conectar

febrero 29, 2020 § Deja un comentario

Hay quienes sacan de ti lo mejor que hay en ti. Otros lo peor —y aquí lo peor puede presentarse de color gris. Somos un estado de ánimo. De ahí la importancia de la conexión. Sin embargo, si esto es así —y así lo parece—, entonces somos tremendamente frágiles. No es casual que los antiguos creyeran, como nosotros estamos convencidos de que hay montañas, que vivían atravesados de fuerzas invisibles. El punto de partida de la religión no es otro que este: hay un poder por encima de nuestras cabezas y estamos en sus manos. No es casual que los griegos insistieran, frente a la sensación de impotencia que nos deja un dios, en la necesidad de dejar una huella —una obra, un rastro, un hijo— que dé testimonio de quienes fuimos una vez seamos incapaces de remontar el vuelo.

droga y fe

febrero 27, 2020 § Deja un comentario

Quien no se pregunta por la honestidad de se fe —quien nunca se interroga acerca de la verdad de su creencia— ¿acaso no es como el que se chuta porque no quiere afrontar la realidad? Sin embargo, donde se lo pregunta desde la posición del espectador ¿acaso no será incapaz, por eso mismo, de llegar a la fe? Pues la verdad de Dios no es la verdad del enunciado acerca de Dios.

un asunto político

febrero 25, 2020 § Deja un comentario

La creencia espontánea en un Dios no deja de ser un asunto político. El esclavo —el siervo de la gleba— está acostumbrado a sentirse bajo el dominio de un amo. Sabe qué significa —y lo sabe corporalmente. No necesita suponerlo. Por eso, la confesión de que solo YWHW es el Señor suena a oídos antiguos como el password de los rebeldes. Del mismo modo, las bienaventuranzas deberían leerse en clave leninista, por decirlo así: y vosotros seréis los primeros en entrar en el palacio de invierno. De ahí que la creencia religiosa sea tan difícil en las sociedades donde la igualdad se da por defecto. Aquí el homo religiosus necesita forzar la imaginación. Al menos, si pretende seguir creyendo en el Dios tutelar de su infancia.

mayorías

febrero 24, 2020 § Deja un comentario

Cuando somos jóvenes nos preguntamos qué haremos de mayores. Así, intentamos hacernos cargo de la vida que nos ha tocado en suerte —así, resolvemos la pregunta sobre lo que queremos. Pero es como si nos preguntáramos en que vía de tren vamos a colocarnos. Pocos se preguntaron qué deberían hacer consigo mismos desde la óptica del todo o, mejor dicho, desde la del non plus ultra de la existencia. Y esta es la diferencia entre una vida examinada y otra sin examinar.

la gran ironía cristiana

febrero 23, 2020 § Deja un comentario

Hay que tomarse la utopía en su sentido más literal: no hay lugar para un mundo feliz. Así, podríamos pensar que Platón, al escribir su República, nos ofrece una solución al problema de la polis: solo puede haber justicia, si el filósofo gobierna. Pues solo quien sabe gobernarse a sí mismo será capaz de gobernar a los demás. De acuerdo. Ahora bien, esto es lo mismo que decir que la justicia es imposible. Pues el filósofo no está por la labor, aun cuando en su juventud hubiera podido estar tentado por la reforma política. Por no hablar del impasse que supone que, para que pudiera gobernar, los demás tendrían que aceptar su autoridad. Sin embargo, la aceptarán si han sido educados por el filósofo.Y esto solo es posible, tratándose de una educación general, si gobierna. Es como si Platón quisiera decirnos que la polis no tiene remedio. La República es, por eso mismo, un texto irónico. Pues se presenta de entrada como una solución.

