las imágenes de la fe

septiembre 30, 2019 § Deja un comentario

Me has robado el corazón, le dice el chico a la chica. ¿Es de hecho así? No, ciertamente. Sin embargo, es verdad —o el chico cree que lo es. Algo parecido podríamos decir del imaginario cristiano. Al menos, porque la verdad a la que apunta el símbolo de la fe no es, estrictamente, la del hecho, sino la de un acontecimiento. La verdad del acontecimiento no puede entenderse, por tanto, como adecuación entre una representación del mundo y el mundo. Se trata de lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente nos sucede o pasa. Con respecto a los hechos, permanecemos a una cierta distancia, aun cuando nos afecten sensiblemente. En cambio, el acontecimiento no se sitúa frente a nosotros —como si nosotros fuéramos su centro—, sino que más bien nos arroja fuera de los límites de la mismidad. En un acontecimiento, el centro es el otro. Tan solo el otro —mejor dicho, el otro avant la lettre— puede acontecer. Ahora bien, el otro siempre irrumpe como aquel aún no es nadie sin la respuesta del hombre a su invocación. Pues el absolutamente otro es ese resto invisible que nos invoca desde el más allá de sí mismo para llegar a ser en nosotros. El otro únicamente puede encarnarse en el fiat de aquel a quien invoca. Del mismo modo que el amor solo puede tener lugar en la declaración. Antes tan solo contamos con impulsos. De ahí que nos equívoquemos donde entendemos las fórmulas del credo cristiano como si fueran enunciados análogos a la nieve es blanca o el fuego quema. Como se equivocarían quienes creyeran que al decir me has robado el corazón, el amante simplemente afirma, aunque de manera sumamente figurativa, que ha sufrido un chute hormonal. Ciertamente, con el paso del tiempo, incluso la verdad acaba siendo otra cosa (Hegel dixit). Así, pongamos por caso, el precio inicialmente traduce el valor de los bienes en venta. Pero ya sabemos que, tarde o temprano, el precio termina sustituyendo al valor. Con todo, no hay que haber leído a Machado para decir que solo un necio confunde valor y precio.

la psicología del cristiano

septiembre 29, 2019 § Deja un comentario

Te pasas media vida —si no toda— pretendiendo gustarle a papá. Y no parece que termines de gustarle. La cuestión, sin embargo, es a qué padre te diriges —a quién le muestras tus dibujitos o tu aspecto. Elige bien a tu padre, dice la vieja sentencia. Y no tanto porque sea un modelo a imitar, sino porque uno es el que es en relación con el mandato del padre —con lo que su padre quiere de él. Nuestras opciones de vida no dejan de ser respuestas a su demanda, seamos o no conscientes de ello. Sencillamente, si tu padre es la gente —si dependes de la mirada de cualquiera—, serás un cualquiera. Sin embargo, lo decisivo quizá no sea tanto elegir a tu padre, sino que tu padre te elija a ti. Aun cuando, contra nuestra expectativa de alcanzar su poder, te elija para soportar el peso de su indigencia, de su no estar a la altura de lo que te pareció cuando eras un niño (y uno puede serguir siéndolo con cincuenta años). Un padre en realidad nunca coincidió con su imagen —con su mito. De hecho, no es nadie sin el abrazo del hijo, un abrazo que, al fin y al cabo, acoge el cuerpo de un anciano. Y es que el hombre no sabe quién es mientras que no sepa quién es su verdadero padre. Nuestro padre no se revela como tal hasta que no abandona los cielos —hasta que no muerde el polvo de la derrota. No es casual que Freud fuera judío. Pues acaso se trate de matar al padre, si es que queremos dejar atrás la infancia. Pero desde la voluntad de ocupar su lugar tan solo habremos asesinado a un fantasma. De ahí que no caigamos en la cuenta de quién fue nuestro verdadero padre hasta que no recibimos su perdón desde la cruz de la que pende como si fuera un resto de hombre. Hasta ese instante, un padre no deja de ser un ídolo con pies de barro, un error.

entre lo uno y lo otro

septiembre 28, 2019 § Deja un comentario

Quien te ama o cree amarte te invoca desde el más allá de sí mismo —desde su no ser aún nadie. Pero también quiere poseerte (desde el más acá). ¿Quién ama en el que ama? ¿Se trata del amor o de su contrario? Decantarse por lo uno o por lo otro supone pecar de deshonestidad intelectual. No es casual que, desde una óptica judía, lo que es en verdad no se decline en los tiempos de un presente indicativo. Lo que en griego es lo subyacente —lo que permanece oculto en su contrario, en nuestro caso, el amor o el instinto de posesión—, en judío es un porvenir absoluto. La pregunta por lo que es en verdad al margen de las apariencias siempre se responde del mismo modo: ya se verá (o mejor dicho, ya nos lo dirá Dios). Bíblicamente, todo está por decidir —todo se encuentra sub iudice, pendiente de resolución. En los tiempos históricos, nada termina de ser. Y por eso mismo no es. Ciertamente, el creyente, que no el homo religiosus, se halla muy cerca del nihilista. La diferencia entre la óptica bíblica y el nihilismo pasa por que el nihilismo se detiene en el no: nada es, nada posee el valor de lo eterno. El creyente, en cambio, permanece a la espera de una última palabra, que no está en nuestras manos pronunciar. Aunque tampoco solo en las de Dios. Cuando menos, porque Dios no es —no quiere ser— sin el hombre.

