amar al enemigo

noviembre 30, 2019 § Deja un comentario

Se nos dijo: amarás a tu enemigo. Pero ¿es esto posible? Es obvio que no estamos ante un mandato moral. Debemos ser honestos. Y si no lo fuéramos, se nos puede acusar de deshonestidad. Pero no se nos ocurriría condenar a una madre por no saber perdonar al asesino de su hijo. Estamos ante un mandato, sin duda, excesivo. Pues se nos pide perdonar lo que, humanamente, no podemos perdonar. Un enemigo es, por decirlo así, el que quiere que tus hijos mueran —aquel que, habiéndote secuestrado, te da de comer a tus hijos haciéndote creer que tomas un estofado. Sin embargo, lo imposible ha tenido lugar. El cristianismo parte, no de nuestras suposiciones acerca de Dios, sino del testimonio de quienes han visto más de lo cabe esperar del hombre: el perdón de la víctima a su verdugo. Probablemente, tan solo como muertos en vida —como aquellos que ya no tienen vida por delante— podamos ofrecer es ese perdón. Y en este sentido no es nuestro. Pero tampoco solo de Dios. De ahí que la pregunta sea quién perdona lo imperdonable. Quizá solo lleguemos a entender el credo cristiano —al fin y al cabo, la Encarnación— donde logremos entenderlo como respuesta a esta pregunta.

la fruta madura antes de caerse del árbol

noviembre 29, 2019 § Deja un comentario

Una vez alcanzas una cierta madurez, no puedes evitar sentirte ridículo por lo que fuiste, incluso por lo que soñaste. Sencillamente, no quisieras volver a ser como antes. Esto es así, por lo común. Sin embargo, cabe otra madurez —otro avergonzarse—. Y es la que alcanzamos una vez topamos con el mártir, con el cadáver de quien murió a causa de su compromiso con los más pobres. Aquí no es que simplemente no quieras volver a ser como antes, sino que, más bien, sientes vergüenza de haber sido quien fuiste. No es exactamente lo mismo.

el ave Fénix

noviembre 28, 2019 § Deja un comentario

Comenzamos nuestros proyectos con ilusión. Un nuevo trabajo, una nueva pareja, un nuevo hijo. Incluso con heroísmo, en el caso de quienes se entregan incondicionalmente a los demás, sobre todo a los que sufren. Pero, tarde o temprano, la ilusión se resuelve en oficio (un buen oficio, en el mejor de los casos). Esto es sencillamente así. Sin embargo, nos prepararon para el consumo, no para el día a día del oficinista. Así, por poco que podamos tendemos a renovar el producto que ha sufrido un desgaste. Pensamos que no hay alternativa. O renovación o resignación. Como si el oficio no fuera con nosotros. Como si hubiéramos sido destinados a una adolescencia perpetua. Pero al creerlo nos equivocamos (o al menos, a menudo). Pues hay que aprender a vivir el tiempo. Es cierto que la ilusión es un espejismo. Pero también el índice de lo puro. Cínicamente, podríamos concluir que el deslumbramiento de lo puro es un señuelo. Ahora bien, igualmente podríamos decirnos que hay pureza, aunque no podamos permanecer en ella. No en vano Rimbaud escribió que los amantes se encuentran fuera del mundo. Con todo, acaso lo puro no sea tanto lo que inevitablemente dejaremos atrás como lo que renace de las cenizas, una carne redimida. Hay más amor en el perdón que en la fusión. Donde llenamos fácilmente los contenedores, no nos damos tiempo para resucitar. Y si no hay más que el chute emocional del instante, no hay otro porvenir que el de la novedad. Y la novedad, en tanto que apenas simula lo nuevo, tiene fecha de caducidad. De ahí que quien se contenta con la novedad esté condenado a la repetición —a un continuo ir y venir, de casa al gran almacén, ese templo moderno. Así, o el Fénix o Sísifo. Tertium non datur.

feria

noviembre 27, 2019 § Deja un comentario

Vamos por ahí con la máscara puesta, con nuestro personaje a cuestas. Es lo que tiene la vida social, la feria. Como decía Qohélet, todo es vanidad y alimentarse de viento. Al fin y al cabo, (con)trato. En medio de la cháchara dejas atrás tu soledad, tu indigencia. Como si fueras alguien. Pero el espejo nunca miente: no terminas de ser lo que debieras. De ahí que no busques otra cosa que gustar. Y este es tu error. Tan solo se encuentran los náufragos.Pero siempre fuera del mundo. No hay otro comienzo.

sexo y religión

noviembre 26, 2019 § Deja un comentario

La religión es como el sexo. Necesitamos el cuerpo para ir más allá. Así, la fe queda disuelta en el aire hasta que no es in-corporada por medio de imágenes, literalmente, increíbles. Pues si las imágenes fueran demasiado creíbles, fácilmente terminaríamos haciendo de Dios un dios a nuestra medida. Y este es el problema hoy en día: que ya no podemos tomarnos en serio lo inverosímil.