Algo parecido podríamos decir del credo cristiano: la respuesta a los problemas del mundo pasa por la intervención final de Dios. En los tiempos finales, los muertos resucitarán y habrá una nueva Creación —una nueva humanidad. Ya lo dijo Pablo: si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe (1Co 15, 14-19). Y esto está muy cerca de decir que la fe es un absurdo. Ciertamente, no lo fue para Pablo y los primeros cristianos. Para ellos, la resurrección fue un dato de la experiencia. Ya no lo puede ser para nosotros. Mejor dicho: ni siquiera originariamente se trató de un dato. Quienes acompañaron a Pablo en su camino hacia Damasco no vieron lo que él vio. Pues para caer en la cuenta de quién fue Jesús de Nazaret —para caer del caballo— se necesitaba tener fe en la promesa de Dios —o siendo más estrictos en la promesa mesiánica. Aquí no encontramos con un impasse semejante al de la República: si la resurrección es la base de la fe, entonces la fe no puede ser la condición de las apariciones del resucitado. Podríamos hilar más fino y decir que la condición de la fe en el resucitado no es dicha fe, sino la creencia, como acabamos de decir a propósito de Pablo, en la intervención final de Dios (resurrección de los muertos incluida). Así, la fe en el resucitado encontraría su raíz en las apariciones. Son estás las que dotan de contenido a la expectativa mesiánica. En cualquier caso, la ironía sigue presente. Pues, al menos para nosotros, proclamar que o hay resurrección, o el mundo está perdido es como decir que el mundo está perdido. A menos que la resurrección no se entienda como el resultado de la acción de un deus ex machina… aun cuando se lo pareciese a los testigos de la resurrección. Pero este es otro asunto.

en ello

febrero 22, 2020 § Deja un comentario

Un buen amigo me contó hace unos días que cuando le preguntan si cree que existimos bajo la bendición de Dios o que los muertos resucitarán —mi amigo es cristiano— suele responder lo siguiente: no creo en ello, pero estoy en ello. La respuesta, muy judía por otro lado, tiene su qué. Pues la interpretación más espontánea, a saber, algo así como estoy en camino de creer, acaso, siendo pertinente, no sea la más profunda. Es posible que la ironía sea la única manera de dar cuenta del haber rozado el non plus ultra de nuestro estar en el mundo. Cuando menos porque existir supone existir en la doblez, lo cual no significa hipócritamente.

selfie

febrero 21, 2020 § Deja un comentario

Muchos hombres y mujeres de los denominados pueblos primitivos, creyeron —y quizá aún creen— que el antropólogo de turno les robaba el alma cuando les hacía una foto. ¿Superstición? Quizá. Pero no puedes evitar creer que algo de esto hay al echarle un vistazo a los selfies de Instagram. Pues en el momento de hacer la pose, uno deja de ser uno mismo. Por no hablar de lo que sucede, cuando lo habitual es posar.

un dios es un asno

febrero 20, 2020 § Deja un comentario

Un dios es, por defecto, omnipotente. Esto significa que nada le puede. O por decirlo de otro modo, que frente a diferentes opciones no se siente inclinado por ninguna en particular. Las diferentes alternativas —de tenerlas— le darían igual. La situación en la que se encuentra es análoga a la del famoso asno de Buridán, el cual, como sabemos, termina muriéndose de hambre al no poder elegir entre dos montones de paja exactamente iguales y de los que equidista. No sería el caso de nuestro dios. Al menos, él tiraría una moneda al aire. Por eso mismo, su libertad sería arbitraria. Pero también, por eso mismo, no sería nadie. Pues de ser alguien —de poder decir yo— su elección estaría decidida de antemano por su particular modo de ser. Y ya no podríamos decir que fuese omnipotente. 

Agustín

febrero 19, 2020 § 1 comentario

¿Qué significa que Agustín escribiera unas Confesiones? ¿Qué supone para la historia de la espiritualidad que Dios pasara a ser un asunto intimo? De entrada, que Dios ha dejado de ser un dato. Con Agustín, el paganismo quedó, definitivamente, atrás. Sin embargo, puede que con ello la cruz fuese asimismo apartada—o mejor dicho, su poder revelador. Aunque Agustín la tuvo, sin duda, presente, sus confesiones abren la puerta a un Dios demasiado interior como para que pueda desquiciarnos. No es causal que el pietismo luterano sea deudor de la obra del obispo de Hipona. En cualquier caso, el giro agustiniano no solo afecta al hombre —a la situación del hombre con respecto a Dios—, sino también, y quizá sobre todo, a lo que entendemos por Dios.

nietzscheanas 54

febrero 18, 2020 § Deja un comentario

La cuestión fundamental de la política —y quizá de la existencia— fue planteada por Nietzsche, a saber, si el noble —quien detenta un genuino poder—, es o no uno de los nuestros. Ciertamente, lo que damos por sentado es que el poder corrompe el corazón del hombre —que quien puede decidir sobre la vida o la muerte difícilmente llegará a tener piedad de aquel que se encuentra en sus manos. Como si el modo de ser del noble fuera muy distinto al del hombre y la mujer normales. Como si entre el noble y el esclavo hubiera una diferencia, no de grado, sino de naturaleza. Al fin y al cabo, podemos ver al noble como un psicópata —como alguien incapaz de empatizar con el inferior. No es casual que, tradicionalmente, el psicópata se presentara como la encarnación de Satán. Esta es, de hecho, la moraleja del mito de Giges tal y como nos lo cuenta Platón: quien poseyera el anillo que garantiza la invisibilidad —y la invisibilidad es la metáfora de un poder absoluto— inevitablemente abandonaría la posición en la que se encuentra el hombre: entre la bestia y el dios. Podríamos decir que deviene una bestia y un dios. Nadie le juzga. Ninguna mirada a la que deba responder.

