transmitir la fe hoy

octubre 31, 2019 § Deja un comentario

Que el cristianismo toca a retirada no es nada nuevo. Quizá no tanto sus variantes sectarias, pero sí, literalmente, su catolicismo. De ahí que muchos se pregunten cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Sin embargo, una cosa es cómo hacer inteligible un credo que se escribió hace dos mil años a los hombres y mujeres de hoy en día y otra es en qué crees tú como cristiano —quién es Jesús de Nazaret para ti: ¿un buen hombre, un ejemplo?; ¿aún eres capaz de confesar al crucificado como el Señor? Y quizá deberíamos comenzar por estas últimas preguntas. Ciertamente, la primera, la que afecta a las verdades de la fe, es una pregunta recurrente: con cada cambio cultural el cristianismo tiene que enfrentarse a la cuestión de su inteligibilidad, a la necesidad de un traducción que no tire al niño con el agua sucia. De hecho, el cristianismo, tal y como lo conocemos, es el resultado de una adaptación de la mentalidad judía a la del mundo greco-latino. Ya comenzamos traduciendo. Pero en cualquier caso, si se trata de transmitir, lo cierto es que nadie transmite nada sin pasión. ¿En qué crees? Mejor dicho, ¿en quién? ¿A qué invocación responde tu vida entera? Ambas cuestiones —la de las verdades y las del corazón— están, sin duda, relacionadas. Y más actualmente. Pues como modernos, no sabemos muy bien qué hacer con Dios. De entrada, no nos encontramos expuestos a su trascendencia —a su retroceso— y, por eso mismo, somos quienes confiamos demasiado en nuestra posibilidad. No parece que dependamos de una última palabra. Sin embargo, antes que hacer apologética quizá deberíamos chupar más soledad, cuando menos para conectar con el fondo de la existencia —un fondo en donde hay más vacío que luz. En cualquier caso, el punto de partida, hoy en día como antes, es aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios en falta, el testigo de la fe. Así, la pregunta inicial no es en qué crees, sino quién provocó en ti la inquietud por Dios —qué ha visto él que tú aún no has visto, aunque más que ver, el testigo haya sido visto o, mejor dicho, invocado por un Dios que colgó de una cruz. El hombre de fe permanece a la espera de Dios. Pero se trata de un permanecer que, en cierto sentido, está de vuelta. Las catequetesis cristianas deberían comenzar con las vidas de los santos, por decirlo a la clásica. Aun cuando no sea oro todo lo que reluce. Y es que sigue siendo cierto, hoy en día como antes, que Dios no es —no quiere ser— sin el fiat incondicional del hombre, fiat que el hombre solo puede pronunciar bajo un cielo impenetrable. Acaso convenga recordar aquello que dijera Bonhoeffer en su momento, a saber, que estamos ante Dios, sin Dios. Puede que al cristianismo de hoy en día le convenga recuperar un poco de oscuridad (aunque si caer en la de las sacristías de antaño). Basta con tener presente el horror que sufren tantos de nuestros hermanos. No vamos a ir muy lejos donde nos limitemos a promover el buen rollo. Pues para buen rollo hay mejores ofertas.

contra Platón (o no)

octubre 29, 2019 § 1 comentario

Antonio Damasio, en El error de Descartes, llegó a constatar que aquellos que habían sufrido un daño en la corteza cerebral ventromedial eran incapaces de reaccionar emocionalmente. Como si fueran unos psicópatas. Ahora bien, lo curioso del caso es que, a pesar de que su aptitud para razonar permanecía intacta, no podían tomar una decisión acertada cuando se enfrentaban a alternativas relativamente complejas. La conclusión que extrae Damasio es que las emociones más elementales, aquellas que fueron seleccionadas a los largo de la evolución, son como patrones —atajos— que facilitan la elección correcta. De hecho, el impasse deliberativo lo experimentamos, por lo común, cuando debemos seleccionar una opción entre varias sin que exista una implicación emocional (por ejemplo, al tener que escoger una lavadora dentro de un extenso campo de posibilidades). No es cierto, por tanto, que el cuerpo sea un obstáculo, como sostuviera Platón, a la hora de decidir qué es lo que nos conviene, moralmente hablando. Ciertamente, Platón tenía sus razones para decir lo que dijo. Pues el cuerpo responde a imágenes que, como tales, suelen falsear la realidad. Así, nos seduce la belleza de un cuerpo. Pero nos casamos con la persona (y esto es harina de otro costal). Un cuerpo bello puede estar hueco. Y si no lo estuviera, su belleza sería lo de menos. De acuerdo. Pero Damasio considera que sin emociones no sabríamos qué hacer —que es más fácil equivocarse donde solo tenemos en cuenta los fríos dictados de la razón. Que incluso donde nos decantamos por la belleza interior seguimos una intuición. No obstante, podríamos decir, en defensa de Platón, que Damasio solo tiene en cuenta la conducta. Y, sin duda, en lo que a esta respecta, las emociones juegan un papel decisivo. La selección natural no procede en vano. Ahora bien, en cuanto a la relación con uno mismo, las emociones no siempre dan en el clavo. Uno puede creer —dejarse llevar— en falso. O por decirlo de otro modo, nuestra vida puede ser un error. Y ahí la pregunta por la verdad —por aquello de lo que estamos hablando cuando hablamos de, pongamos por caso, el amor, la libertad o la esperanza— no es en modo alguno secundaria. Al contrario. A pesar de que, al fin y al cabo, no sepamos cómo responderla. Y una vida que ame la verdad —que vaya en su busca— no se encuentra en el mismo plano que aquella que se limita a reaccionar, aun cuando sea felizmente.

