no estamos tan lejos

diciembre 30, 2019 § Deja un comentario

Un dios siempre se mostró como algo gigantesco o desmesurado. Y seguimos ahí, aun cuando ya no utilicemos la palabra Dios. En vez de estatuas, vallas publicitarias. Pero el mensaje es, de hecho, el mismo: no estás a la altura; tu no vales lo que vale un dios. Solo que hoy en día la imagen del poder se exhibe sin la excusa de dios. En cualquier caso, el efecto es el de antes: el complejo, el desánimo del hombre común, su derrota. Por suerte, la gran aportación de la Modernidad fue la de revelarnos el exceso de la divinidad religiosa como trampantojo —como espejismo—, aunque en su crítica no haya sido tan radical como lo fue la de los profetas de Israel. Pues el capitalismo necesita colocar al modelo en el altar de los antiguos dioses para inspirar nuestro deseo. En cualquier caso, este desvelamiento fue bíblico antes que moderno. Sencillamente, el barro es el mismo.

Nietzsche, como sabemos, detectó un resentimiento de fondo en la proclamación cristiana de la igualdad entre los hombres. Pues esta se predica a la baja. Como si el indigente necesitara decirse a sí mismo, con el fin de soportar su miseria, que el noble no es lo que parece. Sin embargo, aun cuando esto fuese así —aun cuando la motivación inicial sea la de un cierto rencor—, la cuestión es si es verdad que nacemos como desarraigados. Y uno tiende a pensar que sí. Sobre todo, donde tenemos en cuenta que estamos en el mundo como aquellos que se vieron privados de una genuina alteridad. De ahí que muchos, en lugar de enfrentrarse a un Dios en falta, prefieran —prefiramos— situarse ante el ídolo que sugiere, aunque siempre en falso, que la belleza, el poder, la pureza son alcanzables. Aunque sea por participación o simpatía.

amor y libertad

diciembre 29, 2019 § Deja un comentario

Amar, esto es, no querer ser sin el otro. Y sin embargo, podemos ser con independencia de aquel a quien creemos amar. Es el precio que tuvimos que pagar por nuestra autonomía —por nuestra liberación de Dios. Quizá no sea casual que solo en las situaciones apocalípticas se revele que no somos nadie sin el otro. Al igual que el otro no es nadie sin nuestro abrazo. Donde nos libramos de Dios, tarde o temprano tendremos que librarnos de nosotros mismos, de nuestro contumaz solipsismo.

Thomas

diciembre 28, 2019 § Deja un comentario

Entre las muchas tonterías que dijo Rousseau, una de las más tontas y famosas es esta: «El hombre nace libre, y sin embargo, está encadenado por doquier». Esta sentencia presuntuosa impide percibir claramente la naturaleza de la libertad; porque si la libertad es la capacidad para poder elegir sin imposiciones, el hombre nace encadenado. Y el desafío que plantea la vida es la liberación.

Thomas Szasz

la Ley y el amor

diciembre 27, 2019 § Deja un comentario

La justicia —la obediencia a la voluntad de Dios— es el irrenunciable de Israel. Al menos, que haya justicia si no puede haber amor. Aquí Israel demuestra tener un profundo conocimiento del alma humana. Y es que resulta ingenuo pretender que previamente tengamos que transformarnos en hombres y mujeres henchidos de amor para poder responder a la demanda del pobre. Lo primero con respecto al que sufre a causa de nuestra indiferencia o impiedad es darle el pan de cada día. En cualquier caso, la transformación viene después. Y probablemente vendrá si tenemos en cuenta que nadie desciende al barro sin ensuciarse las manos (y no solo las manos). La purificación no es el efecto de la distancia, sino al revés. Tiene más que ver con el descenso que con la elevación —con la humillación que con la ascesis. El despojamiento de sí es, precisamente, un despojarse de cualquier motivo de orgullo. Ahora bien, esto no es posible sin ponerse, de buen comienzo, en manos del que no cuenta. Aunque también es verdad que los caminos son muchos y no siempre lineales. Quizá el cristianismo típico haría bien en recordar que, en cualquier caso, lo primero es responder. Y es que al acentuar el amor frente a la Ley —un acentó que probablemente tenga que ver con una deformación de lo que representa la Ley para Israel— corre el riesgo de hacer del amor una posibilidad al alcance de quien da a Dios por descontado. Por no hablar de transformar el amor en un dios.

