Cristo y Sócrates

septiembre 7, 2019 § Deja un comentario

Sócrates no fue un redentor. La filosofía no salva. En cualquier caso, nos permite situarnos a una cierta distancia de cuanto sucede. Ciertamente, el filósofo, al estar por encima incluso de sí mismo, se libera de las fuerzas que le atán a la circunstancia (y esto está muy cerca de una existencia espectral o, si se prefiere, en suspenso, incluso quizá en su sentido más escolar). De ahí que no sea casual que la filosofía fuese para Sócrates un aprender a morir —un tener presente que no vamos a durar más de lo debido. Pues solo encarando nuestra muerte podemos distinguir entre lo que importa y lo que no (aunque también es posible que lleguemos a la conclusión de que nada en definitiva importa). La apatheia —la indiferencia ante cuanto pueda sucedernos— es inevitablemente el horizonte de la vida filosófica. Esto no quita que el filósofo no pueda alegrarse o sufrir. Sin embargo, este vive la alegría —o la desgracia— como si no fuera con él. Son cosas que simplemente suceden (y, por eso mismo, no acaban de tener lugar). La filosofía, por tanto, es capaz de liberarnos de la esclavitud de una existencia inercial o meramente reactiva. Pero al precio de una soledad que acaso solo un dios podría soportar. La filosofía no resuelve la existencia —el vivir como arrancados—, sino que la acentúa, por decirlo así. Como filósofos, tan solo nuestra muerte es relevante, no la de aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestra indiferencia o impiedad.  

Ahora bien, ¿qué aporta el cristianismo como religión salvífica? ¿Es que Pablo no dijo algo parecido a lo que dijeron los estoicos de turno —que los que lloran tienen que vivir como si no llorasen; los que se alegran, como si no se alegrasen (1 Co 7, 28)? Nadie se salva a sí mismo de su condición de arrancado. Sería como salir del pozo tirando de los propios cabellos, algo de hecho imposible. La diferencia pasa por entender la sentencia de Pablo desde el horizonte de la redención que da paso a los tiempos finales. El mensaje es por tanto otro: el tiempo histórico se acaba y, por tanto, nada de cuanto pueda sucedernos aquí y ahora importa. Y se acaba porque se nos ha ofrecido la salvación sobre la cima de un calvario. Cristianamente, el presente queda devaluado, no en nombre de un cielo arquetípico —o, siendo más escépticos, de una naturaleza sin propósito—, sino en el de un futuro sin continuidad con el mundo, un futuro absoluto. Así, la salvación posee dimensiones cósmicas y no solo subjetivas. Pablo no dice que solo se siente salvado, sino que la humanidad ha recibido la oferta redentora de Dios a través de su sacrificio. Y es que la irrupción de Dios como crucificado supone, desde una óptica bíblica, algo así como un reset cósmico. La redención no consiste en añadir más desafección a la existencia. Al contrario. No nos libera de las ataduras del instinto como pueda hacerlo un Sócrates, sino de nuestro hallarnos bajo el yugo de Satán, por decirlo a la clásica —de nuestra indiferencia hacia los que no cuentan. De ahí que la salvación caiga en saco roto donde olvidamos que va con un tener que responder. La fe, en principio, es la respuesta del hombre a la fe de Dios en el hombre. Sin embargo, lo cierto es que hoy en día no resulta fácil tomarse en serio esto de la dimensión cósmica —que la redención solo tiene sentido dentro de una teodramática. O de otro modo, que en la redención también está en juego el ser o no ser de Dios. Es lo que tiene la crisis posmoderna del metarrelato. Pero donde prescindimos de la teodramática cristiana —y quizá hoy en día no podamos hacer otra cosa, al menos espontáneamente—, la fe no pasa de ser un simple asunto interno. Como quien supone que hay marcianos en Marte. De ahí que el cristiano, hoy en día, crea que, para seguir formando parte del club, sea suficiente con suponer que la redención consiste en seguir con vida —y una vida dichosa— más allá de la muerte. Como si, gracias a la intercesión divina, el destino del hombre fuera el de un fantasma feliz. Pero no es exactamente esto lo que encontramos en el kerigma originario.

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