fantasmas

octubre 28, 2019 § Deja un comentario

El terror que provoca el fantasma es significativo. Pues representa el otro como tal —el extraño, el que procede del más alla, el clama por volver a ser—. Hay, por tanto, fantasmas. Acaso, lo único real.

templus fugit

octubre 27, 2019 § Deja un comentario

La destrucción del Templo de Israel en el 587 ac fue una experiencia, ciertamente, traumática. Es como si hoy en día desapareciese nuestro mundo —el Louvre, el Vaticano, la democracia, el rock… — debido, pongamos por caso, al triunfo militar de los talibanes. Como si las iglesias acabasen convertidas en mezquitas y los últimos occidentales hubiéramos sido deportados a Afganistán, obligando a nuestras mujeres —a nuestras esposas e hijas— a jugar en la segunda división. Difícilmente, podríamos evitar la impresión de que la vieja Europa —y con ella el cristianismo— fue una ilusión. Ahora bien, de hecho, esto ya ha sucedido. Y no porque Occidente haya sido derrotado, sino porque el capitalismo, a pesar de su impasse actual, hace tiempo que disolvió todo lo sólido en el aire, como dijera Marx. De hecho, puede que nuestra situación sea más comparable a la caída del Imperio romano que a la de Israel a manos de la tropas de Nabudonosor II. Pues, a pesar de la claudicación geopolítica, probablemente seguiríamos con lo de siempre, esto es, trabajando y consumiendo. Aunque las modas sean otras. Antes que mezquitas, la iglesias pasaran a ser centros comerciales o de ocio. Quizá solo sea cuestión de tiempo que añoremos la época en la que aún podíamos decir que los templos se habían convertido en los sepulcros de Dios.

estrategias militares

octubre 26, 2019 § Deja un comentario

En gran medida, puede que seamos un mecanismo de defensa. De entrada, intentamos protegernos de la acusación que procede del exterior, pero tarde o temprano acabamos defendiéndonos de nosotros mismos —de nuestros fantasmas íntimos. Los rasgos de la personalidad, al menos en sus trazos más gruesos, son una coraza. En el fondo, más que una chispa divina, habita la herida, el temor a ser abandonados. Con el tiempo, nos convertimos, ciertamente, en más sutiles. Aparece el matiz —el no termino de ser todo lo que soy. Sin embargo, solo tras la desnudez comienza lo que importa. Y lo que importa no es gustar.

crisis vocacional

octubre 25, 2019 § Deja un comentario

¿Por qué casi nadie quiere hacerse sacerdote? ¿Es que Dios ha dejado de llamarnos? ¿Por qué las escuelas de la Compañía de Jesús no dan jesuitas? ¿Nadie hay que esté dispuesto a quemar las naves? Ciertamente, la palabra Dios ya no funciona como antes. Pero quizá la crisis no solo responda a esto último. Puede que también falte ejemplaridad. Pues no es lo mismo ver a un pastor que se preocupa por tu fe (por no hablar de tu bienestar), que estar ante aquel que se ocupa, antes que de ti, de los que andan por el mundo como espectros. En el fondo, no hay vocación que no implique un “yo quiero seguirte” (y seguirte en lo que haces por los que sufren un mundo tan injusto). Un hombre de Dios ha de atreverse a decir: “ven conmigo a dar de comer al hambriento”. La vocación nace de un ser invocado, y no de nuestros gustos o preferencias. De hecho, nadie en su sano juicio puede preferir ser llamado a saciar el hambre de los que no cuentan. ¿Y Dios? “Bueno… Dios está por ver.” Ya se sabe: ante Dios, sin Dios. Todo en nombre de Dios, esto es, en su lugar.

esquizofrenia creyente

octubre 24, 2019 § 1 comentario

Quizá el problema que arrastra la conciencia creyente hoy en día es que acaso con el corazón invoque a Dios —incluso que crea hablar con Él—, pero su mente no le sigue. Es lo que tiene la crisis del relato cristiano —de la comprensión de la historia como historia de la redención. La solución habitual de las parroquias ha sido acentuar los latidos del corazón —bien siguiendo a Pascal, aunque quizá sobre la base de un malentendido (el corazón posee razones que la razón no entiende), o bien siguiendo la estela de Schleiermacher, cuya teología del sentimiento de dependencia sostuvo durante años el pietismo protestante, actualmente también católico. Sin embargo, más que de una solución, estamos ante un parche. En el barco sigue entrando agua —mucha agua. Y ya sabemos, desde Tales, que todo es agua, por decirlo así. De ahí la necesidad de recuperar la experiencia veterotestamentaria de Dios, según la cual el todo no es aún todo. Puede que el problema del cristianismo, al menos en Occidente, tenga que ver con que no ha sabido salir de la primacía de la totalidad frente al carácter irreductible de la alteridad. No es casual que el cristiano de a pie crea encontrar una salida a la angostura espiritual de nuestros tiempos con la divinidad oceánica, salida que, sin embargo, nos obliga a identificar a Dios con el todo. Pero el Génesis se escribió, en parte, para evitar la deriva hacia el panteísmo. Pues el mundo es debido a Dios, pero no es Dios. En realidad, el Dios bíblico, frente a lo que supone la sensibilidad religiosa, no sea aún nadie sin la fidelidad del hombre. O por decirlo de otro modo, con respecto a Dios lo primero no es Dios, sino la Ley, el dar de comer al hambriento o de vestir al desnudo. Y luego ya comprenderemos. Al fin y al cabo, existimos ante Dios, pero sin Dios.

