límite y posibilidad del lenguaje

enero 31, 2020 § Deja un comentario

Decimos, por ejemplo, todo pasa. Pero una cosa es saberlo y otra caer en la cuenta. En el primer caso, tomamos nota. En el segundo, no podemos evitar estremecernos. Sin embargo, las palabras son las mismas: todo pasa. De ahí la necesidad del poeta. Pues solo él intenta forzar el lenguaje para revelar el carácter extraordinario de lo que se ha convertido, inevitablemente, en costumbre. Y lo extraordinario roza el silencio. La palabra justa es, por eso mismo, última. Cuando menos, porque tras ella ya no hay nada que decir. El logro del poeta es nuestro enmudecimiento.

Paul Valéry

enero 30, 2020 § Deja un comentario

Un aforismo de Paul Valéry dice así: pienso, luego no soy. ¿Una boutade? No me atrevería a decirlo. De hecho, se trata de un inteligente contrapunto al conocido cogito, ergo sum de Descartes. Es verdad que el Yo adquiere plena conciencia de sí en la distancia que media entre él y su aspecto o incluso carácter. O por decirlo a la platónica: una vida que prescinda de la interrogación sobre uno mismo es una vida cercana a la del chimpancé. Sin embargo, y de esto también fue consciente Platón, el precio que el hombre paga por estar por encima de su circunstancia y, en definitiva, por su libertad es el del desarraigo. Todo le parece, precisamente, apariencia, feria, escenario. Todo, salvo lo que es. Sin embargo, lo que es, en tanto que absolutamente Otro, queda fuera de nuestro alcance. De ahí que Hegel dijera que donde irrumpe la reflexión no vuelva a crecer la hierba. Sencillamente, las imagenes dejan de seducirnos. La ilusión deviene una ilusión. El escenario se derrumba. La distancia entre el sujeto de la reflexión y el de quien vive a flor de piel —el de quien aún puede creer en su protagonismo— es, por consiguiente, insalvable, a menos que sepamos ejercer la ironía. Pero no es fácil.

Cuanto acabamos de decir encuentra su paralelismo en la situación de quien ve una película de terror. En modo alguno puede evitar estremecerse ante la aparición del fantasma. Por no hablar de aquel al que se le aparece de verdad. Sin embargo, por poco que sepa de técnica cinematográfica, antes verá el truco que al fantasma. No está metido en la escena. No puede estarlo —no puede vivirla o tomársela en serio—. Y por tirar de la cuerda, podríamos decir que la primera situación sería análoga a la del homo religiosus. Tan solo él puede dar fe de la aparición. La segunda, en cambio, es la del teórico de la religión. Para este no hay aparición —no hay epifanía—, sino en cualquier caso hombres y mujeres que creen haber visto a un ser de otro mundo o dimensión.

La cuestión es si podemos decidir entre ambos puntos de vista. Pues que se trate de puntos de vista no significa que valgan por igual. Y aquí en Occidente, la teoría y su distancia llevan las de ganar. Al menos, en el plano de la legitimidad discursiva.

una conversación de café

enero 29, 2020 § 1 comentario

Dos chicas —una de ellas influencer— hablan en un café de una amiga común. Esta es del opus. Se trata de regalarle un consolador a una cumpleañera. Vale. La del opus no quiere participar. Evidentemente, sus amigas la acribillan con su crítica: que si es una estrecha, que si le han comido el coco, etc. Una de ellas presenta un argumento “decisivo”: no le digo que se lo compre ella, ni que lo compre ella—; le digo que piense en para quién es el dildo —que la tenga en cuenta, tía… De acuerdo. Sin embargo, podríamos preguntarnos hasta qué punto este argumento es tan bueno como parece. Pues la cumpleañera podría ser una enganchada a la heroína y no por eso creeríamos que estaría bien regalarle unas cuantas dosis. Más bien, daríamos por sentado que no le estaríamos haciendo, precisamente, un favor. La chica del opus podría estar equivocada. Pero, en cualquier caso, está en su derecho a tomarse en serio su error. Sin duda, sus amigas dirán que no es lo mismo. Pues hay una diferencia, cuando menos de grado, entre un consolador y un chute de heroína. Pero en el fondo podríamos estar hablando de lo mismo o de algo muy parecido. Que estemos del lado de la opinión mayoritaria —el placer no es un problema— no significa que estemos más cerca de lo indiscutible. Ciertamente, el placer no es el problema. Pero sí que lo es estar centrados en el placer (y lo del dildo sería, en el peor de los casos, el síntoma). En realidad, quien piensa la vida que nos ha tocado en suerte, tarde o temprano, termina yendo a contracorriente. Aunque el hecho de ir a contracorriente no implica necesariamente que uno haya estado reflexionando sobre cuanto (nos) sucede. Puede tratarse simplemente de la postura de quien va de singular.