focus

septiembre 27, 2019 § Deja un comentario

Ayer me entretuve echándole un vistazo a unos cuantos vídeos de los youtubers del mindfulness. La idea de fondo no está mal: se trata de evitar la dispersión del día a día, de tomar conciencia de que estamos vivos, pues, por lo común, deambulamos por el mundo como muertos. La rutina diaria tiene mucho de maquinal. Se trata, en definitiva, de tener presente el puro presente. Que las preocupaciones no nos dominen —que el malestar no nos pueda. Deberíamos estar por encima de la basura, sobre todo psíquica, que nos cubre casi por entero. Que al menos nos deje dormir. El horizonte del mindfulness es, así, la pureza o, si se prefiere, la calma interior. El aire de familia con la espiritualidad resulta evidente. Pues la espiritualidad pretende centrarnos en lo que importa, en el acontecimiento fundamental de la existencia: el hecho de que la vida es una excepción —un milagro—, aun cuando lleguemos a explicarla. Hay que enfocar bien. Podríamos decir que el papel que ocupa la meditación en el mindfulness lo ocupa en el cristianismo la oración —aunque hay en el cristianismo, sin duda, un lugar para la contemplación. En cualquier caso, lo que se pretende es permanecer en lo fundamental, no desconectarse. Sin embargo, dejando a un lado que no es posible un estado de conexión permanente, al menos, porque el mundo nos obliga a tratar con la impureza —la ambivalencia— de cuanto nos rodea, lo cierto es que el cristianismo añade un factor diferencial. Y es que lo primero no es tu malestar, sino el sufrimiento del semejante. Lo primero no es sentir la propia respiración, sino que el que vive como el que no cuenta para nadie pueda respirar, por decirlo así. Se trata, antes que nada, de responder a un clamor. Uno no puede evitar la impresión de que el mindfulness se centra en exceso en uno mismo. Pero la espiritualidad cristiana es una espiritualidad de desquiciados —de quienes han sido arrancados del quicio del hogar. El centro no eres tú. La paz es, ciertamente, el fin. Pero, en cuanto tal, no deja de ser un producto lateral, aquello que alcanzas —y siempre provisionalmente— donde no buscas tu paz. Más que una espiritualidad, el mindufulness sería su simulacro. Como lo es la novedad con respecto a lo genuinamente nuevo. Y de sucedáneos vivimos, es un decir, quienes principalmente nos dedicamos a trabajar y consumir. Es verdad que muchos se encuentran hundidos en el pozo de la tristeza. Y que unas dosis de mindfulness pueden ayudarles a, cuando menos, quererse un poco más. Pero difícilmente llegarás a quererte si no hay quien te quiera. Y aquí no basta, salvo autoengaño, decirte a ti mismo que Jesús te ama. La sugestión tiene un corto alcance, sobre todo si conservamos un mínimo de lucidez. Incluso para la espiritualidad, en el sentido cristiano de la expresíón, hace falta un mínimo de subjectum. Aun cuando lo mejor sería salir del contexto en el que te encuentras atrapado. Como es el caso de los que quieren desengacharse de la heroína. Y para salir del pozo puede que sea suficiente con ponerse en manos de quienes ni siquiera tienen pozos de agua para saciar su sed. En vez de respirar profundamente, quizá sea preferible cavar.