ateísmo y cristianismo

noviembre 25, 2019 § Deja un comentario

La muerte de Dios es un tema cristiano, antes que moderno. Pues, un Dios no puede colgar de una cruz sin dejar de ser un dios. El significado elemental de la palabra Dios se pierde en el Gólgota. Pues la diferencia entre un dios y el hombre es, originariamente, la que media entre el hombre y los ácaros del polvo. De ahí que un dios no pueda amar a los hombres (y menos sacrificarse para salvarlos de su des-gracia). En cualquier caso, puede jugar a amarlos, pero en modo alguno amarlos, a menos que se trate de un Dios enajenado. Proclamar que el crucificado es Hijo de Dios —Dios en la persona del Hijo— está muy cerca de proclamar que no hay dios. Pues tan solo hace falta que dejemos de tomarnos en serio la resurrección —ese imposible— para que el que aún intenta creer tenga frente a sí únicamente a un abandonado de Dios. No es casual que Ernst Bloch dijera, comentando la sentencia de Nietzsche, que los hombres no mataron a Dios. Lo mató Jesucristo.

loneliness

noviembre 24, 2019 § Deja un comentario

Decía Pascal que los males del hombre se deben a su incapacidad para estar a solas en una habitación. Por su parte Nietzsche decía que la altura de un hombre se mide por la cantidad de silencio que es capaz de soportar sobre sus espaldas. Ambos están en lo cierto. De ahí que Instagram y sus variantes hagan de nuestros jóvenes unas máquinas perfectas, hombres y mujeres impotentes a la hora de ir más allá de su vientre. Bastaría que se inyectaran unas dosis de soledad para que se dieran cuenta de que cuanto cuelgan y puedan ver en Instagram es, sencillamente, falso. Pues en la soledad uno nunca está solo. Está, de entrada, con sus fantasmas, en contacto con sus miedos, su deficiencia, su no a sí mismo. Cualquier sí que no parta de la soledad es de cartón piedra, al fin y al cabo, una ficción. Y tarde o temprano, uno debería decidir si quiere vivir de sus imposturas o de la verdad,

redes

noviembre 23, 2019 § Deja un comentario

“Imagina una sala donde hay un centenar de personas encorvadas sobre ordenadores que muestran gráficas. Una sala de control. Desde esta sala se pueden controlan los sentimientos, pensamientos y prioridades de 2.000 millones de personas en todo el mundo. Esto no es ciencia ficción… Yo solía estar en una de estas salas.” La cita es de Tristan Harris, antiguo ingeniero de Google (estrictamente, diseñador ético). Instragram nos ha convertido en yonkies emocionales. Solo hace falta darse una vuelta por los patios de una escuela de secundaria para darnos cuenta de que estamos ante un problema social. Nuestros jóvenes se han convertido en adictos al like (y de paso, al cotilleo). Todos los selfies son el mismo selfie. El objetivo es gustar. De hecho, siempre fue así. Pero la tecnología amplifica, y desproporcionadamente, el asunto, de tal modo que la adicción nos convierte, literalmente, en estúpidos.Tan solo hace falta verse desde fuera —o incluso mejor, desde la posición de quienes no tienen que darles de comer a sus hijos— para que se nos revele lo ridículo, por no decir escandaloso, de la situación. Es cierto que dependemos en gran medida de la mirada del otro. Pero la cuestión es de qué mirada. O por decirlo a la manera del refrán, dime quién te juzga —quién decide el sí o el no de tu entera existencia—  y te diré quién eres.  

pedir por los pobres

noviembre 22, 2019 § Deja un comentario

En las misas dominicales se suele pedirle a Dios por los más pobres. Y, por lo común, uno se siente bien al pedírselo. Pero también podríamos preguntarnos si se trata de eso, de promocionar nuestros mejores sentimientos. Pues la mayoría de quienes no nos sonrojamos al hacer la petición pasamos de largo. Como si quienes sufren lo peor del mundo no nos concerniesen. Hay que ponerse en la piel de esas madres solteras que, a las puertas de las iglesias, claman por un par de monedas que llevarse a casa —a pesar de que, ciertamente, no es oro todo lo que reluce en esas puertas— para ver el carácter, sin duda provocativo, de nuestras invocaciones.

entre lo uno y lo otro

noviembre 21, 2019 § 1 comentario

O bien el hombre no es más que un chimpancé que cree, equivocadamente, que es más que un chimpancé; o bien es más que un chimpancé listo (y quizá sólo porque no se reconoce en el chimpancé que hasta cierto punto sigue siendo). La cuestión es cómo comprender este más. O mejor dicho, cómo comprender la realidad a la que apunta, si es que apunta a alguna. Y aquí ya no contamos con el recurso del mito.

