la extravagancia

enero 13, 2020 § Deja un comentario

Una de las principales cuestiones de la filosofía —si no la principal— es hasta qué punto podemos ir más allá de lo que nos parece que es. Pues en un principio es posible que lo real no termine de coincidir con lo que nos parece real. Toda apariencia se da en relación con el marco de una sensibilidad, el cual funcionaría como una especie de lecho de Procusto: no se ve —no aparece— lo que no encaja dentro de sus límites. Por eso mismo, nada hay que no se muestre en relación con un punto de vista, y por eso mismo relativamente. De ahí que la pregunta sea qué son las cosas en sí mismas, esto es, al margen de cómo llegamos a verlas. La pregunta, ciertamente, presupone que el mundo es con independencia de que haya un observador. Pero también que nada es que, de algún modo, no aparezca o se muestre —que nada es que no se haga presente. La presencia es el síntoma de cuanto es. Ahora bien, en la tensión entre ambas afirmaciones reside el problema. Cuando menos, porque la presencia solo es posible donde lo que se hace presente, en tanto que algo realmente otro, elude la presencia. Por definición, nunca veremos lo otro en cuanto tal, sino lo otro siempre según nuestra medida. La alteridad de cuanto tenemos enfrente tan solo es pensable. Al fin y al cabo, la pregunta por una realidad absoluta puede entenderse como la pregunta por el carácter otro de lo real. Pues lo real es, por defecto, algo-otro-ahí que se ofrece a nuestra receptividad.

Por lo común superamos nuestras primeras impresiones por una percepción más adecuada. Sin embargo, al hacerlo seguimos dentro de los límites de lo sensible. Pues no hacemos más que sustituir una apariencia por otra que consideramos más ajustada a los hechos. La filosofía nace de la convicción de que tan solo la dura disciplina de la razón nos permite traspasar los límites de lo aparente. Ahora bien, al dejarse guiar por la razón, el filósofo termina diciendo cosas extravagantes, muy alejadas del sentido común. ¿Se trata del delirio de quien se pasa de rosca a la hora de pensar? No me atrevería a decirlo. De hecho, cuanto más cerca estamos de lo real, más cerca nos hallamos de lo excéntrico o paradójico. Y no puede ser de otro modo. Pues hablar del carácter absolutamente otro de lo real supone hablar del carácter ajeno o esencialmente extraño de lo real en sí mismo. Incluso cabe la posibilidad —tal y como anticipó Descartes, aunque luego diera marcha atrás—de que la exterioridad —lo real en sí— fuera ininteligible, por no decir contradictoria. Bastan unas pocas nociones de mecánica cuántica para al menos intuir por dónde van estos tiros. Que el gato de Shrödinger esté en su caja vivo y muerto —que no vivo o muerto— es algo que nuestra lógica no puede admitir. Eppur si muove.  

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