Reza Aslan

septiembre 26, 2019 Comentarios desactivados en Reza Aslan

Reza Aslan, profesor en la Universidad de California, ha dedicado buena parte de su carrera al estudio de las religiones. Acaba de publicar un libro —Dios, una historia humana— cuya tesis principal es que Dios no es más que una idea. Vale. Esto ya nos lo dijo Feuerbach. En cualquier caso, es innegable que de considerarnos criaturas de Dios hemos pasado a entendernos como creadores del concepto de Dios. Sin embargo, originariamente la divinidad no fue una idea —no fue el objeto de una creencia entre otras. Que lo sea para nosotros —o que lo sea en primer lugar— no significa que estemos más cerca de comprender en qué consiste nuestra exposición a la desmesura de Dios. Originariamente, la convicción de que había Dios —o dioses— fue un dato elemental. El homo religiosus de la Antigüedad vivía en medio de poderes invisible que no cabía dominar, pero con los que había que negociar, por decirlo así. Hay que ponerse en su piel para caer en la cuenta de que solo había que estar en la boca de un volcán para ver el infierno. La cuestión es por qué nuestra relación con Dios ha dejado de ser inmediata. Ciertamente, la crítica moderna a la superstición impide que podamos tomarnos en serio las imágenes de lo sagrado. De hecho, ya no somos capaces, al menos espontáneamente, de reconocer nada de por sí intocable. Todo se encuentra a nuestra disposición como eso susceptible de ser modificado. Como si hubiéramos ocupado el lugar de la divinidad. Sin embargo, la experiencia bíblica de la divinidad nunca fue inmediata como lo fue la del paganismo. En realidad, el creyente sufre a un Dios en falta —y en esto consiste su exceso. Así, no experimenta la presencia de Dios, sino en cualquier caso de lo debido a Dios —a su des-aparición o paso atrás, en última instancia, la vida y la ley, esto es, el deber de preservar la vida que nos ha sido dada de nuestra inclinación a la impiedad. De ahí que la tesis de Aslan, y tantos otros, peque de ingenuidad, por no decir ignorancia. Pues, cuando menos, no parece que tenga en cuenta la mutación que supone con respecto a la idea general de lo divino el hecho de estar referidos a un Dios que no aparece como dios, y que en sí mismo no es aún nadie sin la respuesta incondicional del hombre a su clamor. El hecho de hoy en día demos por sentado que Dios no es más que una idea no solo afecta a nuestra relación con Dios, sino que dificulta que podamos dar cuenta de nuestro estar en el mundo. Y es que existimos como arrancados del enteramente otro. El mundo es lo que es porque no hay propiamente alteridad —porque esta ha quedado reducida a imagen más o menos asimilable. Dios es en tanto que fue —y por eso mismo, está por-venir. Desde una óptica bíblica, Dios es la promesa de Dios —o por decirlo a la manera de Jüngel, Dios se da en adviento. Consecuentemente, el hombre moderno desconoce que no sabrá quién es hasta que no sepa quién es su padre o, mejor dicho, hasta que no sepa qué quiere su padre de él. En definitiva, la cuestión bíblica es quién decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo. Y, sin duda, nadie de entrada cree que se encuentra sujeto a una demanda que no podrá satisfacer solo desde su lado. Para ello —y esto es muy bíblico— uno tiene que encontrarse expuesto a las víctimas de, al menos, su indiferencia. ¿Dónde estabas cuando tuve hambre?

fantasmillas

septiembre 25, 2019 Comentarios desactivados en fantasmillas

Hay más realidad —más presencia— en los espectros que en aquellos con los que tratamos a diario. El espectro provoca en nosotros la fascinación y el temor que inspira una genuina alteridad. Tan solo el espectro aparece. Tan solo él es intratable. En cambio, si podemos relacionarnos con quienes tenemos a mano es porque previamente los hemos reducido a lo asimilable. En el día a día, ya sabemos con quien negociamos. La crítica ilustrada a la superstición, ciertamente, nos liberó del temor. Pero también, de paso, de la fascinación. No es casual que el sujeto moderno sea incapaz de comprenderse como aquel que se encuentra expuesto al carácter trascendente de lo absolutamente otro. De ahí que únicamente nos encontremos con el semejante donde ceden las máscaras. Aunque quizá siempre fue así.

contra el vocerío

septiembre 24, 2019 Comentarios desactivados en contra el vocerío

La mujer no es como un hombre solo que con cuerpo de mujer. La Modernidad, dejando a un lado la reacción romántica, lleva un par de siglos intentando convencernos de que somos meros individuos con diferentes papeles que representar. Un individuo no deja de ser un átomo. Sin embargo, aquí el mito quizá acierta más que la reducción racionalista. La mujer para el hombre encarna un paradigma —y viceversa—, aunque, evidentemente, no sea solo un paradigma. El poder que la mujer ejerce sobre el hombre posee, como cualquier poder, una doble faz. Por un lado nos fascina. Pero, por eso mismo, puede destruirnos. No es casual que la figura de las sirenas —mitad mujer, mitad ave rapaz— haya representado tradicionalmente la ambivalencia de la sedución. De ahí el consejo de nuestras abuelas: elige bien a tu mujer. Que haya en ella, sobre todo, bondad e inteligencia (y puede que hoy en día añadieran el adjetivo emocional). Que su parte buena, por decirlo así, pese más que su lado oscuro. Pues su bondad y su inteligencia despertará la bondad —y puede que la inteligencia— que hay en cada uno de nosotros. Podríamos decir que somos como intrumentos de cuerda. Depende de quien nos pulse sonaremos de un modo u otro. Cuesta creer que seamos simples individuos que solo puedan aspirar a un buen contrato. Una relación contractual —un acuerdo— da de sí lo que da de sí. El acuerdo puede, sin duda, satisfacernos. Pero no más. Ahora bien, la Modernidad tampoco va tan desencaminada al acentuar la individualidad. Pues lo cierto es que somos quienes no terminan de coincidir con el paradigma que encarnan. En este sentido, la Modernidad hereda el anuncio cristiano, aunque despojado de escatología: ya no habrá hombre y mujer (Gal 3, 28). Y es que, más allá del encaje de las máscaras, lo cierto es que, hombres y mujeres, solo podemos encontrarnos como los indigentes que, en definitiva, somos. El amor, más allá del mito, comienza con el abrazo de los náufragos. O lo que viene a ser lo mismo, con el perdón.

¿Dónde estoy?

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