amor a la verdad

diciembre 24, 2019 § 1 comentario

Más que encontrar la verdad —lo que en verdad tiene lugar al margen de lo que nos parece—lo que queremos es buscarla. Pues de hallarla difícilmente podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Algo parecido podríamos decir con respecto a Dios. Por suerte ni la verdad ni Dios, si es que no hablamos de lo mismo, están por la labor. Siempre más allá, de tal modo que, al final, nos iremos con las manos vacías. Como si lo único que aconteciera en cuanto sucede es que nada acontece. O la nada o un porvenir absoluto del que no podemos hacernos una idea que sea creíble.

un Buber a la cristiana

diciembre 23, 2019 § Deja un comentario

¿Cómo podemos tomarnos en serio la idea de que Dios es un ello —un arjé? ¿Acaso nuestra inquietud más fundamental puede resolverse con un algo, se trate de una fuerza o un océano? Ciertamente, la alternativa al ello no es un tú que podamos concebir como si se tratase de un superman espectral. Pero, un dios-ello no es más que una cosa, aun cuando sea última o subyacente. El horizonte de quien busca ese ello es el del saber —en definitiva, el de un saber a qué atenerse para lograr la armonía o la superación del egoísmo—, en modo alguno el de la redención. Quizá el cristianismo aún esté por descubrir. Al menos, porque su Dios es ese Tú que, contra lo supuesto por un cristianismo entendido religiosamente, aún no es nadie sin su rostro. Es decir, sin el hombre que se entrega a Dios donde no parece que haya Dios. De ahí que Dios como alguien sea esa voz que clama por el hombre desde un pasado inmemorial, aquel al que fue desplazado por el desprecio de Adán. Y así fue hasta el Gólgota. Al fin y al cabo, la única cuestión que debe resolver el hombre es quién es su Padre. Pero solo la resolverá una vez caiga en la cuenta de que el Padre solo llegó a ser el que es en aquel que colgó de una cruz en nombre, precisamente, de Dios. Esto es, en su lugar.

meditaciones cartesianas 15

diciembre 22, 2019 § Deja un comentario

Hoy he soñado que interpretaba al piano una melodía extremadamente simple, pero sublime (y aquí podríamos cuestionar el pero). Probablemente, de recordarla y volverla a interpretar, me parecería muy ordinaria. ¿Lo es? De hecho, aquí hay en juego únicamente dos pareceres, el del sueño y el de la vigilia. Y si damos el segundo por bueno es porque lo damos por bueno, no porque lo sea. El contraste no se da, por tanto, entre el sueño y la realidad. Ocurre algo parecido cuando en los sueños estamos convencidos de hablar con nuestro padre, pongamos por caso, que, sin embargo, posee el rostro de otro. Como si sufriéramos una variante inversa del síndrome de Capgras. Por no hablar de la posibilidad de que no viéramos ningún problema en que el gato de Shrödinger estuviera vivo y muerto en su caja. Descartes, en sus Meditaciones metafísicas, sostiene que no podemos soñar contra los principios de la razón. Que sueñe o esté despierto, los lados de un triángulo siguen equivaliendo a la suma de dos rectos. De ahí la necesidad de introducir la hipótesis de genio maligno. Pero si lo pensamos bien, no es necesaria. Basta con suponer que durante el sueño esté convencido de que no hay diferencia entre la unidad y el par. En el fondo, es lo que sugiere el argumento que Descartes dirige contra las aspiraciones de la razón. Ahora bien, si la hipótesis del genio maligno se entiende de este modo, entonces el cogito se revela como la única certeza y no como aquella sobre cuya base es posible alcanzar un saber acerca del mundo. Pues la figura, al fin y al cabo retórica, del genio maligno no afectaría solo a la pretensión de verdad de la razón, sino a su misma validez como norma del pensar. De hecho, las Meditaciones probablemente hubieran tenido otro final, si Descartes hubiera sido consciente de las paradojas a las que llega el ejercicio mismo de la razón. Pues solo hace falta que multipliquemos la unidad y el par por cero para caer en la cuenta de que es lo mismo decir uno que dos. O por decirlo a la nihilista: cuando todo es conmensurable con la nada —y esto es lo que la razón constata—, entonces el lenguaje cae como un castillo de naipes. O como la torre de Babel. (Aunque quizá antes deberíamos preguntarnos si la multiplicación por cero no será, más bien, una falacia).

¿Dónde estoy?

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