entender el kerigma

noviembre 20, 2019 § Deja un comentario

Fácilmente nos preguntamos hasta qué punto las sentencias del credo son creibles… como si nos preguntáramos por los hechos que las harían verdaderas. Habitualmente, repondemos a esta inquietud diciendo que no hay que interpretarlas literalmente. Pues estaríamos ante un modo de exponer un significado que, como tal, se ubica más allá de lo fáctico. Sin embargo, los primeros cristianos no creían que las fórmulas de credo fuesen simplemente un modo de hablar, cuando menos porque para ellos el significado estaba inscrutado en los hechos, comenzado por el de la resurrección. Que necesitemos interpretar el credo como quien interpreta un poema indica lo lejos que estamos de comprenderlo. En realidad, me atrevería a decir que el único modo de entrar en el krigma cristiano es sufriendo aquellas situaciones en las que la trascendencia de Dios —su eterno más allá— se hace patente como la ausencia o el por-venir de Dios. No es casual que la palabra apocalipsis refiera tanto al derrumbe de los cielos como a la revelación. El sujeto de la fe no es aquel que cree en Dios como podría creer lo contrario, sino aquel que, desde esas situaciones, se encuentra ante Dios, sin Dios. Y es posible que la actual secularidad —la indiferencia hacia las cuestiones últimos— tenga que ver con la confinación del individuo moderno a los estrechos límites de cuanto puede consumir o producir, sean lechugas o likes.

amor de padre

noviembre 19, 2019 § Deja un comentario

Imaginemos a un padre que, para evitar que sus hijos se peleen continuamente, decidiera castigar injustamente a uno de ellos para provocar la solidaridad del resto. Si fuera el caso, habríamos concebido un mito por el que la ira de Dios es, al fin y al cabo, la expresión táctica de su amor, y por eso mismo, el origen de la fraternidad. Como si el sentido de la justicia estuviera incluso por encima de Dios. Quizá sea en este sentido que cabe comprender aquello tan judío de amar el don de la Torá más que a Dios.

formicidae

noviembre 18, 2019 § Deja un comentario

Para la hormiga, el sapo es un dios, tan fascinante como terrible. Y sin embargo, para cualquiera de nosotros un sapo no es más que un sapo. Aunque nos asuste verlo en la cocina. Y aunque el niño pueda creer que se trata de una encarnación de Lord Voldemort.

hybris

noviembre 17, 2019 § Deja un comentario

El hombre estropea cuanto toca. Pues el hombre tiende al exceso. Esto es, sencillamente, así. No obstante, puede que no nos lo parezca, si nuestra vida va por el camino trazado. Puede que nos digamos que no hay para tanto. Pero lo cierto es que el hombre es incapaz de encontrar por sí mismo la medida de sí mismo. Tiene que recibirla desde fuera —tiene que atarse al mástil de la institución, de lo impersonal: de lo que se hace, se dice, se espera. Ahora bien, esta incapacidad para encontrar la justa medida no obedece tanto a su ambición —al hecho de que siempre quiera más—, sino a su voluntad de verdad. Pues de perseverar en ella, tarde o temprano terminará donde habitan los dioses. Y ahí es difícil no quedarse sin nadie. Ver el mundo como un dios, pero no serlo. Es lo más a lo que puede aspirar el insecto.

milagros

noviembre 16, 2019 § Deja un comentario

¿El milagro? Un gesto de bondad en medio del infierno, el único motivo por el que cabe esperar, contra toda evidencia, que el verdugo no pronunciará la última palabra. No hay fe que no parta del milagro. Pues donde no partimos del milagro tan solo hay suposición. Ahora bien, muy pocos pueden dar testimonio del milagro. De ahí que la fe más honesta respose sobre aquel que da (la) fe —sobre aquel a quien el creyente le debe la fe—, y no sobre la opinión o lo que nos parece con respecto a los asuntos de Dios.

filosofía y empiría

noviembre 15, 2019 § Deja un comentario

Que la mayoría razonemos solo para justificar post hoc nuestra posición inicial, a menudo fuertemente cargada de emoción —que se recurra por lo común a la verdad como el ardid de la justificación de sí—, no implica que no debamos seguir pensando en dirección a la verdad, aun cuando esta se revele como una especie de horizonte asintótico (y por eso mismo inalcanzable). Que de hecho la mayoría no nos preocupemos por la verdad, sino en cualquier caso por simularla, no significa que la pasión por la verdad esté de más (y aquí podríamos preguntarnos por qué nos interesa decirnos que la verdad está de más). Ahora bien, ir en dirección de la verdad supone, cuando menos, no fiarse demasiado de lo que de entrada nos parece verdadero y, en definitiva, del factor emocional. El jugador de ajedrez sabe que, si quiere encontrar el mejor movimiento, debe tener en cuenta la posible respuesta del contrario, poner en entredicho su primera intuición. Cuanto afecta a la mayoría no deja de ser un dato estadístico, un asunto relativo a lo que de hecho hacemos. Sin embargo, no somos enteramente lo que hacemos. También cuenta —y quizá sobre todo— aquello a lo que aspiramos íntimamente. Pues en gran medida somos nuestra aspiración. Y me atrevería a decir que una de nuestras aspiraciones más fundamentales es nuestra aspiración a la verdad —que es lo mismo que decir a lo real, a lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. En el fondo nos importa saber si el amor que sentimos hacia alguien, pongamos por caso, es verdadero o si, por el contrario, no es más que el encubrimiento de nuestro miedo a la soledad. Aquí no basta con decir que, de hecho, no nos importa —que lo que nos importa es tener un pareja y que funcione… aunque sea con la excusa del amor. Al menos, porque al conformarnos con el dato —al legitimar lo que de hecho sucede— posiblemente renunciemos a lo mejor de nosotros mismos. De ahí que el que hoy en día tenga más peso el dato que el destino —lo fáctico que lo prescriptivo— puede que tenga que ver con el haber olvidado que, aunque siempre estemos en falso con respecto a lo último, nuestra búsqueda de la verdad no es una impostura. En realidad, va con lo que somos. Así, es posible que, como hombres y mujeres modernos, caigamos fácilmente en la trampantojo de la zorra de la fábula, la cual, como sabemos, termina despreciando las uvas que tanto deseó porque no las alcanzaba.

