Atenas no es Jerusalén

diciembre 21, 2019 § Deja un comentario

Occidente, como suele decirse, es el resultado del cruce entre Atenas y Jerusalén. El carácter antagónico de ambas ciudades, sin embargo, ha permanecido oculto por la síntesis que operó la cristiandad, una síntesis cogida con alfireres. Pues el sujeto occidental se encuentra a sí mismo —o se encontró— en medio de dos imperativos irreconciliables o, por decirlo con otras palabras, entre dos modos de entender la libertad. O bien, uno debe convertirse en señor de sí mismo, aprendiendo a estar por encima de cuanto pueda sucederle; o bien, uno está más allá de la inmediatez porque su centro es un Dios indigente —porque su señor es el que no cuenta. En ambos casos, la libertad es aquella que nos libera, precisamente, del abuso de lo impersonal: de lo que se hace, se dice, se exige. Y ello en nombre de lo que importa, aunque estrictamente no se trate de lo mismo en un caso que en otro. Ahora bien, lo que importa siempre será lo que el hombre no puede alcanzar y, con todo, cree que debe alcanzar, algo así como el horizonte de una esfera. En modo alguno, la propiedad. La existencia, al fin y al cabo, consiste en elegir entre Sócrates y el nazareno. Aunque quizá deberíamos decir ser elegido por ellos. El resto es vivir como chimpancés que imaginan haber ocupado el lugar de Dios.

esbozo de teoría literaria

diciembre 20, 2019 § Deja un comentario

“IMPONENTE, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó la bacía y entonó:

Introibo ad altare Dei.

Se detuvo, miró de soslayo la oscura escalera de caracol y llamó groseramente:

—Acércate, Kinch. Acércate, jesuita miedoso.

Se adelantó con solemnidad y subió a la plataforma de tiro. Dio media vuelta y bendijo tres veces, gravemente, la torre, el campo circundante y las montañas que despertaban. Luego, advirtiendo a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, murmurando entre dientes y moviendo la cabeza. Stephen Dedalus, malhumorado y con sueño, apoyó sus brazos sobre el último escalón y contempló fríamente la gorgoteante y agitada cara que lo bendecía, de proporciones equinas por lo larga, y la cabellera clara, sin tonsurar, parecida por su tinte y sus vetas al roble pálido.

Buck Mulligan espió un instante por debajo del espejo y luego tapó la bacía con toda elegancia.

—¡De vuelta al cuartel! —dijo severamente.

Luego agregó con tono sacerdotal:

—Porque esto[…]”

Como sabemos, el Ulises de Joyce comienza de este modo. ¿Qué sucede aquí? La insistencia en el detalle —su fuerza— nos aleja, sin duda, de la épica. No hay Dios —no hay drama cósmico—, nada qué representar. Tan solo un episodio como cualquier otro. Fíjate en la cara equina de Stephen —en la amarillenta bata de Buck Mulligan. Pero, por eso mismo —por su fijación a lo nimio—, el lenguaje se convierte en doxa —literalmente, en brillo—, pues no tiene nada qué contar salvo lo irrelevante, lo que simplemente pasa o sucede. Como si eso fuera lo único que hay. Como si solo pudiéramos atender a lo que no importa. La parte, sencillamente, lo es todo. El lenguaje se revela como una enorme sinécdoque. Hay que leer el Ulises como leemos un haikú. En este sentido, quizá el Ulises sea una metanovela, esto es, la novela de la novela decimonónica, la cual aún anda preocupada, entre descripciones prolijas y, no obstante, risibles, por los asuntos del personaje que aún cree tener derecho a la palabra, a pesar de haber despreciado su aspiración a participar de un sentido global. De ahí que la sensación que nos provoca el Ulises de Joyce, sobre todo tras una lectura inmersiva, no pueda ser otra que el lenguaje nos encanta.

