epicur

abril 29, 2019 Comentarios desactivados en epicur

El pensamiento de Epicuro es lo más cercano al ateísmo que encontramos en la Antigüedad. Y no porque niegue que hayan dioses, pues nadie se hubiera atrevido a discutir lo que, en ese momento, era una obviedad, a saber, que existimos rodeados de poderes invisibles, sino porque, de hecho, los dioses no quieren saber nada de nosotros. Quienes, por medio del sacrificio, incluyendo el ascético, intentan decantar su voluntad o, cuando menos, participar de su fuerza, sencillamente, se equivocan. Como se equivocaría la cucaracha si pretendiera provocar la piedad del hombre. Sin embargo, el argumento decisivo es el que convierte a los dioses en una pieza más del mundo. Pues lo último no es el dios, sino el azar, el ciego movimiento de los átomos. Incluso los dioses son divisibles. De ahí que de lo que se trate es de disfrutar serenamente del presente, al menos porque para el hombre no hay más allá. Algo parecido dirá el libro de Qohélet. Pues Dios, bíblicamente, no aparece como dios. A diferencia de Epicuro, sin embargo, Qohélet parte de la convicción de que nos hallamos expuestos a un Dios que se manifiesta no solo como el inconcebible, sino también como aquel a cuya ocultación —ocultación que roza la inexistencia— debemos nuestro estar en el mundo. Ahora bien, no es lo mismo estar en el mundo como si no hubiera Dios, pero ante Dios, que vivir simplemente como si no hubiera Dios. En el primer caso, estamos pendientes de una última palabra, la que decide el sí o el no, admitiendo la posibilidad de que no haya quien la pronuncie —o quiera pronunciarla. En el segundo, Dios no importa. Y, sin embargo, quizá importe. Sobre todo, para quienes sufren a flor de piel la desgracia de no contar con la ayuda de un dios.

elecciones (2)

abril 28, 2019 Comentarios desactivados en elecciones (2)

La democracia carece hoy en día de líderes. Un líder va por delante, no a golpe de encuestas. Un líder no dice lo que la gente quiere oír, sino lo que, convenciéndola, necesita oír.

elecciones (1)

abril 28, 2019 Comentarios desactivados en elecciones (1)

hija—¿a dónde vais?

un servidor—a votar

hija—¿a quién?

un servidor—al presidente de España.

hija—¿y qué pasa si os toca?

una sutil distinción

abril 28, 2019 Comentarios desactivados en una sutil distinción

Hoy en día, el punto de partida con respecto a Dios no es el vivir en el sentimiento de una presencia intangible —no puede serlo, por equívoco—, sino la distinción entre quienes echan en falta a alguien verdaderamente otro y los que no. La presencia, en cualquier caso, es la de un ausente (aunque desde dicha ausencia podamos también escuchar un sí de fondo… que no acaba de pronunciarse). Y esto equivale a decir que, en relación con lo último, partimos de la existencia, de nuestra condición de arrancados. Que existimos en medio del misterio podemos darlo por descontado. Es posible que en relación con el todo seamos como ácaros, los cuales no pueden ni siquiera imaginar qué hay más allá de unas cuantas motas de polvo. Pero el misterio en general aún no es el misterio de Dios. De ahí que lo primero con respecto a Dios —mejor dicho, con respecto a la cuestión de Dios— sea la inquietud de quien se pregunta a qué obedece, si es que obedece a algo, nuestro estar en el mundo (y más si nos lo preguntamos ante las víctimas de la Historia). Ciertamente, podemos ahorrarnos la pregunta —podemos tener suficiente con el super. Pero no parece que sea lo mismo tener una inquietud que no tenerla. Quien es su inquietud nunca termina de encontrarse en donde está. Y quizá esto sea más propio del hombre que andar deambulando como chimpancés. Es verdad que, si topáramos con un dios, no resolveríamos nuestra intriga. Al menos, porque un dios con el que fuéramos capaces de negociar no sería Dios en verdad. Un dios no deja de ser una pieza más, una fuerza con la que deberíamos aprender a lidiar, aun cuando, sin duda, nos resulte satisfactorio poder contar con ella. Como le satisface al niño solitario creer que le acompaña un amigo invisible. Sin embargo, Dios —y esto es muy bíblico— se experimenta en verdad como aquel que se encuentra eternamente en falta o por venir. Pues existimos como los que le deben su estar en el mundo al paso atrás del enteramente otro. Este es el factum de nuestro estar en el mundo, su non plus ultra: que el otro como tal está por ver; que del otro tan solo poseemos su imagen, la idea que nos hacemos de él y ante la que reaccionamos. Ante Dios, nos hallamos a la intemperie. Por eso, cristianamente, el crucificado —y por extensión los crucificados con los que se identifica— es todo cuanto hay de Dios. Dios se hace presente como un abandonado de Dios… y de los hombres. Ahora bien, lo cristianamente decisivo es el perdón que nos ofrece aquel a quien colgamos de un madero. Así, la cruz tanto puede verse como la prueba definitiva de que estamos solos como el momento en el que caemos en la cuenta de que el sí o el no de nuestra entera existencia se decide en la respuesta a ese perdón. Sencillamente, quien se encuentra ante Dios se encuentra sub iudice. De otro modo, Dios no sería mucho más que la sustancia —el poder, la energía— que sostiene el mundo. Pero para este viaje no hacen falta las alforjas del cristianismo. Basta con el arkhé. O el budismo.

