silencio de Dios. Sin embargo, únicamente porque sufrimos la radical trascendencia de Dios –porque sufrimos la noche– la vida se nos da como el Testamento mismo de Dios.

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