el mandato del Padre

enero 24, 2020 § Deja un comentario

Fácilmente sabemos qué deseamos. Lo difícil es saber lo que uno quiere. Pues nadie sabe qué quiere hasta que no se encuentre con su Padre. Y un Padre no coincide necesariamente con nuestro progenitor. Un Padre es el que te dice que quiere de ti —y por eso mismo, te autoriza a ser alguien y no simplemente un triunfador—. Un Padre es el que confiere integridad a tu existencia. Él te quiere porque quiere algo de ti: que seas en verdad, que dejes de ser un esclavo de ti mismo, de tu circunstancia. Y te quiere, aunque no te lo parezca. Pues lo primero que te dirá es que tú no importas. Importa lo que debes alcanzar, lo que realmente debe ser alcanzado aun cuando no puedas. Y no podrás porque lo que en verdad importa está siempre más allá de tu alcance. Con respecto a lo que cabe querer, la sensación siempre va a ser la misma: cuanto más cerca, más lejos. De ahí que el querer —la voluntad, el amor, la genuina libertad— siempre se dé como repuesta una demanda, en el doble sentido de la expresión. Nadie sabrá qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su Padre —hasta que no haga suyo su mandato—. Esto, sencillamente, es así. Aun cuando, para que un Padre pueda ejercer como tal, antes haga falta creer en él —en su Palabra—.

sobre gustos

enero 23, 2020 § Deja un comentario

Si lo único que pretendes es gustar, no podrás más que gustar. Eso, en el mejor de los casos. Puede que los demás quieran disfrutarte, invitarte a su fiesta, estar a tu lado…, pero nadie se interesará por ti —pues no eres interesante—. Y no lo eres porque no te interesa nada que se encuentre más allá de ti mismo —de ti misma—. Porque no distingues entre lo que debe ser amado o perseguido eternamente y cuanto despierta en ti un deseo de posesión.

dos preguntas

enero 22, 2020 § Deja un comentario

Leibniz sostuvo que la pregunta última es por qué algo en vez de nada. La pregunta no es inocente. Pues apunta a una nada que se impone como el trasfondo inevitable de la existencia. Cuando menos, porque la respuesta a la pregunta no puede darse, obviamente, en los términos de un algo. De ahí que no sea casual que los filósofos, sobre todo si les va la paradoja, acaben diciendo que lo que es se ofrece en tanto que, en sí mismo, no es —en tanto que no se ofrece o llega a la presencia—. Sin embargo, podríamos hacernos otra pregunta: por qué el mundo y no lo esencialmente insólito. Probablemente, por ahí fueron los tiros de Kant: al fin y al cabo, hay —o mejor dicho, tiene que haber— lo inconcebible… aun cuando no podamos afirmar que forme parte del mundo. Pues el mundo es lo que encaja en los moldes de la razón. Quizá el único modo de enfrentarse al nihilismo al que conduce la reflexión radical sea en relación con lo absolutamente nuevo. Ahora bien, lo insólito o inconcebible, por definición, en modo alguno puede aparecer sin quedar reducido a lo que la razón admite como posible. Lo insólito es, sencillamente, imposible, y por eso mismo, tampoco puede darse como cosa, aunque lo imaginemos a la manera de un ente sobrecogedor. Y con todo, acaso lo insólito —la genuina alteridad— sea lo único propiamente real. La cuestión religiosa —cómo cabe tratar con Dios o también dónde aparece o se revela—, en tanto que se plantea desde nuestro lado, solo puede resolverse a través de una idea de Dios, esto es, idolátricamente. Existir ante el misterio supone, por consiguiente, un estar en suspenso por una irreductible ignorancia. Por defecto, lo insólito no puede aparecer. Ni siquiera puede ser concebido. En este sentido, Dios no aparece —no se muestra— salvo en aquel cuyo cuerpo da testimonio de su hallarse expuesto a la imposible posibilidad del enteramente otro. El creyente no sabe nada acerca de Dios. En cualquier caso, da fe de la fe del hombre de Dios. De este modo, permanece a la espera de un Dios que no puede concretarse como el objeto de una expectativa —a la espera de un inconcebible Sí cuyo rumor cree escuchar en el fondo de la existencia, pero que no puede admitir sensatamente como viable. Y es que incluso la verdad de Dios está en manos de Dios.

ateos

enero 20, 2020 § Deja un comentario

La verdadera religión incluye alguna dosis de ateísmo. No es casual que a Sócrates, como también a los judíos y a los primeros cristianos, se los persiguiese como ateos. Para los que se adherían a los poderes, no podían dejar de ser los que niegan que haya dios.

Paul Tillich, Theology of culture

natividad

enero 19, 2020 § Deja un comentario

Hay que imaginar a Dios como niño antes que como Padre. Pues Dios no es aún nadie sin la entrega incondicional del hombre. Dios tiene que crecer en lo más íntimo para llegar a ser el Padre que quiere ser —para que pueda sostenerte cuando seas incapaz hasta incluso de orar—.

de segundas

enero 18, 2020 § Deja un comentario

Es posible que el cristianismo no sobreviva como ingenuidad infantil. O quizá sí. Pero solo como secta. Con todo, la primera ingenuidad siempre fue algo de lo que podemos prescindir —por no hablar de algo de lo que deberíamos prescindir. Ocurre aquí como con el amor. Nadie que no vaya cargado de virtud sobrevive a la desaparición del espejismo. Y quien dice virtud, dice fuerza. Ahora bien, la fe no es el resultado de un esfuerzo intelectual. En cualquier caso, este es posterior. La fe vive de su ingenudad. Pero se trata de un ingenuidad pasada por el tamiz del sufrimiento, sobre todo el de los que sobran. Hablamos, pues, de una ingenuidad lúcida o, si se prefiere, de una segunda ingenuidad. Como también en el caso del amor. Tampoco es casual. Y es que no hay quien viva si no nace de nuevo.

la fe del hoy

enero 17, 2020 § Deja un comentario

Actualmente, la mayoría no tiene ni idea del Dios de la tradición bíblica. En el mejor de los casos, le suena. Pero poco más. Sin embargo, siguen habiendo hombres y mujeres de buena voluntad que, con todo, ignoran cómo liberarse del poder de lo impersonal. La autoayuda es un fake. Y las espiritualidades de la no-dualidad, porque se olvidan de los que sobran, fácilmente terminan en la mera compensación, por no decir en el onanismo. El cristianismo, ciertamente, no es una religión al uso. Un Dios que cuelga de una cruz en modo alguno es homologable al dios que no necesita encarnarse para llegar a ser el que es. Sin embargo, la Encarnación es ininteligible —o al menos, un malentendido— donde no partimos de la divinidad religiosa. Pues el Dios cristiano constituye la impugnación de lo que el hombre imagina como dios. ¿Deberíamos, por tanto, comenzar de nuevo con la religión del padre bueno? Quizá. Pero el problema es que, como dijera Rudolf Bultmann en su momento, donde damos por sentado que el mundo es técnicamente dominable, resulta difícil, por no decir inviable, comenzar por una cosmovisión que presupone que nos hallamos rodeados de presencias invisibles. Por eso mismo, puede que el cristianismo, si quiere aún anunciar la buena nueva, se vea obligado a ir directamente al grano. Esto es, a partir de aquellas situaciones en las que, hundidos en la desesperación, no parece que haya Dios. Ahora bien, en estas lo primero no es Dios, sino el evangelio de Dios. Es decir, hubo una vez un hombre que… 

¿Dónde estoy?

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