matar

noviembre 14, 2019 § Deja un comentario

En la guerra, la mayoría de los hombres se comportan como bestias, como aquellos que se encuentran sometidos al dictado de un poder impersonal. Matan porque se mata. Y matan como si estuvieran en un videojuego: simplemente disparan y el otro cae. Ciertamente, cuando hay que matar cuerpo a cuerpo la cosa cambia: tienes que soportar la mirada de aquel a quien matas. Y aquí fácilmente podemos caer en la cuenta de que no estamos en una versión del Call of Duty. En cualquier caso, la guerra revela lo alejados que estamos de la verdad. Pues la verdad —lo que acontece o tiene lugar como inalterable— es el carácter sagrado del otro. Su rostro es, literalmente, inalcanzable, el más allá del cuerpo cuya vida cabe extirpar. De la mirada del otro —y solo de su mirada— se desprende el mandato de no matarás. Una cosa va con la otra. Pero actuamos como si ese mandato no fuera con nosotros. En medio de la acción, el otro no es más que lo que representa —el mal, la cucaracha que hay que aplastar, el aliado. Quizá sea cierto que existir —el encontrarnos en el mundo como arrancados— suponga un estar de espaldas a Dios y, por eso mismo, en permanente estado de guerra. Desde esta óptica, no hay paz que no sea una tregua.

del otro mundo

noviembre 13, 2019 § Deja un comentario

Las religiones no son aún lo suficientemente radicales con respecto al más allá. Para la religión lo sobrenatural es, literalmente, un territorio cualitativamente superior, arquetípico. Como si nuestro mundo fuese una matriz. El zulo tiene una puerta de salida. Puedes esperar algo más (y mejor). Hay sentido, un hacia dónde. Tendrás otra oportunidad. Sin embargo, el mundo que imagina la religión es un mundo aún demasiado creíble como para que podamos hablar de una genuina trascendencia. Sería como la tierra firme con la que sueña el náufrago. Sin duda, se trata de una esperanza legítima. Pero es posible que, una vez alcanzáramos tierra firme, volviéramos a plantearnos las preguntas de siempre. A menos que déjaramos, literalmente, de ex-sistir —a menos que viviéramos como seres dopados de felicidad. Ahora bien, en ese caso, y por poca conciencia que conserváramos, no podríamos evitar la sensación de irrealidad.

del sentido

noviembre 12, 2019 § Deja un comentario

No preguntamos por el sentido de la existencia. Como si esto fuera importante. Ciertamente, no podemos evitar la pregunta. Va con nosotros. Sin embargo, lo cierto es que, de haber un sentido, solo podremos realizarlo en aquellas situaciones en las que no parece que lo haya. Al menos, esto es lo que sostiene el cristianismo. Pues solo podremos responder a la demanda de Dios sin Dios mediante. O como decía Bonhoeffer, ante Dios, sin Dios.

una esperanza tangible

noviembre 10, 2019 § Deja un comentario

El desesperado no quiere otra cosa que un motivo palpable de esperanza, no la verdad cristiana, la que se expresa en el dogma cristológico. Y un motivo palpable es algo así como una tirada de cartas que le asegure que pronto encontrará al hombre de su vida o un trabajo. Al fin y al cabo, un golpe de suerte, una predicción favorable. De hecho, esto último es lo que animó a los primeros cristianos: el fin está cerca y vosotros seréis los primeros en entrar en el palacio del zar. El problema es que este motivo ha dejado de ser creíble. Tampoco es casual que, dentro de la cristiandad, la promesa del Reino fuera desplazada con el tiempo por la promesa de una vida en el más allá en donde los sufrimientos de hoy serían compensados con la dicha eterna (y con un merecido infierno para los verdugos).

ver para creer (o no)

noviembre 9, 2019 § Deja un comentario

Más que ver para creer, se trata de creer para ver. Sin embargo, creer no es un mero suponer. Pues la fe no es tanto un creer que —esto, en cualquier caso, es posterior—, sino un confiar en un quien. Nadie cree sin responder a la fe que el otro ha depositado en él.