Sin duda, cabe negar la mayor. Podemos sostener, por ejemplo, que la superioridad del noble es aparente. Que todos somos, por debajo de nuestras máscaras, el mismo indigente. Esta es, como sabemos, la tesis cristiana. Ahora bien, según Nietzsche, los tiros no van por ahí. El cristiano necesita decirse a sí mismo que el noble no es lo que parece. Necesita creer en la igualdad. Y necesita creerlo porque no puede soportar que el noble sea en efecto superior. Tiene que devaluarlo. La verdad cristiana obedece únicamente al resentimiento del esclavo. Es cierto que el noble no goza de la inmortalidad de un dios, al menos mientras las técnicas de la manipulación genética no lo permitan. Es cierto que puede sufrir. Pero su sufrimiento no lo iguala al resto de los hombres. Él se toma la vida como un juego. Por eso mismo, puede morir como el Ricardo III de Shakespeare: soltando una gran carcajada. Así murieron los dioses de la Antigüedad.

Por eso, la cuestión es si Nietzsche tiene o no razón. Y probablemente la tenga donde no hay prójimo que valga. Más aún: tendríamos que darle la razón si la compasión no fuese más que una reacción emocional. De ahí que la cuestión de fondo sea la de si en realidad nos encontramos o no sub iudice ante el que está de sobra. Y lo estamos en tanto que existimos como los que nos encontramos expuestos a una alteridad en falta y, por eso mismo, sujetos al deber de preservar la vida que nos ha sido dada, precisamente, con la des-aparición del absolutamente otro. Y donde hay deber —y un deber ante aquellos que, con su sufrimiento, dan testimonio de la altura de Dios— estamos sub iudice. Evidentemente, podemos despreciar el don y permanecer en la voluntad de ser como Dios. Podemos, sin duda, decantarnos por Prometeo. De hecho, esta es la posibilidad del hombre —la posibilidad que negar a Dios. Pero el precio que paga el hombre por permanecer fiel a sí mismo —a su voluntad de poder— es el de una humanidad sin prójimo. O como dijera el mismo Nietzsche, el de una definitiva soledad.

No hay alternativa: o nos entregamos al principio impersonal del *si es posible debe hacerse* —el que define, precisamente, nuestro querer ser como Dios—; o respondemos al clamor de un Dios que no es nadie sin nuestra respuesta. Esto es, o no hay Dios; o lo hay, aun cuando el haber de Dios no pueda comprenderse a la religiosa. Ahora bien, no hay Dios porque decidimos matarlo, no porque Dios sea la quimera que obedece a nuestra necesidad de Dios. Como dijera Nietzsche, Dios ha muerto porque nos bebimos el mar. Traducción: hubo Dios, pero ya no puede haberlo. Nuestra época es la de un tiempo en donde la voluntad de dominio ha ocupado el lugar de Dios. La alteridad se ha revelado como una ilusión de la mente. Quizá aún es posible creer que creemos. Pero no creer. Sin embargo, el hombre muere junto a Dios. Pues el hombre no puede dejar de adorar —de situarse ante la mejor imagen de sí mismo. No en vano Nietzsche dijo que el ateísmo es lo más difícil. Y aquí Nietzsche demostró ser más lúcido que muchos de sus admiradores. De hecho, con su diagnóstico sobre la muerte de Dios no hizo mucho más que tomarse al pie de la letra el relato de la Pasión. Un Dios crucificado es, sencillamente, un Dios que ya no puede valer como Dios. No hay que ser un Pablo para caer en la cuenta de que sin resurrección la fe es una estupidez (1Co 15, 14).