campesinos

octubre 23, 2019 § Deja un comentario

Que el cristianismo, al menos en sus inicios, fuera la fe de los campesinos no deja de tener su mérito, sobre todo si tenemos en cuenta que el paganismo era, precisamente, la religión de los hombres del campo. Supongo que esto tiene que ver con la promesa del Reino. Las bienaventuranzas debieron sonar, a oídos de los desheredados, como las arengas de Lenin antes de la toma del palacio de invierno. A Jesús no lo crucificaron solo por ser un bonachón. Y es que los que no cuentan para nadie, más que una cosmovisión donde los espíritus campan a sus anchas, necesitan una esperanza. Otro asunto es que, al no realizarse lo prometido, terminen haciendo de su fe una religión del más allá. Sin embargo, una justicia que consista únicamente en compensar en los cielos las lágrimas derramadas en este mundo, no tiene que ver con nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso. Así, o los muertos resucitan, para que puedan vivir la vida que les fue dada en nombre de Dios y que no llegaron a vivir a causa de nuestra impiedad; o no hay esperanza que valga para los hundidos. Y esto está muy cerca de decir que no la hay.

desnudez

octubre 23, 2019 § Deja un comentario

Cuanto más ha perdido el ciudadano metropolitano la intimidad con los otros, cuanto más incapaz se ha vuelto de mirar a sus semejantes a los ojos, tanto más consoladora es la intimidad virtual con el dispositivo, que ha aprendido a escrutar su retina tan en profundidad.

Giorgio Agamben

la fe de los antiguos

octubre 22, 2019 § Deja un comentario

Los primeros cristianos creyeron en lo que creyeron casi al pie de la letra: vivimos en medio de un combate entre las fuerzas del bien y las del mal, y Dios, con la resurrección, ha iniciado el tiempo de descuento. Parece que vamos a ganar. Sin embargo, ese relato decía algo más y lo decía, precisamente, sobre Dios. La novedad cristiana consiste en este más. Pues decir que Jesús es el quién de Dios, su modo de ser, y no tan solo un hombre de Dios en modo alguno es equiparable a la idea de que la esencia de Dios se encuentra determinada al margen de la respuesta del hombre a la invocación —el clamor— de Dios. La situación del creyente moderno quizá se defina por haberse quedado con la revelación, aunque sin el relato que le dio, inicialmente, soporte.

cristología básica

octubre 21, 2019 § Deja un comentario

El creyente, de vivir su fe, no puede evitar comprenderse a sí mismo como aquel que forma parte de un drama cósmico. Sencillamente, tiene una misión que cumplir. Como si fuera un personaje de Star Wars. Su vida posee un sentido —un hacia donde. Incluso puede que esté convencido de tener ciertos poderes de Dios (aunque solo porque Dios se los ha dado). Todo encaja en su manera de ver las cosas. Tal fue el caso de Jesús de Nazareth. Si nos quedáramos aquí —en lo que los exegetas denominan el Jesús histórico— no tendríamos más que un hombre que creyó en lo que creyó como otros puedan creer que, al final, los extreterrestres nos salvarán de nosotros mismos. Desde la óptica religiosa, Jesús no sería más que un hombre de Dios, aquel que representó, entre otros, el modo de ser de Dios. Sin embargo, hubo cruz. Y la cruz no es tan solo un mal final para el hombre de Dios, como si tan solo nos diera a entender que el inocente, el que va con la bondad por delante, no tiene cabida en este mundo. Ahora bien, la cruz comienza en Getsemaní. En ese huerto fracasa la pretensión religiosa del hombre. Dios no responde a la invocación del enviado. Como si no hubiera nadie más allá. Como si la fe hubiera sido un delirio. Ganan las fuerzas del Imperio. El cristianismo, no obstante, comienza con esta aparente derrota. Y no porque Dios se mostrara como un deus ex machina con la resurrección del crucificado, sino porque Dios se reveló como el que aún no es nadie sin el fiat del hombre, fiat que solo puede pronunciar en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. En este sentido, la resurrección, como la caída, afecta por igual al hombre y a Dios. En Getsemaní, Dios no pudo hacer más que guardar silencio, precisamente, porque quedó herido de muerte con el desprecio de Adán. O mejor dicho, porque al verse privado de la imagen en la que se reconoció originariamente, Dios quedó reducido a su clamar por el hombre, clamor que encuentra su eco en el clamor de los que sufren la ausencia de Dios. Porque Jesús se mantuvo fiel a la llamada de Dios —a su clamor—, Dios pudo reconocerse de nuevo en el hombre. Y por eso mismo, el creyente confiesa que Jesús no es simplemente el símbolo de Dios —como sostiene Roger Haight, entre otros—, sino el quién de Dios, su modo de ser. Dios es lo que acontece entre el Padre y el Hijo —y el Padre, como el yo del Hijo, siempre está más allá. O de otro modo, no hay otro Dios que el encarnado. No cabe otra presencia de Dios que la de aquel en quien llega a ser el que es. Y esto es difícil de tragar para quien supone que la esencia de Dios está determinada de antemano como la de las focas, aunque, ciertamente, en un plano espectral.