the salvation

noviembre 8, 2019 § 1 comentario

Leo en el frontispicio de una iglesia: Jesus Saves. Y no puedo evitar preguntarme si es Jesús quien nos salva o nos salva nuestra creencia en que Jesús nos salva.

transmitir la fe

noviembre 7, 2019 § 2 comentarios

Muchos pastoralitas, conscientes de los tiempos que vivimos, se preguntan cómo transmtir la fe. Sin embargo, puede que la pregunta previa sea ¿qué hay que transmitir? ¿Que resucitarán los muertos? ¿Que Jesús es Dios en persona (en la persona del Hijo)? Complicado. Ya no formamos parte del marco cultural que permitió a los primeros cristianos proclamarlo más o menos como quien no quiere la cosa. ¿Se trata de traducir el credo? Quizá. Pero no lo haremos fácilmente, sin traicionarlo. Pues acabaremos diciendo, pues se trata de lo que aún podríamos encajar, y no sin fricciones, en los moldes de nuestra mentalidad, que hay un Dios que nos ama y que Jesús ejemplificó, como tantos otros, la bondad de Dios. Y que, por eso mismo, podemos esperar que la muerte no será el final. Vale. Ahora bien, esto es algo parecido al kerigma original, pero no exactamente lo que encontramos en la dogmática cristológica. El problema de fondo es que ya no sabemos qué hacer con la palabra Dios (y si creemos saberlo fácilmente terminamos convirtiendo a Dios en un arjé oceánico). Quizá tengamos que partir de cero (o casi de cero). Vivimos en un tiempo en el que no Dios no se da por descontado. Este es nuestro dato inicial. Pues bien, supongamos que nos encontramos en aquellas situaciones apocalípticas donde la falta de Dios —de un amparo— se sufre (y no solo se da por supuesta): Auschwitz, Rwanda, los campos de Pol Pot, Siria, Haití… No en vano la palabra apocalipsis significa al mismo tiempo catástrofe —literalmente el derrumbre de los cielos— y revelación. Y qué se nos revela en esas situaciones. Pues que no nos tenemos más que los unos a los otros. Que la bondad lo es todo (aunque no nos lo parezca, precisamente, en esas situaciones). Y que Dios, como tal, está por venir (o lo que es lo mismo, que creer es permanecer a la espera de un Dios imposible, esto es, un Dios que el mundo no puede admitir como su posibilidad). Al fin y al cabo, de Dios tan solo percibiremos el rostro del hombre de Dios —aquel que se encuentra por entero sometido al clamor del que padece la desaparición de Dios. Es a partir de aquí —y no de una interioridad orientalizada— que cabe reconstruir el credo. Pues en la interioridad cristiana habita el eco de una radical exterioridad. Es difícil transmitir la fe donde nadie puede decir aquello de “fijaros cómo se aman”.

disolvente

noviembre 6, 2019 § Deja un comentario

Si vemos las cosas en relación con su norma o ideal, nada en concreto termina de ser lo que debiera. Así, lo concreto queda sujeto al paradigma —como si fuera su camisa de fuerza—, paradigma que, en cuanto tal, permanece inalterable en su mundo. Como si no fuera en verdad. Como si tan solo se tratase de un principio formal, una entelequia lógica. De ahí que un Dios que pretenda salir de la irrelevancia del ideal busque un cuerpo en el que encarnarse. Ahora bien, de encontrarlo ¿acaso puede seguir siendo un Dios? La pregunta no deja de ser un tanto retórica. Al menos, porque para un Dios, no hay encarnación que no suponga su degradación.

ab-soluto

noviembre 5, 2019 § Deja un comentario

Un Dios absoluto es un Dios, literalmente ab-suelto. La palabra absoluto procede del verbo absolvere, el cual está formado por el prefijo ab (privación, separación) y el verbo solvere (dejar suelto). Así, un Dios absoluto sería un Dios que ha quedado liberado de cualquier sujeción. Ciertamente, el término absoluto aplicado a Dios subrayaría su extrema trascendencia. Sin embargo, no queda claro como una divinidad de esta guisa puede amar al hombre. Pues amar supone, de algún modo, ponerse en manos del amado, servirlo. El amante se encuentra, así, sujeto a aquel a quien ama, depende de él (aunque esta dependencia sería propiamente la expresión de su libertad: pues no hay libertad sin compromiso). Un Dios absoluto no puede no querer ser sin el hombre (que es lo que defiende el cristianismo). A menos, que devenga absoluto tras el rechazo de Adán. Pero en ese caso, su carácter absoluto —su radical separación del hombre— tendría que ver no con una supuesta esencia incomprensible, sino precisamente con su falta de esencia —con el hecho que tras la caída, Dios se quedó sin su quien o modo de ser, sin aquel en el que se reconoció originariamente como Dios. De ahí que, desde la óptica veterotestamentaría, de Dios como tal tan solo poseamos un nombre impronunciable, un nombre que no encontró su referente hasta el acontecimiento del Gólgota.

delirium platonis

noviembre 4, 2019 § Deja un comentario

¿De qué hablamos cuando hablamos de lo real?

