piedad cristiana y cosmovisión

julio 11, 2019 Comentarios desactivados en piedad cristiana y cosmovisión

Voy a decir algo elemental: la cosmovisión original del cristianismo hace tiempo que dejó de ser válida (lo cual no significa necesariamente que haya dejado de ser verdadera, aunque este sin duda es otro asunto). Nuestro mundo no es un mundo divido en tres planos cualitivamente diferenciados, aun cuando comunicados entre sí —cielo, tierra y sheol—. Para nosotros el cosmos es homogéneo. Como es sabido, Giordano Bruno fue el primero en defender un universo infinito y uniforme. La Iglesia fue muy consciente de lo que estaba en juego —a pesar de que Bruno se cuidara de preservar la existencia de Dios, aunque al precio de identificarlo con el todo— y por eso fue condenado a morir en la hoguera. Pero la deriva hacia la disolución de los cielos fue imparable. Es verdad que el devoto actualmente da por sentada la realidad de una dimensión espiritual, la cual sigue concibiendo como el horizonte paradigmático de su existencia. En este sentido, podríamos decir que el cielo se ha interiorizado —que no espiritualizado, pues en la Antigüedad, el cielo ya se hallaba lleno de espíritus—. Pero esto es lo mismo que decir que uno sigue creyendo en el cielo por su cuenta y riesgo. Pues la idea de una dimensión normativamente superior no casa con los presupuestos de la verdad científica, la única que podemos admitir como tal hoy en día. Y es que incluso si científicamente llegara a probarse la realidad de esa otra dimensión, estaría por ver si el dios que pudiera habitarla —al fin y al cabo, el dios del deísmo— podría aún entenderse como el Dios de la tradición cristiana. Al menos porque, como dijera Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. Hasta aquí nada que pueda soprendernos.

Ahora bien, lo que quizá no sea tan obvio es que la devoción cristiana, una vez dejamos atrás la cosmovisión que la hizo inteligible en su momento, pierde su anclaje ontológico, por decirlo así. De otro modo, la devoción —el dirigirse a Dios desde lo más íntimo— no encuentra su razón de ser en una teodramática de dimensiones cósmicas. La devoción queda desligada de la Historia de la salvación. Ciertamente, el devoto puede decirse a sí mismo que sigue creyendo en el relato fundamental. Pero podría preguntarse si no será a cuenta de caer en una especie de esquizofrenia epistemológica. Quien cree en vampiros —y no simplemente cree que cree— lleva consigo una estaca. Y no parece que a quienes proclamamos el credo hoy en día nos tiemblen las piernas cuando decimos aquello de que volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos. Donde perdimos de vista la teodramática que hay detrás de la fe cristiana, difícilmente podremos seguir creyendo en la iniciativa de Dios. A menos que la entedamos en un sentido muy general, como si Dios no fuera mucho más que una variante del amigo invisible de la infancia o del deus ex machina de las tragedias de Empédocles. Sin embargo, es innegable que el cristianismo pierde su antigua legitimidad donde damos por descontado que no cabe hablar de la iniciativa de Dios sin caer en la superstición. No es casual que Rudolf Bultmann defendiera la necesidad de un nuevo lenguaje para el mito cristiano. De ahí que se tomara tan en serio la tarea de una desinfección del kerigma (como el minero que tiene que separar la plata de la ganga para poder venderla). Según Bultmann, la fe hoy en día depende de que sea posible separar el significado del mensaje original de su primera expresión, culturalmente determinada. Como el mismo dijera, en la era de la energía atómica —la era del dominio técnico del mundo— no cabe seguir creyendo en un mundo poblado de ángeles y demonios. Así, en modo alguno es casual que, entre los teólogos contemporáneos, sean habituales afirmaciones del tipo lo que en verdad significa la resurrección es que la causa de Jesús continúa o que sigue vivo en nuestros corazones. No obstante, podríamos preguntarnos si la desmitificación no acabó tirando al niño con el agua sucia. Pues, tal y como vemos hoy en día, una devoción sin teodramática fácilmente termina apuntado a una divinidad que puede ser asumida por cualquier religión o espiritualidad. Como si Jesús fuera un símbolo de Dios entre otros y no el quién de Dios. Ahora bien, el cristianismo no dice que Jesús fuera un representante de la esencia de Dios, sino el modo de ser de Dios. Y decir que Dios solo llega a ser el que es en aquel que fue colgado de un madero —y no solo adoptando el aspecto de un crucificado— no es lo mismo que decir que la esencia de Dios se hace presente en cualquiera que llegue a ejemplificarla. La palabra Dios no significa lo mismo en ambos casos. Si no hay otro Dios que el encarnado, entonces no es cierto que Dios permanezca en las alturas a la espera del ascenso espiritual del hombre. Cristianamente, no hay Dios al margen de su identificación con el que murió como un apestado de Dios. Otro tema es si aún podemos confesarlo y a qué precio. Aunque, si lo pensamos bien, el cristianismo nunca fue una fe que pudiera ser asumida por el homo religiosus como quien no quiere la cosa.

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