un de profundis escrito en minúscula

julio 1, 2019 Comentarios desactivados en un de profundis escrito en minúscula

Algunos creyentes, después de escucharme o leerme, me preguntan si aún creo en Dios —o lo que acaso sea peor, condenan mi impiedad— como si olieran mi poca fe. Siempre les respondo lo mismo (porque es así): creo que la vida del testigo está más viva que la mía (y lo está porque ha regresado con vida de la muerte); pero honestamente no puedo decir que me encuentre por entero sujeto a la voluntad de Dios. Eso, en mi caso, sería pecar de vanidad —y puede que de falta de lucidez—. Sencillamente, no formo parte de los elegidos. No he quemado ninguna nave. Con todo, espero y ruego a Dios que al final me conceda el don de la fe (aun cuando, ciertamente, no lo prefiera: creo que nadie puede preferir, si sabe de lo que habla, que Dios irrumpa en su existencia). Pues la fe, como no ignoran quienes me acusan, es una gracia. La fe nunca se decidió desde nuestro lado, desde nuestro deseo de Dios. Evidentemente, doy por sentado que la fe no es un simple suponer —una hipótesis sobre el sentido trascendente de la existencia—. Quien cree, pongamos por caso, en vampiros no se limita a proclamarlo: por la noche, va con una estaca. Del mismo modo, quien confiesa al crucificado como el Señor no puede soportar que su señor tenga hambre. Y de ahí que, visto lo visto, probablemente la mayoría de los que dicen creer más bien crean que creen, aunque, por otro lado, tengan el corazón hinchado de piedad religiosa. Por eso, aun cuando tengan razón al acusarme, no puedo evitar preguntarme desde qué fe se me juzga. Y sospecho que se trata de una fe a la pagana, si es que aquí aún podemos hablar de fe, y ello a pesar de los motivos que la inspiran, una fe que apunta a una divinidad cuya naturaleza puede concebirse independientemente de la Encarnación. Como si solo bastara un creador para ponernos de rodillas. Desde esta óptica, la cruz es tan solo un mal final para el enviado y no el lugar en el que se nos revela, en el centro de lo histórico, que el crucificado es el quien de Dios. Pues cristianamente, Dios no es aún nadie al margen de su identificación con el que fue crucificado en su nombre. Y esto es, por poco que lo pensemos, algo inaceptable para una sensibilidad tópicamente religiosa. Diría que, por eso mismo, un testigo no se atreve a discriminar entre los que tienen fe y los que no. Quizá porque suele decir de sí mismo que nadie, salvo él, se encuentra más alejado de Dios. Aquí se cumpliría una vez más la ley de la verdad, a saber, que cuanto más cerca, más lejos. El testigo no posee el significado de su entrega a Dios. En cualquier caso, este pertenece a quienes pueden dar fe de su fe (incluso donde este dar fe sea, como en mi caso, desde la falta de fe). De hecho, el testigo no sale de su estupor, el cual se sitúa entre el asombro y el escándalo, y por eso mismo de su esperanza. Sin embargo, estamos ante una esperanza que, en tanto que absurda —¡en nombre de Dios, los muertos deben resucitar!—, no puede entenderse en los términos de un cierto saber o expectativa, al menos porque el yo sigue siendo el centro de cuanto supone o imagina. Puede que, por eso mismo, no se trate tanto de buscar a Dios —pues tan solo encontraríamos su cadáver— como al testigo. Aunque lo más probable es que, de encontrarlo, hiciéramos como el joven rico (al menos, es lo que yo he hecho): dar media vuelta. ¿Quién será capaz de cargar con su cruz y seguirte?, se preguntó Pedro. Y ya sabemos cuál fue la respuesta.

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