transmitir la fe

noviembre 7, 2019 § 2 comentarios

Muchos pastoralitas, conscientes de los tiempos que vivimos, se preguntan cómo transmtir la fe. Sin embargo, puede que la pregunta previa sea ¿qué hay que transmitir? ¿Que resucitarán los muertos? ¿Que Jesús es Dios en persona (en la persona del Hijo)? Complicado. Ya no formamos parte del marco cultural que permitió a los primeros cristianos proclamarlo más o menos como quien no quiere la cosa. ¿Se trata de traducir el credo? Quizá. Pero no lo haremos fácilmente, sin traicionarlo. Pues acabaremos diciendo, pues se trata de lo que aún podríamos encajar, y no sin fricciones, en los moldes de nuestra mentalidad, que hay un Dios que nos ama y que Jesús ejemplificó, como tantos otros, la bondad de Dios. Y que, por eso mismo, podemos esperar que la muerte no será el final. Vale. Ahora bien, esto es algo parecido al kerigma original, pero no exactamente lo que encontramos en la dogmática cristológica. El problema de fondo es que ya no sabemos qué hacer con la palabra Dios (y si creemos saberlo fácilmente terminamos convirtiendo a Dios en un arjé oceánico). Quizá tengamos que partir de cero (o casi de cero). Vivimos en un tiempo en el que no Dios no se da por descontado. Este es nuestro dato inicial. Pues bien, supongamos que nos encontramos en aquellas situaciones apocalípticas donde la falta de Dios —de un amparo— se sufre (y no solo se da por supuesta): Auschwitz, Rwanda, los campos de Pol Pot, Siria, Haití… No en vano la palabra apocalipsis significa al mismo tiempo catástrofe —literalmente el derrumbre de los cielos— y revelación. Y qué se nos revela en esas situaciones. Pues que no nos tenemos más que los unos a los otros. Que la bondad lo es todo (aunque no nos lo parezca, precisamente, en esas situaciones). Y que Dios, como tal, está por venir (o lo que es lo mismo, que creer es permanecer a la espera de un Dios imposible, esto es, un Dios que el mundo no puede admitir como su posibilidad). Al fin y al cabo, de Dios tan solo percibiremos el rostro del hombre de Dios —aquel que se encuentra por entero sometido al clamor del que padece la desaparición de Dios. Es a partir de aquí —y no de una interioridad orientalizada— que cabe reconstruir el credo. Pues en la interioridad cristiana habita el eco de una radical exterioridad. Es difícil transmitir la fe donde nadie puede decir aquello de “fijaros cómo se aman”.

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