Ciertamente, podríamos decir que, con la cruz y la resurrección, Dios llegó a ser el que es en el centro de la historia. Y que por eso mismo podemos, de nuevo, tomarnos en serio el papel que se nos asigna dentro del combate, de dimensiones cósmicas, contra el lado oscuro de la fuerza. Que tras la resurrección fue posible que pudiéramos volver a encontrar un sentido a nuestra existencia. Sin embargo, al margen de su creencia inicial, a cada cristiano le espera su particular Getsemaní. Como si la fe consistiera en volver a recorrer, aunque sea a otra escala, el camino hacia el Gólgota.

y Johnny cogió su fusil

octubre 20, 2019 § Deja un comentario

¿Fue la enfermera, un Dios —el único— para Johnny? Sin extremidades, siendo apenas un muñón, la voz de ella —su caricia— ¿acaso no fue el pan de cada día? ¿Y no es verdad que solo en la situación de Johnny —aquella en la que dependemos absolutamente del otro— somos capaces de Dios? Sin embargo, ni siquiera ese pan salvó Johnny del hambre. Como si la única alternativa del desesperado fuera o valerse por él mismo (y por tanto rechazar toda dependencia), o morir. (Ahora bien, ¿es posible que el cristianismo inviertiera los papeles? ¿Acaso Dios no se identificó de una vez por todas con los Johnny de la historia al ponerse en manos de los hombres? Como si, al fin y al cabo, más que depender de Dios, fuera Dios quien dependiera del hombre.)

verdad y polis

octubre 19, 2019 § Deja un comentario

Como entendiera Platón en su momento, la cuestión de la verdad, antes que metafísica, es una cuestión política. Pues importa quién dice la verdad en el choque de las opiniones. Platón, sin embargo, no terminó siendo un optimista que digamos. Hay verdad, pero quizá nosotros no podamos concretarla, si no es desde un punto de vista (lo cual significa que por el camino la verdad pierde su carácter absoluto). El agora política no resuelve el problema de la verdad. No puede resolverlo. De ahí que acabase siendo un asunto metafísico, y por eso mismo personal. Pues pocos son los que, al margen de su instrumentalización, se preocupan por la verdad, por lo que en realidad tiene lugar más allá de lo que nos parece real o indiscutible. Filosofía y polis nunca hicieron buenas migas. Sócrates fue condenado, precisamente, por poner sobre la mesa el presupuesto del sofista, a saber, que con respecto a los asuntos humanos no cabe trascender el horizonte de las apariencias. Y es que el truco del sofista —el cual, dicho sea de paso, hizo posible que resolviéramos nuestros conflictos hablando— funciona siempre y cuando quienes discuten den por sentado que hay una solución argumentada al impasse político (cosa que el sofista sabe imposible). Para comprender el alcance de la condena de Sócrates hay que darles la razón a los atenienses. Pues una vez se revela que el lenguaje es incapaz de alcanzar la verdad, solo nos queda el recurso de la fuerza. De hecho, la condena a Sócrates fue un modo, ciertamente duro, de darle la razón. Sencillamente, la sospecha socrática, una vez divulgada, hizo inviable la democracia. La alternativa, sin embargo, tampoco es que nos haga saltar de alegría. Como Platón llegó a experimentar a flor de piel, un tirano no es un buen compañero para el filósofo. Ni para nadie.

elixir

octubre 18, 2019 § Deja un comentario

Los hombres sienten inclinación por el entusiasmo o por emborracharse con determinadas palabras. Siempre que repitan esas palabras, la realidad les importa poco.

Benjamin Constant

that’s the question (y 2)

octubre 18, 2019 § 1 comentario

La cuestión de Dios no afecta tan solo a quien todavía posee una cierta sensibilidad religiosa, aunque quizá sería mejor decir incierta, sino a cualquiera que preserve, en medio de tanta distracción, una inquietud por las preguntas últimas y, en definitiva, por aquellas que no vamos a resolver, quizá porque nos vienen grandes. De otro modo, la cuestión de Dios es también, y puede que sobre todo, la cuestión de la filosofía. No es casual que Heidegger la entiendese como la cuestión, aun cuando él la formulase en los términos de una pregunta por lo que es más allá del ente. Evidentemente, no se trata de localizar una cosa última, inaccesible a la experiencia común, sino de caer en la cuenta de que hay lo que hay porque lo absoluto —el carácter otro de cuanto aparece— se sustrae a la determinación. Hasta aquí llega la razón. Más aún: en la cuestión de Dios, no solo está en juego de qué hablamos cuando hablamos de Dios, sino cómo nos comprendemos a nosotros mismos. Pues o bien nos encontramos como los que existen como arrancados, o bien como los que tienen que apañarse para obtener los recursos necesarios para su adaptación. No es exactamente lo mismo. El mito bíblico de la caída no es conmensurable con el de Prometeo. En cualquier caso, que la pregunta por Dios no esté de moda, más que indicar un supuesto progreso moral, sugiere que cada vez estamos más cerca de convertirnos en instrumentos de un poder impersonal.