Kant, one more time

febrero 17, 2020 § Deja un comentario

Cuanto explica quién soy —o más en concreto, cómo he llegado a creer que debo, pongamos por caso, compadecerme del que sufre— no me justifica ante mí mismo. Pues yo soy quien debe justificarse a sí mismo ante sí mismo. O lo que es lo mismo, el yo se encuentra *sub iudice* ante su propia conciencia. Cuando menos porque no termina de aceptarse en su particular modo de ser. Un yo, por definición, se encuentra *sujeto a*. La cuestión es a qué. Y aquí caben dos posibilidades: o bien, a lo que le exigen *desde fuera* el *padre* o la *gente*; o bien a lo que se exige a sí mismo como el *yo* que es. Y el *yo*, en tanto que difiere de la circunstancia que ha configurado su carácter o modo de ser, se encuentra sujeto al imperativo de *ser por entero*, al imperativo de la integridad y, en último término, de la libertad: *no debes depender de lo que se encuentra fuera de ti*, ni siquiera de las circunstancias que han llegado a configurarte *en concreto*. El yo, en tanto que si sitúa a una cierta distancia de sí mismo, es más que las condiciones que lo hacen posible: de hecho, puede enfrentarse a ellas —puede *objetivarlas*. El yo es, en este sentido, un origen absoluto.

Ahora bien, el mandato de la integridad es categórico: no depende de ninguna condición *exterior* al imperativo mismo. Nadie es íntegro donde actúa, aun cuando se ajuste a lo debido, movido por un interés particular. Nadie juzgaría como moralmente íntegro a quien, pongamos por caso, fuese fiel al amigo porque su intención es aprovecharse de su amistad. Aquí la integridad consistiría en ser fiel al amigo por serle fiel, esto es, por respeto al amigo. Pues no respetamos al otro donde lo tratamos como un medio para conseguir lo que deseamos. El otro se revela como un fin en sí mismo. El imperativo que nos constituye como sujetos morales, más allá de las inclinaciones, sean *buenas* o reprobables, que impulsan nuestras acciones, es el que exige hacer lo debido por hacer lo debido. Esto es, lo que define la moralidad de cuanto hacemos o dejamos de hacer no es el deber, sino la voluntad —la intención— con la que cumplimos con nuestro deber. O lo que viene a ser lo mismo, moralmente no hay otro deber que el de realizar el deber por el deber. En esto consiste, actuar con *buena voluntad*. Y es que lo bueno, moralmente hablando, no es lo conveniente o satisfactorio, sino la buena voluntad. Así, se trata de der fiel por ser fiel; de decir la verdad por decir la verdad, etc. Pues, al fin y al cabo, solo llegamos a ser libres donde actuamos sujetos al imperativo categórico o absoluto que nos constituye, precisamente, como sujetos.

La libertad, desde esta óptica, consiste en la autonomía, literalmente, en darse a uno mismo la ley. Ahora bien, uno no puede darse a sí mismo *cualquier* ley, sino solo aquella que lo determina como sujeto libre del poder de lo ajeno o *exterior*. Y esta ley es la que manda, de hecho, ser libre, esto es, *querer*. Al fin y al cabo, se trata de *desengancharse* por desengancharse. Sin embargo, esto solo es posible a través de un compromiso en el que el otro, como decíamos antes, se hace presente como un fin en sí mismo.

Otro asunto es hasta qué punto podemos decir de nosotros mismos que actuamos con buena voluntad. Pues en cuanto hacemos o dejamos de hacer no hay intención pura. En cualquier caso, lo que sí sabemos es lo que debemos —o deberíamos— hacer: cumplir con el deber por el deber mismo. Y lo sabemos porque *somos* este estar *sujetos al* tener que actuar con buena voluntad, esto es, con integridad.

creer desde el fin de los tiempos

febrero 16, 2020 § Deja un comentario

Un creyente vive su fe desde la óptica del final. Como si de su respuesta a la invocación de Dios dependiera que hubiese Dios. 

de la experiencia

febrero 15, 2020 § Deja un comentario

Quien acumula experiencia acumula pérdidas.

en contradirección

febrero 14, 2020 § Deja un comentario

Si la vida humana es sagrada, incluso un dios tendría que respetarla. Pero esto es como si un hombre tuviera que reconocer el carácter sagrado de un ácaro del polvo. Inviable. De ahí la gran intuición del cristianismo: si la vida humana es sagrada —si el no matarás va a misa, nunca mejor dicho— es porque Dios renunció a ser solo un espectro. De ahí que la aspiración gnóstica —la que consiste en ignorar los límites de la corporalidad, una aspiración tan actual— vaya en la dirección contraria a la de Dios. El gnóstico pretende elevarse por encima de la materia. Pero Dios quiso caer —y caer hasta morir.

