el origen de las especies cristianas

septiembre 23, 2019 Comentarios desactivados en el origen de las especies cristianas

El poder se entendió originariamente como el poder sobre la vida y la muerte (y de algún modo, sigue siendo así). Así, Zeus —el puto amo— come pero no es comido. Y quizá este sea nuestro temor más atávico: el de ser devorados por la bestia. De ahí la extrañeza del Dios cristiano, el cual, antes que alimentarse de los hombres, se ofrece como su alimento. Y de ahí también la importancia del Espíritu. Pues sin su aceite, probablemente se nos hubiera atragantado. En este sentido, el Dios que se revela en la cruz no deja de ser una mutación de lo que significa espontáneamente la palabra Dios. Ciertamente, en la Antigüedad, los hombres creyeron que podían participar de la fuerza de la divinidad si comían la carne del bruto que, hasta cierto punto, la encarnaba. Pero la originalidad del cristianismo consiste en que su Dios no llega a ser el que es hasta que no es ingerido por el hombre. Sencillamente, no parece que este Dios sea homologable al resto.

paganismo y monoteísmo

septiembre 22, 2019 Comentarios desactivados en paganismo y monoteísmo

La sensibilidad pagana se configura alrededor de dos polos. Por un lado, la convicción de vivir en medio de poderes invisibles con los que, de algún modo, hay que negociar. Por otro, la de formar parte de un orden más amplio que el de nuestra circunstancia, y al que deberíamos reintegrarnos, pues fuimos separados de él in illo tempore. El primer polo fue superado por la crítica ilustrada a la superstición. El segundo, en cambio, pervive en las formas de las espiritualidades transconfesionales o, siendo más profanos, en las propuestas de una vida detox. El monoteísmo rompe, como es sabido, con esta sensibilidad. Al menos, en tanto que no se trata en primer lugar de reconciliarse con el substrato de cuanto es. Ciertamente, en ambas sensibilidades hay algo así como una conciencia de la escisión (y de ahí la necesidad de un religare). Sin embargo, para la fe bíblica, el sello de dicha escisión no es propiamente la desdicha, sino el pecado. Como arrancados, vivimos de espaldas al que nos acusa con su hambre. Antes que controlar mágicamente los poderes que amenazan nuestra existencia o de participar del fondo nutricio del cosmos, de lo que se trata es de responder a la demanda de quienes no cuentan para nadie. Y luego ya veremos. Pues del mañana seguimos sin tener ni idea. El que existamos como arrancados no tiene solución desde el lado del hombre. Incluso con respecto a la verdad de Dios estamos en manos de Dios. En cualquier caso, un pagano no se siente acusado por el sufrimiento indecente del semejante, acaso conmovido, pero en modo alguno culpable. De ahí que, por aquello de la presunción de inocencia, sigamos respondiendo como Caín: ¿acaso soy el guardián de mi hermano?

José y María

septiembre 21, 2019 Comentarios desactivados en José y María

Dejando al margen que, en los tiempos bíblicos, la relación entre un hombre maduro —quizá un anciano para la época— y una adolescente, casi una niña, entraba dentro de lo posible, lo cierto es que tampoco fuese lo más normal del mundo. Que José desposara a María debió resultar, como mínimo, singular (y más si María ya estaba embarazada). Probablemente, fue objeto de chismorreo: esto no puede ir bien. Como lo sería también hoy en día. Muy razonable, por supuesto. Pues lo natural es que no vaya bien. A José, sencillamente, le aguardaba el destino de Pigmalion. Ahora bien, supongamos que esa singularidad hubiera sido la expresión de un amor verdadero y no solo un error, algo así como la encarnación de lo eterno. De hecho, el amor verdadero no deja de ser, por defecto, una excepción: quienes se aman, como decía Riumbaud, se encuentran fuera del mundo. En ese caso, sin embargo, tampoco hubiéramos podido encajarlo. Pues no cabe encajar un milagro (y aquí no me refiero al símbolo de una concepción contra naturam). Quienes viven en la verdad, por decirlo así, tienen que nadar contracorriente. Y es que la verdad acaso tenga más que ver con lo imposible —con lo que el mundo no puede admitir como posibilidad— que con lo previsible. No hay que haber leído a Nietzsche para, cuando menos, sospechar que los chismorreos que José y María tuvieron que escuchar obedecieron, antes que a principios, a un resentimiento de fondo: no puede irles bien porque, de lo contrario, no seríamos capaces de soportarlo. Sea como sea, lo cierto es que no hay amantes que desde el interior de su relación puedan decirse a sí mismos que viven un amor verdadero. Aunque no lo duden. Con respecto a la verdad, todavía está por pronunciar la última palabra. Y no la pronunciaremos nosotros.

Feuerbach, one more time

septiembre 21, 2019 Comentarios desactivados en Feuerbach, one more time

Lo que está situado más alto en el espacio es también en la cualidad lo más alto del hombre, lo que le es más próximo, lo que no se puede separar ya de él —y es la cabeza. Si veo la cabeza de un hombre, es a él mismo al que veo; pero si no veo más que el tronco, no veo más que su tronco.