Por definición, lo real es aquello que, siendo otro, se hace presente a una sensibilidad. De no hacerse presente, en cualquier caso estaríamos ante lo posible, pero no ante lo efectivamente real. Sin duda, lo real no exige nuestra sensibilidad. Puede que haya algo que sea y que nosotros no podamos percibir. Pero sí que exige que haya un sujeto que sea capaz de constatar su hacerse presente (de ahí que Berkeley dijera que el mundo reclama la existencia de Dios, al menos en tanto que sujeto omnisciente, pues según Berkeley, como es sabido, esse est percipi—ser es ser percibido). En cualquier caso, lo que damos por sentado cuando vemos algo en concreto es que hay exterioridad. Ahora bien, que la demos por sentada no significa que en verdad haya exterioridad. Perfectamente, al ver lo que vemos, podríamos estar sufriendo una brutal alucinación (y aquí presuponemos que lo alucinado está solo en nuestra mente; en cambio, un antiguo chamán daría por supuesto, más bien, que ha traspasado las fronteras que nos separan de lo sobrenatural. Pero este es otro asunto). Es verdad que, llegados a este punto, podríamos preguntarnos cómo cabe asegurar que el mundo que percibimos no es un mundo virtual —y esta será, de hecho, la pregunta de Descartes. Aquí, obviamente, no es posible apelar al ver y el tocar. Pues las sensaciones que tenemos mientras alucinamos pueden ser incluso más intensas. Pero, en cualquier caso, lo que no podemos negar es que, por defecto, la noción de realidad presupone un afuera. Podríamos decir que estamos ante algo obvio.

Sin embargo, lo que no resulta tan obvio es que eso que está ahí, al hacerse presente —y porque solo puede hacerse presente en relación con lo que es capaz de captar una sensibilidad, un sujeto—, pierda por el camino su carácter absoluto o enteramente otro (aunque quizá deberíamos decir que, a causa de su retroceso, se convierte en absoluto). Sencillamente, el cáracter enteramente otro de lo visible es, de hecho, lo que se sustrae a la visión, aunque lo demos por descontado o, mejor dicho, por eso mismo. De ahí que podamos cuando menos suponer, tal y como hará Descartes en el XVII, que nuestras visiones del mundo solo tengan que ver con lo que sucede en nuestra mente. Como si estuvieramos en un sueño eterno. Sea como sea, el que el carácter absolutamente otro de lo real desaparezca como tal en su aparecer como algo que podemos ver y tocar —esto es, asimilar— va con el hacerse presente, el aparecer de lo real. Hay mundo porque no hay, por decirlo así, alteridad —porque no tenemos más remedio que darla por supuesta (y lo que se da por supuesto es, precisamente, lo que no está presente, lo que ha sido dejado atrás). O mejor dicho, hay mundo porque la realidad de lo en verdad otro solo se da, como tal, en el modo de una ausencia. De lo absolutamente otro, en sí mismo, solo podemos tener una idea —y porque en realidad es idea (y de esto último hablamos más adelante). De ahí que lo otro o absoluto sea lo inasimilable de cuanto cabe asimilar —lo que eternamente se encuentra más allá de la presencia. En absoluto cabe ver lo absolutamente otro. Por eso decimos que lo real en sí mismo —esto es, con independencia de su mostrarse— es el resto invisible de lo visible, esa extrañeza radical que permanece más allá de cuanto nos resulta familiar (y de ahí también que podamos asombrarnos de que algo simplemente sea: la rosa es sin porqué, que decía el Silesius). Según Platón, hay más realidad en lo invisible que en lo visible. Lo real en su carácter de algo en verdad otro se revela en su aparecer como lo que desaparece —o da un paso atrás— en su aparecer.

Ahora bien, por eso mismo, no estamos hablando de una cosa que retroceda en su mostrarse —no estamos hablando de una cosa invisible. Lo absoluto no es cosa en absoluto. Pero entonces ¿qué es? Estrictamente, deberíamos decir que no es —porque, en tanto que algo enteramente otro, no se da o aparece, salvo como lo que perdimos de vista en su darse a una sensibilidad; porque, en definitiva, como algo en verdad otro carece de concreción. Y es que de manera espontánea —y lógica— decimos que tan solo es lo que puede ser visto como algo en concreto. Aquello que no se ofrece a una sensibilidad, sencillamente, no es o, si se prefiere, no acaba de darse. Sin embargo —y esto conviene subrayarlo—, tampoco podemos decir que no sea, pues lo real es, precisamente, algo en verdad otro, algo absolutamente exterior o, literalmente, extraño. Así, una vez nos preguntamos de qué estamos hablando cuando hablamos de lo que es, tarde o temprano, caemos en la cuenta de la escisión entre el carácter otro de lo que es y su aspecto. Hay un hiato —y esto es lo que quiso darnos a entender Platón al distinguir el mundo inteligible del sensible— entre la alteridad propia de lo real y su mostrarse como algo singular. La realidad como tal trasciende el horizonte del ver y el tocar —el horizonte de lo concreto—, y por eso mismo su trascendencia no puede entenderse como la de un ente sobrenatural. Pues no hay ente que no esté determinado, esto es, delimitado por su particular modo de ser. De ahí el carácter ambivalente de la palabra apariencia. Por un lado, en lo concreto se revela —aparece— lo real. Así, vemos la belleza, pongamos por caso, en los cuerpos bellos. Pero, por otro, en tanto que la belleza que encarnan no les es inherente —en tanto que, en cualquier caso, solo son bellos hasta cierto punto o desde cierto punto de vista— su belleza es ilusoria, no propiamente real. Ambas acepciones de la palabra apariencia van de la mano.