that’s the question

octubre 17, 2019 § Deja un comentario

Precisamente, ser o no ser. Pues todo apunta a la extinción. No andaban errados los antiguos siendo conscientes, en mayor medida que nosotros, de que estamos en manos de un poder implacable. Si hoy hubiera un dios, este sería la materia, casi en el sentido aristotélico de la expresión: la materia permanece inmutable por debajo de la descomposición de las apariencias. Tan solo ella es —y sus formas, meros hologramas—. La cuestión del ser no es para un dios. Como no lo es para la rosa del Silesius, que es sin porqué. Lo es para nosotros. Pues somos quienes andan entre los dos lados de cuanto tenemos a mano. Nada hay que termine de ser lo que parece (y lo que no termina de ser o bien no es, o bien está pendiente de ser). Así, necesitamos decirnos, pongamos por caso, que nuestra entrega es por amor o que nuestra decisión es libre. Como si ya fueran lo que aún no es. Pero todo en esta vida está por decidir.

distancias

octubre 16, 2019 § Deja un comentario

La distancia en la que se sitúa el espectador —la que nos empuja al nihilismo: no somos más que bolas de billar— no es la misma que aquella a la que ha sido desplazado el creyente. No ven lo mismo. Y no ven lo mismo porque al menos el creyente se deja escandalizar por lo que ve. ¿Y qué es lo que ve? Pues adolescentes colgados de Instagram haciendo morritos —no queriendo otra cosa que gustar— y padres que no saben qué dar de comer a sus hijos; hombres y mujeres que se sienten frustados porque pesan unos cuantos kilos de más junto a cientos de miles de niños con el vientre hinchado por el hambre. Al fin y al cabo, la pregunta sigue siendo la que escuchamos por primera vez: Caín, Caín ¿dónde está Abel? Y nuestra respuesta, hoy en día como antes, es la que dimos: ¿acaso soy el guardián de mi hermano? No hay alternativa: o vamos por el mundo como Caín —buscando una ciudad cuyos muros ahoguen el clamor de tantos—; o existimos como aquellos a los que concierne la miseria de un desconocido. Y aquí no se trata propiamente de los sentimientos, sino de encontrarse sujetos a la demanda, en el doble sentido de la palabra, que emerge de las gargantas de la sed. Un creyente es alguien que no tiene otro Señor que el pobre. Pues su llanto es el de un Dios que no es nadie sin el hombre. Naturalmente, preferimos no saber nada de Dios.

sobre el mito

octubre 15, 2019 § Deja un comentario

Utilizando el rotulador grueso, podríamos definir al mito como un blanqueador de la realidad. Pues en las cosas con las que tratamos no hay nada que sea químicamente puro. Todo se nos ofrece atravesado de ambigüedad. Incluso en la entrega más incondicional hay residuos tóxicos. Sin embargo, la ambigüedad es paralizante. De ahí que necesitamos decantarnos por uno de los lados para, como mínimo, saber a qué atenernos. Aunque, en un rapto de lucidez, caigamos en la cuenta de que cualquier afirmación —cualquier juicio— es provisional. Por mucho que afinemos el juicio, nunca llegaremos saber de qué se trata en verdad. No está en nuestras manos trascender el horizonte de lo que nos parece que es. De ahí que no quepa asegurar hasta el final que estemos, por ejemplo, ante un acto de generosidad y no ante un nuevo intento de justificarnos ante papá (aun cuando este sea imaginario). Así, en el caso del cristianismo más comprometido con las causas perdidas, fácilmente terminamos haciendo del pobre un pobret (un pobrecito). En este sentido, el pobre es mitificado por aquellos que ven en él la oportunidad de una redención. Es verdad que de este modo nos sentimos más predispuestos a, cuando menos, colaborar. Pero lo cierto es que al pobre se le debe lo que se le debe, aun cuando sea un cabrón. Y esto no es tan fácil de tragar. Pues un cabrón es aquel que busca tu daño. Aunque sea para sobrevivir.

futuro imperfecto

octubre 14, 2019 § Deja un comentario

No hay padres perfectos. Ni esposos —ni esposas— perfectos. Ni hijos que estemos a la altura de la vida que nos han dado. Siempre vamos por ahí con el pie cambiado. Con la decepción hay que contar. De ahí la importancia de ir armados para cuando las cosas no coincidan con lo que soñamos. Estas armas fueron, tradicionalmente, virtudes como la paciencia, la serenidad, la confianza… También la lucidez. Pues hay que poder discernir los momentos. Hay un momento para permanecer y otro, si viene al caso, para cortar. Y no siempre sabemos verlo. En cualquier caso, sin virtud —sin carácter— somos como veletas al viento. Y lo que resulta más decisivo, donde carecemos de virtud, algo nos perdemos de la vida, quizá lo que importa. Las virtudes, ciertamente, no están de moda. Hoy en día el paso lo marca el consumidor. Así, de lo que se trata es de renovar el producto, una vez ha sufrido el desgaste del tiempo. No es casual que hoy en día la infancia se haya prolongado indefinidamente. Y donde seguimos siendo unos niños no hay nada que hacer, salvo reir o llorar.

todo Nietzsche (o casi) en un par de frases

octubre 13, 2019 § Deja un comentario

¿La verdad? La vida está del lado del más fuerte. No hay más. El débil, tarde o temprano, acaba en el container. No somos culpables de su sufrimiento. La desestimación va con la derrota.