nietzscheanas 53

abril 27, 2019 Comentarios desactivados en nietzscheanas 53

Por poco que caigamos en la cuenta podríamos también dirigir la sospecha nietzscheana contra el mismo Nietzsche y, cuando menos, preguntarnos si acaso el resentimiento del que acusa al sacerdote no será una expresión del que pudo padecer Nietzsche hacia la bondad de, pongamos por caso, un Francisco de Asís. Y es que, aun cuando sea cierto que, en el origen de la piedad cristiana, haya rencor o envidia, pues no hay origen que sea químicamente puro, está por ver que al final no haya más que rencor o envidia. Como dijera Lou Andreas-Salomé, ese amor imposible, la filosofía de Nietzsche —como tantas en la Modernidad— es la de una humanidad sin prójimo. Desde su óptica, debemos comprendernos como monos que se pusieron en pie. Y un mono no deja de reaccionar a los estímulos de su circunstancia. Pero Francisco de Asís, cuando besó las pústulas del leproso, no se limitó a reaccionar. Su beso fue una respuesta a una invocación que procede de otro mundo. Ahora bien, este otro mundo no es el que religiosamente imaginamos, sino el de ese hombre que se encuentra, precisamente, más allá de sus pústulas y que, como tal, tiene que ser rescatado de su invisibilidad, por decirlo así. Pues de él tan solo vemos un cuerpo destrozado por la lepra. A diferencia de la mera reacción, una respuesta presupone una alteridad, estrictamente, su demanda, en el doble sentido del término. De ahí que, y esto es decisivo, si Francisco de Asís consiguió besar al leproso no es porque lo consiguiera, venciendo ascéticamente la repulsión que, sin duda, experimentó, sino porque el último paso lo dio el leproso. Si llegamos a la bondad no es por nuestra cuenta y riesgo, sino porque el otro, una vez respondemos a su demanda, nos abraza. No terminamos de responder, si el otro —el indigente, el que no cuenta para el mundo— no acepta nuestro intento de respuesta. De hecho, el santo es el primero en admitir que, en lo más profundo, está hecho con materiales de derribo. Que en el fondo del alma no hay más que barro (y un barro muy sucio). Que el orgullo de una conciencia satisfecha es una ilusión (o una falsa conciencia, que diría Nietzsche). Pero también el santo es el primero en saber que si es algo más no es por su mérito, sino porque hubo quien, desde su propia miseria, le concedio la gracia de la transfiguración. Así, puede que la creencia en la igualdad de los hombres obedezca en primer lugar a un resentimiento de base —que la moral cristiana sea antes que nada una reacción a la imposibilidad de admitir la inocencia del noble. Pero la cuestión es, si a pesar de ello, somos en verdad iguales. Ahora bien, que lo seamos no dependerá de que de hecho lo seamos —de que podamos verlo—, pues de hecho no lo somos, sino ante quién estamos obligados a reconocerlo. Y este quien es, precisamente, aquel ante el que se determina nuestra entera existencia. Cuando menos, porque existir es vivir como arrancados. Y si esto es así, entonces el noble, más que inocente, sería un estúpido. Pues ignora que el otro es, en realidad, el que está por ver, aquel de cuya presencia fuimos separados.

Así, es cierto que la pregunta es de dónde venimos, pues el origen configura el carácter (y un carácter, como decían los griegos, es un destino). Pero, cristianamente, no venimos del pasado, sino del futuro. Y es que el último paso —el del leproso hacia Francisco de Asís— siempre lo da aquel que procede del porvenir —aquel que, sepultado por un cielo de plomo, está de vuelta, como quien dice. El porvenir no se realiza como consumación del pasado, sino como su cancelación. Si hay otro —que lo hay, aun cuando su realidad sea la del que no aparece en su aparecer—, entonces no hay porvenir que no se nos ofrezca desde el lado del otro, esto es, desde su mismo porvenir. Y es que el otro como tal es alguien que, en tanto que arrancados, se nos revela como aquel otro por-venir. Puede que, al fin y al cabo, el pensamiento de Nietzcshe no sea mucho más que un espléndido ejercicio de retórica. Pues donde el otro tan solo es una imagen, donde el otro ha quedado reducido a un motivo ante el que reaccionar —donde olvidamos el carácter absoluto, literalmente, del otro—, con las palabras no lograremos mucho más que unos deslumbrantes fuegos de artificio. Y donde somos deslumbrados no vemos nada. O mejor dicho, no llegaremos a ver a nadie. Esto es, al aún-nadie.

sobre Macedonio Fernández

abril 25, 2019 Comentarios desactivados en sobre Macedonio Fernández

En un traspatio de la calle Sarandi, nos dijo una tarde que si él pudiera ir al campo y tenderse al mediodía en la tierra y cerrar los ojos y comprender, distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver inmediatamente el enigma del universo. No sé si esta felicidad le fue deparada, pero sin duda la entrevió.

Jorge Luis Borges

compartir el karma

abril 25, 2019 Comentarios desactivados en compartir el karma

Supongamos que fuera cierto que hay quienes nacen de pie y quienes nacen torcidos —quienes viven con el viento a favor y quienes no pueden evitar la mala suerte—. Supongamos, en definitiva, estuviéramos sujetos a un férreo destino. Y supongamos también que un dios nos diera la oportunidad de ceder parte de nuestro buen karma a aquellos que sufren una desgracia tras otra. ¿Lo haríamos? ¿Estaríamos dispuestos a sufrir, acaso lo indecible, para que otros pudieran difrutar de un poco de paz? ¿O, más bien, nos decantaríamos por aquello de que cada palo aguante su vela?

¿Dónde estoy?

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