desde fuera, desde dentro

enero 28, 2020 § Deja un comentario

Desde dentro, vives la epifanía. Desde fuera, tan solo ves hombres y mujeres que creen haber visto una epifanía. Sin embargo, con la objetividad no hemos hecho mucho más que sustituir una apariencia por otra. Esto es, no mucho más que cambiar un punto de vista, se supone que cargado de superstición, por otro instrumentalmente más eficaz. ¿Quién, sin embargo, se encuentra más cerca de la verdad? Podríamos decir, junto a los viejos sofistas, que no cabe trascender la perspectiva —que el hombre es la medida de cuanto es—… y quedarnos tan anchos.

Sin embargo, la pregunta sigue estando ahí: qué es lo que en verdad tiene lugar… más allá de lo que nos parece que es. Evidentemente, la cuestión ya presupone un en sí, una trascendencia, aunque no necesariamente religiosa. Sin embargo, por eso mismo, quizá esté más cerca de la verdad quien cae en la cuenta de que lo real, en tanto que absolutamente otro, es invisible, inconcebible, irreductiblemente extraño que quien lo niega. Ahora bien, dicho en sí, no es algo invisible, sino un simple haber —un puro silencio—. Hay realidad, pero no para nosotros. Para nosotros tan solo es lo que se ofrece como mundo —lo que encaja dentro de los esquemas de lo posible—. El mundo apunta, sin duda, a la exterioridad. Pero el mundo es una construcción. La exterioridad sencillamente no coincide con el mundo. Aun cuando tengamos que decir que no hay exterioridad sin mundo —como no hay yo sin el cuerpo con el que se identifica y del que, sin embargo, difiere—. En cualquier caso, para comprender esto último hay que estar dentro, sufrir la desaparición de lo que es en verdad otro (y, por eso mismo, inasimilable). Ciertamente, también cabe llegar a esta conclusión a través de la lógica dialéctica. Pero quien permanece solo en el marco de dicha lógica difícilmente podrá incorporar lo que piensa. Y de ahí a la escisión entre vida y pensamiento media un paso.

Dios contra dios

enero 27, 2020 § Deja un comentario

Supongamos que llegáramos a saber que estamos en manos de unos seres de otra dimensión, cuya inteligencia y poder fuesen inconmensurables. Supongamos también que fuéramos su creación —y que llegáramos a constatar que, de hecho, juegan con nosotros—. ¿Deberíamos doblegarnos ante su evidente superioridad? Es posible que muchos lo intentasen. Pero no creo que todos pudiéramos. *Gracias a Dios*, algunos llevan en los genes la rebeldía contra dios. Quizá sea esta la mayor obra de Israel: habernos convertido, por suerte, en incapaces de dios. Pues, no hay otro Dios que el que no aparece como dios —el Dios que los mundos tienen pendiente, el Dios de la promesa de Dios—. Ahora bien, ¿diríamos lo mismo si los *dioses* fuesen buenos —si de algún modo nos cuidasen—? No me atrevería a decirlo. En realidad, esta es la creencia de la mayoría de los que creen. Sin embargo, puede que la idea de un espectro bonachón sea la puerta trasera por donde se cuela la incredulidad o, lo que viene a ser lo mismo, la idolatría. Ciertamente, Israel confía en la misericordia de Dios. Pero confiar, aunque sea sobre la base de los indicios, no es dar por descontado. Sobre todo, si tenemos en cuenta que no terminará de haber Dios donde sigamos haciéndonos los sordos.

uno-una

enero 26, 2020 § Deja un comentario

Tal es el único significado del monoteísmo profético. Dios es uno porque la justicia es una.

Paul Tillich

pecio

enero 25, 2020 § 2 comentarios

Puede que llegue un momento en que caigamos en la cuenta de que el precio que tuvimos que pagar por liberarnos de Dios no fue tanto el de un mundo sin porqué como el de una mayor estupidez. Pues todo está perdido una vez Dios ni siquiera es una cuestión.

¿Dónde estoy?

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