Por consiguiente, aquello real, en su carácter otro, es en la misma medida en que no es —en tanto que, en sí mismo, no se da. En este sentido, la estructura de lo real posee una naturaleza dialéctica. Y está es la razón del tiempo ——y aquí entramos en el núcleo duro de nuestro asunto. Pues podríamos decir que las cosas que podemos ver y tocar se encuentran sometidas al tiempo porque, de hecho, la consistencia de lo real —su alteridad— dio un paso atrás donde se hizo presente bajo un aspecto determinado, esto es, como apariencia. Hay tiempo porque hay lo absoluto —porque hay lo real. Pero el haber de lo real solo puede pensarse como lo que retrocede, en su carácter otro o absoluto, a la hora de hacerse presente a una sensibilidad. Por eso todo se da hasta cierto punto o momento. Por eso nada termina de ser —y lo que no termina de ser estrictamente hablando no es, tal y como nos hizo ver Parménides. Las cosas, en tanto que son o aparecen, no acaban de ser lo que parecen. O por decirlo a la manera de Platón, en tanto que participan de lo que es en verdad, las cosas poseen una realidad aparente. Las cosas se presentan como algo otro. Y si decimos que A se da como B es porque A no es exactamente B —porque A difiere de B. En términos platónicos, las cosas aparecen como algo-otro-ahí porque participan —y solo participan— de lo en verdad otro. Como decíamos, lo real, en su hacerse presente, pierde por el camino su alteridad. De ahí que las cosas no terminen de ser algo realmente otro, sino siempre algo otro en apariencia: como algo-otro-ahí. Y de ahí también que dicha alteridad siempre tengamos que suponerla o darla por descontado. Sencillamente, el carácter absolutamente otro de lo real no se hace presente en su hacerse presente.

Ahora bien, —y en esto consiste el giro dialéctico del último Platón— que las cosas no terminen de ser reales, el que se encuentren sometidas al tiempo, tiene que ver, precisamente, con lo que es. Pues el carácter absolutamente otro de lo real se da en tanto que, en sí mismo, no se ofrece a una sensibilidad. El no terminar de ser —el desaparecer— pertenece, por decirlo así, a lo que es absolutamente otro. Las cosas, precisamente porque encarnan lo que es en verdad, no pueden ser enteramente lo que parecen. Tarde o temprano, terminan desapareciendo.

Por eso lo real avant la lettre es idea —el deber ser que constituye la norma, el paradigma de lo sensible. Ser es, en definitiva, deber ser —y, por eso mismo, idea, pues la idea en Platón no es un simple contenido mental, sino norma o ideal. Tan solo es lo ideal —la norma de cuanto cabe ver y tocar. Como decíamos, lo que es absolutamente no es cosa —carece de entidad. De ahí que la alteridad de lo real solo pueda ser pensada. Y porque el Bien es lo que debe ser, decir Ser y decir Bien implica decir lo mismo. Lo que es en verdad, en tanto que en sí mismo no se muestra como algo en concreto, tiene pendiente, precisamente, ser —su aparecer en tanto que otro en verdad. Lo que es en verdad se afirma negándose a sí mismo, por decirlo así. Ahora bien, este deber ser es eterno. Esto es, no es posible que lo absolutamente otro aparezca o se concrete como tal. La alteridad de lo real es, estrictamente, un imposible, algo que el mundo no puede admitir como posibilidad, pues hay mundo debido, precisamente, a la imposibilidad de lo absolutamente otro. Nada de cuanto podemos ver y tocar permanece en su ser porque su realidad —el carácter otro de cuanto podemos ver y tocar— permanece inalterable fuera del tiempo. Pero permanece inalterable —y esto es esencial— en su no aparecer. Como decíamos en el párrafo anterior, porque el ser como tal —su carácter enteramente otro, su alteridad— es en tanto que en sí mismo no es —en tanto que como tal no aparece—, las cosas que muestran lo que es no terminan de ser. Es por esto que todo se encuentra sometido a la exigencia de ser por entero lo que parece, en última instancia, algo-otro-ahí —de ser por entero algo en verdad otro. Así, podemos dar por sentado que las cosas son algo otro porque su alteridad está siempre por ver —porque no se dan, precisamente, como algo otro en verdad, sino solo como apariencia de algo otro (y de ahí que, como decíamos, siempre quepa suponer que habitamos un mundo virtual). En platónico, porque participan de lo que es en verdad. El tiempo es, precisamente, el resultado de esta fuga de lo real, como absoluto, en su aparecer. Y aquí, sin duda, Platón está más cerca de Heráclito que de Parménides.

