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julio 4, 2019 Comentarios desactivados en emet

La verdad, antes que adecuación, es lo irreparable, lo que en modo alguno cabe eludir. La verdad es, sencillamente, lo real. Y desde nuestro lado, lo real —lo irreparable— es, precisamente, el pasado, lo que no tiene remedio. Ahora bien, desde una óptica bíblica, este pasado es fundamentalmente el de aquellos que murieron antes de tiempo debido a nuestra impiedad. Por eso mismo, su muerte exige una reparación que, sin embargo, no se encuentra en nuestras manos. En cualquier caso, en nuestras manos está preservar su memoria (e intentar que no vuelva a ocurrir). Desde nuestro lado, nunca estamos a la altura de la vida que nos ha sido dada desde el horzionte de la des-aparición de Dios. Existir supone permanecer en la escisión entre la vida y su significado. De hecho, este es el sello de la culpa original: que vivimos de espaldas a la verdad. Así, podemos caer en la cuenta del carácter excepcional —milagroso— de la vida. Pero en el día a día nos hallamos sometidos a las urgencias de la supervivencia. La verdad exige atención —espiritualmente hablando, contemplación, aunque no solo—. Sin embargo, lo que se (nos) lleva es la distracción —la dispersión—. Con todo, desde la óptica de la redención, esto es, desde el lado de Dios, lo irreparable —lo que no tiene vuelta de hoja— no es ya el pasado, sino el que alguien haya vuelto con vida de la muerte, lo cual nada tiene que ver con una historia de zombis. Y este es el problema. Pues donde no veamos al resucitado —donde no partamos del testimonio de aquel que ha vuelto— difícilmente llegaremos a creer. Aunque sí podamos creer que creemos.

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