Ulises y la caverna

junio 5, 2019 Comentarios desactivados en Ulises y la caverna

Es sabido que la filosofía obtiene sus señas de identidad frente al encanto del mito. Podríamos decir que un mito proporciona un encaje, un orden en el que habitar. Las cosas son como son porque algo fue decidido in illo tempore en un sentido y no en otro frente a la esencial ambivalencia de lo informe. La filosofía nos abre a la sospecha de que dicho sentido sea, sencillamente, una ilusión. El sujeto solo se libera de la seducción de las apariencias, y en última instancia de los espejismos del deseo, estando sujeto, precisamente, a la coerción del concepto. No es casual que la individualidad moderna —y por extensión su extravío— encuentre una de sus raíces en la ignorancia socrática. La libertad que nos propone la filosofía no deja de ser aquel estado de suspensión por el que el sujeto, estando más allá de sus inclinaciones más gruesas, puede situarse por encima de cuanto pueda sucederle. El amor a la verdad nunca hizo buenas migas con la piedad. Sin embargo, la persuasión nunca fue el fruto del esfuerzo conceptual. Únicamente por medio de un imaginario eficaz es posible el giro del alma. Pues no se trata solo de ver más allá, sino de incorporar, literalmente, la visión, siempre especulativa, de un más allá de lo aparente. Si cabe trascender hasta el final el horizonte de lo que nos parece que es —o nos conviene que sea— es porque disponemos de un mito alternativo al que configura un lugar común. Podríamos decir que, con respecto a la cuestión de quiénes somos hay dos mitos fundamentales o, mejor dicho, un mito fundamental y otro, acaso, verdadero. Por un lado tenemos el mito del viaje del héroe, uno de cuyos paradigmas es la Odisea. Por otro, el de la caverna platónica. Ambos constituyen respuestas distintas al problema de cómo situarnos ante la existencia. En el primer caso, esta se concibe como un viaje que concluye con el regreso al hogar del héroe, una vez ha sido despojado de cuanto le sobra. Como si se tratara de llegar a ser lo que uno es, por decirlo a la manera de Píndaro. Pues uno llega a ser el que es después de tirar por la borda cuanto está en él y no le pertenece. Al fin y al cabo, la reconciliación con uno mismo y con cuanto nos rodea pasa por el desprendimiento de sí, la ascesis, la desnudez. Tras volver a Itaca, a Ulises tan solo lo reconoce su perro. En el segundo caso, la lección es otra: no hay hogar al que regresar, después de haber caído en la cuenta de que el hogar es una prisión en la que tan solo percibimos sombras. Como es sabido, en el mito platónico el filósofo es molido a palos cuando, conducido por un cierto sentido de la responsabilidad, intenta desvelar a sus contemporáneos la ilusión en la que habitan. La moraleja es obvia: el filósofo se equivoca cuando intenta transformar la verdad en política. Pues la política —la polis, el lugar común— vive de la ficción. El destino del filósofo es el de permanecer, entre asombrado y perplejo, ante el carácter extraño de lo real, junto a sus amigos, en el mejor de los casos, esos compañeros de viaje. De ahí que una vida reflexionada solo pueda sobrevivir irónicamente entre los hombres. Y la ironía, antes que un tropo literario, es un modo de estar en el mundo. Un irónico siempre vive a una cierta distancia de sí, convencido de que hay verdad, pero no para nosotros. Con respecto a la verdad —con respecto a lo que en verdad es o acontece— somos como esos ácaros que ni siquiera pueden concebir un mundo más allá del polvo. Así, quien es incapaz de regresar nunca dirá “confío en Dios”, sino acaso “como dice el creyente, confío en Dios”. Díficilmente puede haber otra sinceridad para el filósofo. No fue casual que a Sócrates lo condenaran también por impiedad. Sócrates fue, según parece, sincero en su devociones, pero solo como el actor que se toma en serio su papel, sabiendo que no es mucho más que un papel. Y esto es, sencillamente, insoportable para quien necesita decirse a sí mismo que es Napoleón.

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