mito y miedo a la oscuridad

junio 11, 2019 Comentarios desactivados en mito y miedo a la oscuridad

En relación con el otro, uno mismo siempre llega con retraso. Pues nos habituamos al mundo olvidando la extrañeza de una genuina alteridad. El otro deviene, así, un fantasma, mejor dicho, ese resto que inevitablemente queda fuera de la representación. El otro es, por defecto, el invisible. Su invisibilidad es la condición de la existencia. Pues existimos como arrancados. Nuestra integridad psíquica depende de que nuestra inicial exposición a la desmesura de la alteridad quede sepultada en un pasado anterior a los tiempos (Freud diría en nuestro inconsciente). De este modo, el otro deviene el misterio que permite construir un hogar. Hay misterio porque hay olvido —o por decirlo en teológico, negación de Dios. Así, el miedo a la oscuridad no se debe tanto a la precaución, sino a nuestra fragilidad psíquica: en el fondo, tememos la aparición, el regreso de aquel que tuvimos que matar para poder habitar un mundo. No es casual que bíblicamente el síntoma de la sabiduría sea el temor de Dios. Dios no murió, por decirlo así, con la irrupción de la modernidad, sino en el origen de la Historia (en cualquier caso, la modernidad se libera, o cree liberarse, de las imágenes de Dios). Y es que en el presente histórico no hay Dios, sino en cualquier caso re-presentaciones de Dios. Ahora bien, el mundo pende de un hilo porque Dios —el absolutamente otro— es un fue, el que, sin embargo, permanece eternamente como la espalda que sostiene el mundo. Nada es salvo el fue de Dios. Así, todo se mantiene sub iudice, esto es, en suspenso ante la posibilidad de la interrupción. El mundo deviene virtual —nada está decidido— por la des-aparición de Dios. El todo es el no-todo porque hay Dios, aunque en el modo de una falta fundamental. La pregunta acerca de si hay o no fantasmas es en vano. Pues no cabe otra realidad —otra presencia— que la del fantasma. De ahí que, con respecto a la cuestión sobre quiénes somos, el mito sea más verdadero que la neurociencia. Aun cuando esta nos permita ocupar el lugar de Dios. O por eso mismo.

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