no hay metáfora inocente

octubre 2, 2019 § Deja un comentario

A la hora de justificar la fe en Dios, se suele decir, sobre todo en canchas progres, que si buscamos a Dios es porque, de algún modo, estamos hechos de Dios. Análogamente, si tenemos sed de Dios es porque, en definitiva, Dios es el agua que sacía nuestra sed (y si la sacía es porque, en definitiva, somos agua). La idea, sin duda, posee una cierta eficacia retórica: hay Dios porque, de lo contrario, no sentiríamos en lo más profundo la necesidad de Dios —al igual que tiene que haber agua porque, de lo contrario, no experimentaríamos la sed. Ahora bien, al margen de que el argumento no resiste las objeciones de Freud, la cuestión es cómo entendemos dicha analogía. Pues fácilmente podríamos caer en una variante del gnosticismo. Como si en lo más hondo de cada uno de nosotros hubiera algo así como pedazo de sustancia divina. Sin embargo, el cristianismo no dice esto. Que estemos hechos a imagen de Dios no significa que compartamos, por supuesto, su naturaleza (si es que Dios cabe hablar en los términos de una naturaleza). De hecho, el relato de la creación del hombre se escribe para evitar, entre otras cosas, esta lectura. Y es que, desde una óptica bíblica, Dios es el Dios que tiene pendiente, precisamente, su modo de ser —su naturaleza, por decirlo así. De hecho, tras la caída —y porque Adán fue creado a su imagen y semejanza—, Dios sufre, como quien dice, una brutal crisis de identidad. Como si hubiera dejado de ser el que era una vez pierde vista aquel en quien se reconoció in illo tempore. Y es que la pregunta cristiana no es en qué dios podremos reconocernos —como si Dios fuera un padre a imitar—, sino en qué momento Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre, esto es, en qué momento obtendremos la bendición de Dios. Pues la bendición de Dios no debe entenderse como si fuera el reconocimiento de una padre que ya es, sino como el instante en el que el padre llega a ser el que es porque puede reconocerse de nuevo en el hijo —porque recupera su identidad. Y cristianamente, si este reconocimiento tuvo lugar —si Dios se hizo presente como hombre en el centro de la historia— fue porque el hijo abrazó como huérfano la impotencia del padre. Sencillamente, Dios no es —no es aún nadie— sin el fiat del hombre. Desde una óptica cristiana, el crucificado es el quien —el modo de ser— de Dios. Así, lo decisivo no es tanto que el hombre tenga sed de Dios —en cualquier caso, esta sed la satisface el ídolo—, sino que Dios clame desesperadamente por el hombre. Y esto, obviamente, no hace buenas migas con una divinidad oceánica. Cristianamente, no todo es agua.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para Miércoles, octubre 2nd, 2019 en la modificación.