PS 1: la sospecha de Descartes —la posibilidad de que lo que vemos solo esté en nuestra mente— puede entenderse como la radicalización deformada del hallazgo de Platón. Puede que la sospecha de Descartes solo podamos tomárnosla en serio donde olvidamos, precisamente, la naturaleza dialéctica de lo real, a saber, que algo es o aparece donde su alteridad —su absoluta exterioridad— desaparece del campo de visión y, por eso mismo, solo pueda ser pensada.

PS 2: en un párrafo anterior decíamos, aunque de pasada, que solo a causa de su retroceso lo real deviene absoluto. Ahora bien, ¿acaso esto no nos obliga a reconocer que lo primero no es lo que es, sino el acto por el que lo que es se separa de su hacerse presente, constituyéndose, precisamente, como lo que es en verdad? Si esto fuera así —que lo es— entonces lo primero no sería lo real en tanto que otro, sino el tiempo —el eterno diferir de lo real—. Ahora bien, el tiempo, aun cuando primero, propiamente no es, pues tan solo solo es el resultado de este continuo diferir. Y aquí nos detenemos. Al fin y al cabo, será verdad que nos iremos de este mundo sin saber de qué hablamos cuando hablamos, sobre todo, de lo último.

y con él llegó el escándalo

noviembre 3, 2019 § Deja un comentario

Zaqueo, el personaje del evangelio, fue jefe de los publicanos. Los publicanos eran los encargados de recaudar los impuestos en las provincias romanas, algo así como unos hijos de puta. Hay que partir de aquí para, cuando menos, intuir qué pudo suponer que Jesús quisiera cenar con él. Es como si, hoy en día, quedase con un traficante de blancas. Inaceptable para quien cree que el hombre de Dios debe alejarse de los sucios. Pero quien quiere sacar a alguien del barro tiene que ensuciárse las manos. Hasta oler mal.

mariología elemental

noviembre 2, 2019 § Deja un comentario

No es lo mismo engendrar en un lavabo de discoteca, llenos hasta las cejas de mierda, que querer tener un hijo con la mujer que amas. Como tampoco es lo mismo cuidar del hijo que fue fruto de una violación como si fuera el don de Dios. Él no tiene la culpa —no tiene por qué cargar con el peso de la desgracia. Por el amor de esa madre, el hijo nacerá sin pecado original. Se trata de una genuina concepción virginal —de un imposible (o por decirlo a la clásica, de un milagro). Será cierto el axioma de la fe: cuanto más increíble, de darse, más verdadero. De ahí que la verdad de la fe solo pueda arraigar en el corazón de los hombres a través de las inverosímiles imágenes del mito. Llegará un momento en que la crítica ilustrada al simbolismo cristiano nos parecerá una estupidez. Aunque fuese una estupidez, ciertamente, liberadora. Pues dicho simbolismo, a la vez que hace posible la in-corporación de la verdad, la falsifica. Sobre todo, donde olvidamos las historias humanas —demasiado humanas— que hay detrás. Y cuando esto sucede fácilmente hacemos del milagro un acontecimiento paranormal.

de la higiene como justicia

noviembre 1, 2019 § 1 comentario

La vieja escisión entre alma y cuerpo tiene un equivalente social. Así están los limpios, aquellos que viven bien y por eso mismo pueden permitirse el lujo, tanto material como espiritual. Y también, los sucios, los que con trabajos de mierda, si los tienen, o con los trapicheos de la droga, viven al día. Son los que se dejan llevar por el instinto. Como si fueran bestias. No es causal que terminen matándose a machetazos. Hablamos de las maras, las favelas, los barrios de las periferia. Los griegos no lo dudarían: estamos ante hombres y mujeres inferiores. No han sido formados, elevados, divinizados. Lo dicho: como si estuvieran más cerca del chimpancé que del ángel. Y aquí no se trata de la opinión de los griegos. Se trata de nuestra visión más espontánea, aunque, por aquello de lo correcto, no nos atrevamos a expresarla. Las maras —los traficantes de heroína, los violentos— son, literalmente, una plaga. Y las plagas, tarde o temprano, piden un exterminador. De ahí el escándalo del cristianismo. Que el degradado sea nuestro hermano —que su miseria se deba no a la mala suerte, sino a nuestra indiferencia— no es algo que fácilmente estemos dispuestos a admitir. Y mucho menos, que Dios esté de su parte. La igualdad, antes que en el decreto, arraiga en la convicción de que, ante Dios —ante su demanda o clamor—, no podemos asegurar quién dará el primer paso. De hecho, cabe sospechar que serán ellos, y no nosotros, los capaces. Ya lo dijo el que terminó colgando de una cruz: la putas pasarán primero. Y las putas, por lo común, no son de misa diaria.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para noviembre, 2019 en la modificación.