Ludwig Feuerbach

la edad media que viene

septiembre 20, 2019 Comentarios desactivados en la edad media que viene

El bienestar de las sociedades occidentales ha dependido hasta el momento del crecimiento económico, esto es, de que cada año se produzcan —y vendan— más cosas que durante el año anterior. Por definición, las clases dominantes quieren cada vez más pastel. Y si fue posible que obtuvieran más pastel, sin que otros vieran disminuida su parte, es porque hasta la década de los setenta hubo, año tras año, más pastel que repartir. Ahora bien, que la buena marcha de la economía dependa de que haya cada cada vez más pastel no obedece solo a la ambición o afán de lucro de los ricos, sino a que una economía que se basa en el crédito —o en técnico, en el dinero-deuda— necesita crecer, precisamente, para que el dinero prestado —y esto actualmente significa el dinero tot court— no se convierta, de repente, en papel mojado. Sencillamente, si pasa a ser papel mojado, la deuda emitida, sobre todo por los bancos, no puede seguir funcionando como medio de cambio. El dinero-deuda puede cumplir con las funciones del dinero siempre y cuando confiemos en que la deuda será saldada. De hecho, el crédito no deja de ser dinero que tomamos prestado del futuro. Es “dinero” a cuenta… de un dinero “real” que aún está por ver. Quienes defienden, por lo común desde una sensibilidad ecológica, la necesidad de un crecimiento sostenible o, incluso, nulo, harían bien en pensar qué tipo de dinero exige una economía sin crecimiento. Pues mientras el crecimiento dependa de la deuda, no es posible dejar de crecer insosteniblemente para que todo siga en pie, lo cual, por cierto, significa que andamos, como el funambulista, sobre una delgada cuerda. Ya lo dijo Marx: en el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire. Pues bien, parece ser que nos esperan años, por no decir décadas, de estancamiento. Traducción: según dicen los que saben, no va a haber mucho más pastel que repartir. Las nuevas oportunidades de beneficio no necesitan tanto capital como antes. O por decirlo de otro modo, no movilizan los recursos de antaño. Y quien dice recursos, dice empleo. Muchos se van a quedar sin trabajo o con trabajos de subsistencia (si alcanza). El mercado no da mucho más de sí. De ahí que la clase dominante reoriente su actividad económica de la producción de bienes a la extracción de rentas, bien sea a través del aumento de la carga fiscal —en mayor o menor medida, el estado moderno se ha convertido, vía corrupción, en una especie de chiringo para amiguetes—; bien a través de la especulación financiera (aunque en los mercados de bienes las estrategias sean otras: pagar más por la renovación de lo mismo, con la excusa de innovaciones fictias). Y la especulación financiera, donde llegamos a entenderla adecuadamente, cosa que nada fácil, no es más que dinero que pasa de unas manos a otras… sin que haya bienes de por medio. Pues el mercado de las finanzas especulativas, dejando a un lado su papel financiador, se alimenta inevitablemente de burbujas —de la sobrevaloración de los activos. Las finanzas y las burbujas, hoy en día, van de la mano —y algunos parece que quieran que siga siendo así, con el riesgo que implica, sin duda devastador.

Estamos, como decíamos, ante una pura y simple transferencia de rentas. Más aún, esas rentas que se extraen en realidad se sustraen de la economía real o productiva. No vuelven como capital industrial. Y mejor que no vuelvan, pues de hacerlo la hiperinflación arrasaría con cualquier economía. En las finanzas actuales se mueve, según estimaciones, el doble —o incluso el triple— del PIB mundial. De ahí que, donde seguimos estancados, obtener más pastel solo es posible si otros tienen cada vez menos. La sociedad que nos espera, por poco que nos despistemos, es una en la que habrán pocos con mucho y muchos con poco. No es causal que para el neoliberalismo sea esencial el férreo control de la inflación (así como la privatización del pastel público). Al menos, porque las rentas obtenidas por la vía especulativa solo conservan su valor si no suben los precios.