(Hay que partir de esta evidencia—y no del dios que damos por sentado—para, cuando menos, caer en la cuenta del carácter contrafáctico de un Dios que se identifica con el que no cuenta para nadie.)

salud

octubre 12, 2019 § Deja un comentario

El principio de la vida sana: exhibirte —querer gustar— y que nadie te haga caso. Hay que haber hecho mucho el ridiculo para comenzar a tomar en serio lo que importa.

de la fidelidad

octubre 11, 2019 § Deja un comentario

¿Fidelidad? Tan solo como respuesta al don. Pero también como un darnos tiempo para poder perdonarnos.

Testimonio de un SS condenado a muerte en Nuremberg

octubre 10, 2019 § 2 comentarios

Soy como vosotros. Solo que he mordido el polvo de la derrota. Para mí, los judíos fuisteis esas malas hierbas que tuvimos que arrancar para que Alemania pudiera florecer de nuevo. Como ahora nosotros lo somos para vosotros. Parece que hemos olvidado que muchos alemanes inocentes murieron de hambre por vuestra ambición connatural y sin medida. Weimar no fue un espejismo. Fuistes la plaga que arrasó con la cosechas. Es verdad que no todos los judíos fueron responsables. Pero, como ocurre en el caso de las plagas, en los momentos de crisis no es posible diferenciar entre la rata infectada y la sana. Auschwitz pasará a ser el símbolo del horror. Pero Hiroshima no anda lejos. Y con todo, vuestros hijos verán la barbarie atómica como un mal menor, como esa decisión que fue necesario tomar para que la guerra terminase. Acepto ser el heraldo de Satán. Pero si me vencisteis fue porque empleasteis mis armas. En la guerra, los mayores desastres siempre se ejecutaron en nombre del bien. Hoy me colgaréis. Pero mañana os colgarán quienes os acusen de ser la raíz de su desgracia.  

una café con Xavier Veloy es más que un café

octubre 9, 2019 § Deja un comentario

El trampantojo —del francés trompe-l’œil— ilustra el contraste entre religión y cristianismo. Pues supongamos que contemplamos el ábside ficticio que pintó Donato Bramante en Santa María presso San Satiro. Es inevitable tener la impresión de que nos hallamos ante un ábside real. Sin embargo, tan solo hace falta que avancemos para cochar contra el muro y rompernos la nariz (sobre todo, si avanzamos con entusiasmo). El trampantojo solo engaña de frente. De ahí la ventaja del que, de entrada, no entra en los asuntos de Dios. Sin embargo, un cristiano nunca encara directamente a Dios. En realidad, encara a quien teniendo, precisamente, la nariz rota en nombre de su fe, en vez de abjurar, abraza el espectro de Dios.

de trinitate

octubre 8, 2019 § Deja un comentario

El Hijo, en cuanto palabra, procede del silencio del Padre. El Padre sin el Hijo, aún no es Dios. Pero el Hijo sin el Padre no es más que un hombre colgado de una cruz. Dios es el que tiene lugar en la cima del Gólgota. Y tiene lugar como aquel hombre que abraza la debilidad del Padre, aquella que se expresa en el silencio que clama por el hombre. Sin embargo, muchos cristianos siguen teniendo en la cabeza la idea de un Padre que es el que es con independencia de su identificación con el Hijo. Ignoran lo que es el núcleo duro de la dogmática trinitaria, a saber, que el Padre, como tal, sigue estando siempre más allá del Hijo. Pero como el que aún no es nadie sin el Hijo. Pues, cristianamente, el crucificado es el quién —el modo de ser— de Dios (y, por eso mismo, el Padre es el yo del Hijo).

el poder de la mente

octubre 7, 2019 § Deja un comentario

La moderna confianza, a menudo ciega, en el poder de la mente puede leerse como un sustitutivo de la vieja religión: la fe mueve montañas. Esto es, la mente todo lo puede. Se trata de una expresión de la que acaso sea la fantasía infantil principal, a saber, el deseo de ser Harry Potter. De ahí que la cruz sea la dosis de realismo que necesitamos. En la cruz, fracasa la ilusión de quien cree que se halla en el lado luminoso de la fuerza.

más Tillich

octubre 6, 2019 § Deja un comentario

El misticismo es la madre del racionalismo: la “luz interior” se convierte, mediante un cierto desplazamiento, en la razón autónoma.

de la palabra Dios

octubre 6, 2019 § Deja un comentario

Uno de los problemas del hombre moderno es que cuando escucha la palabra Dios no puede evitar escuchar la palabra fantasía —como si le hablaran de Osiris o de centauros—. En el mejor de los casos, hablar de Dios sería un modo de referirse al poder que conecta cuanto es, algo así como el arkhé al que apunta la razón. Evidentemente, el viejo Dios de la tradición bíblica hoy en día no tiene las de ganar, al menos en Occidente. Quizá nunca las tuvo. Ahora bien, podríamos preguntarnos si nuestra actual incapacidad para escuchar la palabra (de) Dios no supone, antes que una liberación, un empobrecimiento. Pues acaso solo en relación con un Dios que, incluso en los cielos, estaría por ver podemos comprendernos —y abrazarnos— como hermanos. Cuando menos, porque solo ante este Dios caemos en la cuenta de que únicamente nos tenemos los unos a los otros. El enemigo común une a los pueblos. Aunque en este caso, no sería el enemigo, sino una universal orfandad. No es casual que los tiempos de la revelación sean aquellos en los se hunde el mundo —y con él el cielo que preserva, espuriamente, nuestro deseo de alcanzar a Dios (y de paso ocupar su lugar).      

