Jon Sobrino ante el cadáver de Rutilio Grande

septiembre 3, 2019 Comentarios desactivados en Jon Sobrino ante el cadáver de Rutilio Grande

Un acontecimiento, a diferencia de lo que simplemente sucede, divide el tiempo en un antes y un después, de tal modo que ya no vuelves a ser el mismo. Un acontecimiento es como un trauma: tan indigerible como originario. Ahora bien, lo que viene —o mejor dicho, adviene— después del acontecimiento no termina de encontrar un encaje en este mundo. De ahí que por medio del acontecimiento, seamos arrojados a un futuro imposible y, sin embargo, ineludible. El acontecimiento es el origen de la fe —y la fe, contra la mera suposición, es siempre una fe en lo increíble. Quien encarnó una bondad sin tara, al menos en el instante donde se le ofreció la oportunidad de abandonar, no puede permanecer eternamente en el sheol. No estamos ante la necesidad de un final feliz —pues para este viaje no hacen falta estas alforjas—, sino ante aquel deber ser que se afirma contra cualquier expectativa razonable… en nombre de una vida que nos ha sido dada desde el horizonte de la desaparición. Jon Sobrino suele decir que, ante el cadáver de Rutilio Grande, le dio vergüenza seguir siendo como antes. Rutilio Grande fue asesinado en 1977 en El Salvador por su compromiso con aquellos campesinos que vivían como perros. Sin duda, el cuerpo acribillado de Rutilio Grande se le reveló a Jon Sobrino como un mezcla de gravedad y gracia, acaso la mezcla con la que se hace presente la verdad. Pues la verdad, frente a la serie de verdades que constituyen nuestro conocimiento del mundo, nunca se decide solo desde nuestro lado —nunca acaba de ajustarse a nuestros esquemas mentales que determinan lo posible. La verdad, antes que una creencia refrendada por los hechos, es lo que tiene en verdad lugar, lo que acontece en vertical sobre la horizontalidad del tiempo. No es casual que a la hora de dar cuenta de un acontecimiento siempre quede un resto por decir.

Con todo, lo cierto es que no hay verdad que, con el paso de los días, no termine perdiendo peso. Al fin y al cabo, es inevitable que el acontecimiento termine disolviéndose en el fluir de cuanto pasa. El tiempo erosiona todo lo que toca. Así, con el transcurso de los años, un acontecimiento fácilmente se resuelve como un hecho entre otros… al que acaso le dimos demasiada importancia. Esto es, tarde o temprano, la nada se impone. El nihilismo parte precisamente de la constatación de que nada permanece (y por eso mismo nada es). Puede que haya una verdad, pero no para nosotros (y esto está muy cerca de decir que no hay verdad que valga). Por eso, el único modo de evitar la deriva nihilista —el único modo de seguir siendo fiel a la verdad— consiste en atarse al mástil de las formas, del ritual que pretende conservar la verdad. Recuerda Israel… En definitiva, somos seres finitos, incapaces de abrazar lo que nos supera. El memorial (y la promesa a la que apunta) proporciona, por tanto, el único vínculo con la verdad. Y es que es posible no haya nada más real que lo que fue desplazado a un pasado absoluto —y quizá por eso mismo a un porvenir igualmente absoluto. Mientras tanto, no podemos hacer mucho más que ir trampeando con las apariencias.

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