De ahí que tampoco sea casual que las reformas pedagógicas que invaden Europa y cuyo origen se encuentra en EEUU, pretendan, aunque no sea este su propósito explícito o consciente, idiotizar a los estudiantes. Así, se nos repite machaconamente que los contenidos no importan. Lo que importa es aprender a aprender… sobre todo jugando. De acuerdo. Pero no es posible aprender a aprender sin contenidos que contrastar, ni sin la vieja cultura del esfuerzo. Es como si a los estudiantes de hoy en día se les propusiera aprender alemán en diez días —y a la vez, de manera divertida. Una estafa. Ciertamente, la escuela no puede seguir como hace cien años. Pero con la excusa de la renovación, no vale cualquier cosa. Pues corremos el riesgo de tirar al niño con el agua sucia. El mundo que viene —mejor dicho, aquel en el que ya estamos— es un mundo hostil a la gran cultura. Y donde, bajo la presión de las circunstancias, la escuela renuncie a la transmirtirla, será complicado forjar una inteligencia (y un carácter) que, cuando menos, sepa hacer buenas preguntas. Por eso, una escuela que se precie, más que adaptarse, tiene que resistirse a las demandas de la socieda. Al menos, hasta cierto punto. Nuestros hijos deberían poder escuchar aquellas palabras que un mundo reducido a mercado nunca pronunciará. Llama la atención que los gurús de Silicon Valley lleven a sus hijos a escuelas en las que no hay ipads (y en algunas, ni siquiera wifi). Por tanto, difícilmente dejarán de haber buenas escuelas. Pero serán las menos (y para los menos). Para la mayoría, café con leche en digital. Nos dirigimos a un mundo en el que habrán pocos que sepan pensar —por no decir, leer. Una sociedad se define en gran medida por quienes tienen el megáfono. Y quienes lo tienen, hoy en día, son los futbolistas o los actores (por no hablar de los participantes de un reality show). Mal vamos. Sin duda, seguirán habiendo centros de alta cultura, pero rodeados de escuelas que se dedicarán a divulgar la propaganda que conviene interiorizar. Como en la Edad Media: universidades para la nobleza; religión para el populacho. Pero, al menos, hubo un tiempo, no tan lejano, en que la propaganda fue tildada públicamente de superstición.

emic vs etic

septiembre 19, 2019 Comentarios desactivados en emic vs etic

El hombre no puede comprenderse a sí mismo, en su individualidad, como un caso particular de la definición general de hombre, aquella que producimos desde las gradas del espectador. El hombre es para sí mismo el que existe como arrancado, aunque de entrada, no sepa de qué o de quién. En este sentido, el hombre es su inquietud por el más allá de sí mismo y no un simple mecanismo de respuesta a los estímulos de su circunstancia. El hombre no es una foca. Las focas no existen, son. Es decir, coinciden con su modo de ser. En la foca no hay ninguna distancia interior —ningún desacuerdo íntimo, ningún desgarro. A diferencia de las focas, el hombre nunca termina de encontrarse en donde está. Como si el llegar a ser —esa tarea pendiente— no pudiera realizarse donde nos hallamos atados a la inmediatez. Y siempre lo estamos, en mayor o menor medida. Evidentemente, la pregunta es dónde hay más verdad —desde que óptica se determina la verdad. ¿Quién tiene razón? ¿El científico o el poeta? ¿Quien dice con exactitud o quien dice por así decirlo? Esta pregunta, sin embargo, nos obliga a plantear una pregunta aún más fundamental o previa: de qué hablamos cuando hablamos de lo real —de lo que es en verdad. O lo real es cuanto podemos traernos entre manos, la cosa más o menos manipulable según nuestro interés; o lo real es aquello que no acaba de mostrarse en su mostrarse, esa alteridad que perdimos de vista una vez fuemos arrojados al mundo, por decirlo así. Si lo primero, entonces el científico está en lo cierto. Pues, desde sus presupuestos, tan solo ve cosas entre otras, que se relacionan según la ley. Pero no puede estar en lo cierto. Cuando menos, porque lo cierto es que en la representación mental de las cosas que están ahí —y el científico solo trabaja con nuestras representaciones del mundo: según él, tan solo es verdad, al menos desde Descartes, lo que admite una cuantificación—, lo que es obviado es, precisamente, el carácter otro o elusivo de cuanto admite una representación. Nunca acabamos de ver —nunca acaba de hacerse presente a una sensibilidad— la alteridad de lo que tenemos enfrente. Esta solo puede ser reconocida o pensada. La razón instrumental —la que se ejerce como cálculo— no nos permite dar cuenta de lo real. En cualquier caso, de su reducción a lo que cabe asimilar. Para dar fe de lo real hace falta unas cuantas dosis de dialéctica. Pues la alteridad propia de lo real —su extrañeza— es, de hecho, lo que inevitablemente tuvimos que perder de vista para poder tratar con lo real. Y aquí quien se encuentra en medio de la escena se encuentra más cerca del nervio de lo real que aquel que se ubica en la posición de una divinidad omnisciente.

real

septiembre 18, 2019 § Deja un comentario

La inmediatez de una presencia —su dato— no da la medida de lo real, sino de cuanto nos parece real. Tan solo la pérdida —la desaparición— constituye la medida, si es que la hay, de lo real. Sin duda, lo real es, por defecto lo que se hace presente. Pero nada aparece sin que, como algo o alguien enteramente otro, dé un paso atrás. La alteridad de lo manifiesto se nos ofrece como el resto invisible de lo visible —como un eterno porvenir. Desde nuestro lado, no podemos ir más allá —esto es, no podemos trascender, salvo con el pensamiento, el horizonte de la apariencias. Esta es la ley de de nuestro estar en el mundo. Como la gravedad lo es del cosmos. De ahí que en lo más hondo sintamos algo así como una nostalgia de lo absoluto o incondicional. Donde nos ocultamos a nosotros mismos esta nostalgia quedamos reducidos a la condición del chimpancé. Aunque posteemos en Instragram. Pues los hombres se dividen entre los que están a favor de la búsqueda y los que no. Al menos, desde nuestro lado.

¿Dónde estoy?

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