in corpore

octubre 5, 2019 Comentarios desactivados en in corpore

La filosofía puede pensar lo absoluto —lo enteramente otro o extraño—. Pero no puede, literalmente, incorporarlo a la existencia. Para el filósofo, la alteridad de lo real permanece en el plano de lo abstracto. De ahí que su inquietud termine en una variante del escepticismo socrático: hay más, pero no para nosotros. Ni siquiera cabe decir que se trate de algo en concreto —de algo que pudiéramos ver si cruzásemos la puerta. En realidad, no puede darse como tal. Pues se da, precisamente, como lo que no se da en su mostrarse. Sin embargo, el creyente no quiere renunciar a integrar, al menos hasta cierto punto, lo absoluto o último. Quiere estar ante Dios, aunque sea sin Dios. En este sentido, el creyente no puede evitar ir en busca del icono, del rostro cargado con el poder de la bondad —al fin y al cabo, en busca del ángel. Tan solo el ángel nos salva del infierno de una existencia sin prójimo. Nada nuevo puede haber —nada que interrumpa el eterno retorno de lo mismo—, salvo la aparición. Sin embargo, el creyente en un primer momento ignora que el ángel se revela, no como el que nos deslumbra, sino como aquel que pide que lo descolguemos de su cruz. Un ángel más que seducirnos, nos repele.

en breve

octubre 4, 2019 § Deja un comentario

Quizá, como hombres y mujeres modernos, solo haya una cuestión con respecto a lo último, a saber, si hay o no hay, precisamente, lo último. O por decirlo en clave teológica, si nuestro apuntar a Dios tiene que ver únicamente con nosotros o, por el contrario, responde a la realidad de Dios. Evidentemente, desde nuestro lado la respuesta es la primera. Desde nuestro lado, no podemos ir más allá de lo que nos parece que es Dios. Y esto, hoy en día, tiene más de parecer que de aparecer. Aunque puede que siempre fuera así. Y no porque nos lo haya dicho el ilustrado. De hecho, el monoteísmo bíblico ya se atrevió a proclamar que Dios no se revela como un dios al uso. Dios no es en verdad un dios. Y es que la verdad de Dios —su realidad— no se ofrece como el dios que verifica nuestra representación de Dios. Es posible que no comencemos a ver por donde van los tiros de la fe hasta que no caigamos en la cuenta de que lo real avant la lettre tiene más que ver con un fue absoluto —y por extensión con un porvenir igualmente absoluto— que con el presente indicativo. Al menos, porque existimos como los que fuimos arrancados de la una genuina alteridad.

tras la virtud

octubre 3, 2019 § Deja un comentario

Para ella, ese hombre de quien está colgada es un dios, y por eso cree amarlo. Luego, tras el día a día, descubre que es un pobre hombre —que el ídolo tiene pies de barro, pies que huelen a pies. Finalmente, en el mejor de los casos, terminará abrazando su mal olor, cuidando, como quien dice, de ese resto de bondad que aún hay en él. Pues al fin y al cabo únicamente nos cautiva el bien. Quizá el cristianismo sea esto: un rescatar la bondad que pueda haber en el otro de la descomposición, aunque para ello tengamos que ponernos en sus manos. No es casual que la tradición cristiana insistiera tanto en las virtudes. Pues sin ellas —sin la paciencia, la perseverancia, la esperanza…— no hay carácter que resista la erosión del tiempo. Sin embargo, hoy en día pocos hablan de la virtud. Preferimos centrarnos en el sentimiento, por no decir en la excitación. Como si fuera el sello de la autenticidad. Pero este es nuestro error. Un error infantil.

no hay metáfora inocente

octubre 2, 2019 § Deja un comentario

A la hora de justificar la fe en Dios, se suele decir, sobre todo en canchas progres, que si buscamos a Dios es porque, de algún modo, estamos hechos de Dios. Análogamente, si tenemos sed de Dios es porque, en definitiva, Dios es el agua que sacía nuestra sed (y si la sacía es porque, en definitiva, somos agua). La idea, sin duda, posee una cierta eficacia retórica: hay Dios porque, de lo contrario, no sentiríamos en lo más profundo la necesidad de Dios —al igual que tiene que haber agua porque, de lo contrario, no experimentaríamos la sed. Ahora bien, al margen de que el argumento no resiste las objeciones de Freud, la cuestión es cómo entendemos dicha analogía. Pues fácilmente podríamos caer en una variante del gnosticismo. Como si en lo más hondo de cada uno de nosotros hubiera algo así como pedazo de sustancia divina. Sin embargo, el cristianismo no dice esto. Que estemos hechos a imagen de Dios no significa que compartamos, por supuesto, su naturaleza (si es que Dios cabe hablar en los términos de una naturaleza). De hecho, el relato de la creación del hombre se escribe para evitar, entre otras cosas, esta lectura. Y es que, desde una óptica bíblica, Dios es el Dios que tiene pendiente, precisamente, su modo de ser —su naturaleza, por decirlo así. De hecho, tras la caída —y porque Adán fue creado a su imagen y semejanza—, Dios sufre, como quien dice, una brutal crisis de identidad. Como si hubiera dejado de ser el que era una vez pierde vista aquel en quien se reconoció in illo tempore. Y es que la pregunta cristiana no es en qué dios podremos reconocernos —como si Dios fuera un padre a imitar—, sino en qué momento Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre, esto es, en qué momento obtendremos la bendición de Dios. Pues la bendición de Dios no debe entenderse como si fuera el reconocimiento de una padre que ya es, sino como el instante en el que el padre llega a ser el que es porque puede reconocerse de nuevo en el hijo —porque recupera su identidad. Y cristianamente, si este reconocimiento tuvo lugar —si Dios se hizo presente como hombre en el centro de la historia— fue porque el hijo abrazó como huérfano la impotencia del padre. Sencillamente, Dios no es —no es aún nadie— sin el fiat del hombre. Desde una óptica cristiana, el crucificado es el quien —el modo de ser— de Dios. Así, lo decisivo no es tanto que el hombre tenga sed de Dios —en cualquier caso, esta sed la satisface el ídolo—, sino que Dios clame desesperadamente por el hombre. Y esto, obviamente, no hace buenas migas con una divinidad oceánica. Cristianamente, no todo es agua.

