aborto

junio 6, 2019 Comentarios desactivados en aborto

Dentro de algunas comunidades cristianas, el tema del aborto suele dar pie, curiosamente, a un cierto debate, no siempre cordial. La cuestión de fondo es si abortar es matar o, por el contrario, una simple intervención quirúrgica. Como si nos extirpáramos un grano o un tumor. Creo que la cuestión no puede plantearse en torno a la noción de persona, pues resulta obvio que un feto —como un recién nacido— todavía no lo es. A la hora de legitimar cuando menos las dudas acerca de si el feto es o no humano, suele citarse a Agustín o a Tomás de Aquino, los cuales defendieron que en las primeras fases de la gestación no había propiamente alma. Pero puestos a citar también podríamos tener presente que el niño, durante muchos siglos, por no hablar de la mujer, fue considerado como infrahumano. Se le podía tener cariño, sin duda. Pero como también se lo tenemos a nuestras mascotas. Los ritos de iniciación, presentes en tantas culturas, no facilitan el paso a una vida adulta, sino a lo propiamente humano. A través del rito iniciático el niño adquiría esa humanidad que tenía pendiente. Por eso no vamos a resolver la cuestión sobre el aborto apelando a los hechos. Con respecto a este asunto, y a tantos otros, difícilmente vamos a ir más allá teniendo en cuenta lo que nos parece que es. Pues resulta obvio que un feto no nos parece humano. Ahora bien, que no nos lo parezca no implica que no lo sea. Los judíos fueron tratados como ratas por los nazis —y por los cristianos hasta antes de ayer— porque los veían como ratas. Para indicar por donde van los tiros, supongamos que nuestros padres nos dijeran que nos tuvieron… porque no llegaron a tiempo de abortarnos. No me atrevería a decir que la noticia nos dejara igual. Ciertamente, podemos ver las cosas desde diferentes ópticas. Pero de ello no se desprende que cualquier óptica valga por igual. Ningún chico le regalará a su chica por Sant Jordi una semilla de rosa. Pero de hacerlo, no sería absurdo, aunque sí inusual, que la chica decidiera plantarla y cuidarla con la esperanza de que llegue a fructificar (como si la semilla fuera la expresión de un amor que debe madurar para que se dé, precisamente, como tal). El punto de vista de esta chica no es uno entre otros. Esa chica no se sitúa ante esa vida en ciernes como la que se limita a tirarla en un contenedor. Sencillamente, ve más, por decirlo así, de lo que vería si solo tuviera en cuenta su preferencia, expectativa o interés. La cuestión, por tanto, es si la vida del feto es o no es sagrada, al margen de lo que nos pueda parecer —si su carácter intocable es algo que exige ser visto o, mejor dicho, reconocido, con independencia de si el punto de vista en el que nos encontramos nos permite verlo o no. En una situación como la que refleja la película Hijos de los hombres, en la que se nos sitúa en el contexto terminal de una humanidad estéril, el que una adolescente haya quedado embarazada se revela como el milagro de una concepción virginal. Y no me atrevería a decir que simplemente estemos ante un cambio de perspectiva. No es casual que la palabra apocalipsis signifique tanto final de los tiempos como revelación. Como si solo en los tiempos finales pudiéramos caer en la cuenta de lo que son las cosas en verdad. Pues acaso lo real, más allá de lo que nos parece que es, tan solo pueda acontecer como epifanía. El problema es que, en el caso que nos ocupa, esa epifanía es silenciosa: el feto no habla, aunque la madre sí pueda hablarle (y no diría que aquella que lo hace esté loca). Donde todo se nos presenta como susceptible de ser dominado —donde todo está bajo control o casi— va a ser díficil que podamos admitir el carácter sagrado de otra vida, sobre todo, cuanto esta vida es sumamente débil. Aquí la pregunta, en el fondo retórica, es si lo humano se decide solo en relación con ciertas metas o si, por el contrario, basta con el por-venir para alcanzar la dignidad de lo humano. Un feto es una promesa, aun cuando también pueda ser, bajo ciertas circunstancias, un inconveniente. Y hay quien lo ve, y quien no. Ciertamente, el aborto nos parece legítimo en el caso de una violación (o en el de vidas muy empobrecidas). Y por esto no nos atrevemos a condenar a la mujer que, en ese caso, decidiese abortar. La vida es, para muchos, trágica. Y ante la tragedia lo más sensato es suspender el juicio. Pero también es cierto que admiraríamos a aquella que, en nombre de una vida inocente, decidiera no hacerlo, aun cuando su decisión no fuera estrictamente ejemplar (ni por supuesto fácil), esto es, aun cuando, por su impronta sobrehumana, no se pudiera exigir lo mismo a cualquier mujer que hubiera quedado embarazada de aquel que la forzó. Sin embargo, que la admirásemos ya resulta, de por sí, significativo. Creo que perdemos pie cuando, con la intención de que no llegue la sangre al río o de lo políticamente correcto, no nos atrevemos a decirles a quienes defienden, incluso dentro de la cancha cristiana, el derecho moral al aborto que, sencillamente, están equivocados. Pues la vida, al menos desde una óptica bíblica, es un don. Y quien recibe el don se encuentra en deuda. O por decirlo de otro modo, debe responder. Tampoco hay que ponerse a gritar como talibanes. No obstante, creo que caeríamos en el paternalismo donde, estando convencidos de lo anterior, nos limitásemos a contrastar opiniones. Sin duda, vamos por el mundo dando palos de ciego. Pero algunos palos, como en el juego infantil, suelen dar en el cántaro.

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