Lc 18, 8

diciembre 19, 2019 § Deja un comentario

¿Cuántos aún? ¿Para cuántos la fe es todavía una confesión (y no solo una vaga hipótesis acerca del más allá o un sentimiento)? ¿Quién lleva a flor de piel la convicción de que debe responder con su vida al llanto del sobrante? ¿Quién no se apaña como creyente con las imágenes que se ha podido hacer de Dios (como si Dios fuera una variante del amigo invisible de la infancia)? Sin embargo, la duda ya fue declarada. Pues, cuando el Hijo del Hombre regrese ¿hallará fe en la tierra? La fe siempre fue asunto de unos pocos. De ahí que creer, de no formar parte del resto de Israel, más que creer por nuestra cuenta y riesgo, sea creer en el que cree.

difícil libertad

diciembre 18, 2019 § Deja un comentario

Hay dos libertades. La del filósofo y la del cristiano. La primera consiste en un estar por encima de cuanto nos sucede o pueda sucedernos. Que nada que no importe nos afecte. Podríamos decir que se trata de la libertad del carácter, la que nace de un dejar de temer, se trate de lo que dirán, de la soledad o, incluso, de la propia muerte. Al fin y al cabo, como decía Lucrecio, no podemos aspirar a otra libertad que la de contemplar el naufragio desde la distancia. Por eso quien se encuentra por encima de sí mismo se encuentra por encima del mundo. Como si su patria fuese el más allá. En cambio, la libertad cristiana no está hecha con los materiales de la desafección. Ciertamente, uno no importa. Pero sí el que sufre. Y un cristiano, al menos sobre el papel, no deja de ser rehén del que no cuenta. Si Dios es el Señor, el pobre es nuestro Señor. Cristianamente, nadie es dueño de sí mismo. De ahí que la libertad cristiana sea la de una respuesta incondicional a una demanda que trasciende la posibilidad del hombre. Como si nuestra entera existencia estuviera en juego ante aquel que nos saca de quicio con su clamor.

de la felicidad y el olvido

diciembre 18, 2019 § Deja un comentario

¿Pudo Caín ser feliz? Comenzar de nuevo para el culpable, ¿acaso no exige hacer tabula rasa del pasado —como si Abel nunca hubiera existido? Caín, si hubiera podido ¿debería haber olvidado a Abel —sepultarlo definitivamente? ¿Es que no es verdad, sin embargo, que la víctima siempre sobrevive como fantasma? Y el fantasma ¿acaso no es lo más real de nuestra existencia, lo único que permanece inmutable más allá de lo tangible? ¿Acaso el perdón de Abel —la oportunidad de comenzar de nuevo sin tener que eliminar al otro, su derecho a la presencia— no es un perdón imposible, lo que el mundo no puede admitir como posibilidad? La fidelidad de Dios —de la voz que nos interpela por el lugar de Abel— no deja de ser la de una mosca cojonera. Y si esto es así —que lo es— ¿no deberíamos admitir que en verdad preferimos no saber nada de Dios —que, en su lugar, acaso sea preferible un océano?

Savall

diciembre 17, 2019 § Deja un comentario

Hoy en La Contra leo lo siguiente: estamos perdiendo el sentido de la bondad porque todo se vende y se compra. Hay mucha gente que sufre. Lo dice Jordi Savall. Y es cierto. Una gran contra. Savall posee el sentido del asombro y de la gracia, capaz, en definitiva, de conectar con la soledad del otro desde su propia soledad. Sin el otro no somos nadie. Y esto cuesta de ver en medio de las transacciones en las que andamos metidos. Leyendo esta contra no puedes evitar la impresión de que acaso la manera de Savall de estar en el mundo sea suficiente. Que la redención, en el sentido cósmico de la expresión, nos viene grande. Aunque quizá sea la única esperanza —una increíble esperanza— para los que sobran.

palabra y mundo

diciembre 16, 2019 § Deja un comentario

Decir es juzgar. Pues nada se nos da en estado puro. Incluso en la entrega más sacrificial, podemos hallar los restos de una justificación de sí. Pero necesitamos decirnos qué es aquello a lo que nos enfrentamos. Cuando menos, porque no podemos transitar por arenas movedizas. Necesitamos creer que andamos sobre tierra firme; necesitamos juzgar la ambivalencia —decidir de qué se trata. ¿Es amor o una forma sutil de encubrir nuestra soledad? ¿Es bondad o impotencia? No lo sabremos hasta el final. En el presente todo es mezcla. Y, sin embargo, haremos como si supiéramos de qué estamos hablando. Ahora bien, no es casual que, debido a su alergia a ser juzgado, el hombre moderno prefiera suponer que juega con las palabras; que él decide qué sea el caso, crear un mundo. No es casual que, modernamente, el poeta ocupe el lugar de un Dios cuyo papel principal es el de pronunciar una última palabra. Jugar en vez de juzgar. Y así, en vez de mundo, mundos.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para diciembre, 2019 en la modificación.