addendum a Parménides

octubre 1, 2019 § Deja un comentario

La pregunta por lo que es más allá de lo que nos parece que es tan solo puede resolverse, si es que cabe resolverla, a través de la reflexión sobre lo que decimos cuando pretendemos decir lo real. No puede ser de otro modo. Pues no hay experiencia de cuanto nos rodea que no pase por el lenguaje, esto es, por el poder decir algo de algo. Aun cuando sientan, las bestias no poseen experiencia alguna de lo real, precisamente, porque no pueden referir lo que sienten a algo exterior (y, en consecuencia, no hay para ellas interioridad). En cualquier caso, reaccionan a estímulos de manera más o menos compleja, pero ignoran a qué se deben. De ahí que no es solo que no podamos pensar sin lenguaje, sino que el pensar, al fin y al cabo, supone reflexionar sobre los presupuestos implícitos de nuestro referirnos al mundo. Pues reflexionar es, literalmente, volver sobre lo dicho —aunque también sobre lo padecido o llevado a cabo—, en definitiva, hacer tema no tanto de lo que es dicho como del decir mismo —de lo implica con respecto a lo real. En este sentido, cuando Parménides afirma que decir lo que es equivale a decir lo que permanece sin cambio no dice más que lo que damos por sentado cuando decimos, pongamos por caso, que Juan es simpático después de haberlo tratado durante un cierto tiempo. Aquí lo que damos por sentado es, precisamente, que la simpatía le es inherente, que va con él sea cual sea la situación. Ahora bien, aun cuando lo demos por sentado, estrictamente, la simpatía no le es inherente: Juanito puede dejar de ser simpático. De hecho, espontáneamente decimos que lo es porque su simpatía dura lo suficiente como para darlo por sentado: como si la simpatía fuera con él. Pero en realidad no va con él: tan solo nos lo parece. Por eso cuando, en el día a día, distinguimos entre lo que nos parece que es y lo que realmente es, no hacemos más que sustituir una apariencia por otra —la que dura menos, por decirlo así, por la que dura más. Y si podemos hacerlo es porque nuestra mente tan solo admite como real lo que no cambia. Por eso Parménides distingue, con respecto a la posibilidad de acceder a lo real, entre la vía de la opinión —la vía de la sensibilidad o de las apariencias— y la vía de la razón, aquella que nos permite trascender, precisamente, lo que nos parece que es. Por la primera, no salimos de lo que nos parece que es. En cualquier caso, nos limitamos, como decíamos, a reemplazar una apariencia por otra más fiable. Ahora bien, por la vía de la razón tan solo llegaremos a explicitar los principios —los presupuestos lógicos— de nuestro intentar decir lo real. De ahí que las conclusiones sean sumamanete abstractas o formales: decir lo real es lo mismo que decir lo uno, lo inmutable, lo ilimitado, etc. No es casual que, mientras fue siguiendo la estela de Parménides, Platón llegase a diferenciar lo real de su apariencia sensible en los términos de una diferencia entre dos mundos. Pues que decir lo real sea lo mismo que decir lo uno, lo inmutable, lo ilimitado… no casa con un mundo en donde observamos, de hecho, lo contrario. Como si al fin y al cabo, lo real no fuese más, aunque tampoco menos, que una idea —lo cual equivale a decir que lo real, en sí mismo, tan solo puede ser pensado—, una idea que, sin embargo, posee en Platón la exterioridad de lo ente. Pero este ya es otro asunto.

desde la lejanía

octubre 1, 2019 § Deja un comentario

Imaginemos que observamos desde una cierta distancia al que anda satisfecho de sí mismo porque cree que Dios está con él —porque supone haber tenido una experiencia de Dios. ¿Acaso podríamos evitar la impresión de que está haciendo el ridículo —de que su Dios probablemente no sea mucho más que una variante espectral del primo de zumosol? En cambio, aquel que anda arrodillado porque se encuentra ante Dios pero sin Dios, por decirlo a la Bonhoeffer, no me atrevería a decir que haga el ridículo. Quizá el suelo sea, hoy en día como antes, el lugar al que va a parar una genuina experiencia de Dios. Como ocurre con lo que importa, cuanto más cerca, más lejos.

¿Dónde estoy?

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