de las últimas palabras

febrero 13, 2020 § 1 comentario

No tengo claro que la verdad —esa última palabra— pueda ser transmitida. Quienes regresan han visto lo que muchos aún no hemos visto (y quizá nunca lleguemos a ver). Pero lo que tienen qué decir son cosas del estilo todo pasa o no sabemos nada. Son palabras justas, en el sentido casi métrico de la expresión. Y porque lo son, soportan el peso de lo indiscutible, al menos mientras estemos en la frontera de lo visible. Cualquier paráfrasis —cualquier glosa— está de más. Sin embargo, los que las escuchamos desde la barrera no podemos evitar la sensación de que eso ya lo sabíamos. Ahora bien, aunque creamos saberlo, aún no hemos caído en la cuenta —aún no nos entra el temblor de piernas.

De ahí que el poeta quiera provocar ese temblor antes de tiempo —cuando aún estamos a tiempo. Y por eso va en busca de lo insólito que amaga la obviedad. Algunos lo consiguen. Su logro, unos pocos pecios. En cualquier caso, para qué poetas en tiempos de miseria.  

la parroquia

febrero 12, 2020 § Deja un comentario

A veces pienso que, con la excusa de adaptarse a los tiempos, el cristianismo no busca otra cosa que mantener lo que queda de la parroquia. De ahí que, en muchas ocasiones, los pastores se vean tentados de decir lo que sus ovejas quieren oír. Al fin y al cabo, se trata de tenerlas contentas. Aunque esto suponga seguir comulgando, nunca mejor dicho, con ruedas de molino. O lo que acaso sea peor, ir de rebajas.

Decía John S. Bell que quien entiende la mecánica cuántica, no la entiende. Pues aquí podríamos decir casi lo mismo: el que acepta el credo cristiano como quien no quiere la cosa —quien no se escandaliza ante la proclamación de Dios como crucificado— no comprende de qué va el asunto cristiano. Y el cristianismo va de la redención, no de la satisfacción que podemos alcanzar contribuyendo a un mundo mejor (aunque la redención nos obligue, sin duda, a seguir dándole al mazo). Pues el compromiso moral y político con los que sufren la injusticia de este mundo, tarde o temprano, topa con el muro de Getsemaní. El cristianismo, sencillamente, nos habla de lo que acontece después. Y lo que acontece después está lejos de ser creíble.

de la genealogía

febrero 11, 2020 § 1 comentario

Lo que el hombre no tolera no es el sufrimiento, sino la falta de explicación del sufrimiento.

F. Nietzsche

maneras de decir

febrero 10, 2020 § Deja un comentario

Según Hannah Arendt, los Eichmann fueron posibles porque no supieron pensar. Traducción: porque no llegaron a caer en la cuenta de que la vida es un milagro —y por eso mismo intocable—. Sencillamente, Eichmann no fue capaz de asombrarse. Antiguamente, hubieran dicho que la vida es sagrada porque es un don de Dios —o siendo más monoteístas, porque nos ha sido dada por la des-aparición de Dios—. En este sentido, la existencia sería un testamento, casi en el sentido forense de la expresión. ¿Estamos hablando de lo mismo, pero en otros términos? Eso parece. Sin embargo, es posible que, al depender de marcos de referencia distintos, no estemos estrictamente hablando de lo mismo.

extraño rezo

febrero 9, 2020 § Deja un comentario

¿Qué hace el creyente cuando reza? ¿Quién reza en el que reza? ¿Aún el niño? La oración no es exactamente superstición. El que lleva un escapulario encima para alejar a los malos espíritus que se imagina pululando a su alrededor no es el mismo sujeto que el que se dirige a Dios en la soledad de la habitación o la celda monástica. El Dios de la oración más espontánea, algo así como una variante del ángel de la guarda, no llega a la conciencia como pueda llegar la representación de los espíritus de la imaginación supersticiosa. Estos todavía son demasiado tangibles como para entrar hasta el fondo. En cambio, el Dios de la plegaria arraiga en el corazón. Se trata de un asunto íntimo. Quizá demasiado. En el primer caso, estamos ante una suposición. En el segundo, ante un punto de partida.

Ahora bien, el corazón, para quien ha aprendido a sospechar de sí mismo, es zona pantanosa. De ahí que hoy en día muchos crean que la contemplación debería sustituir a la invocación. Sin embargo, dejando a un lado las ambigüedades del corazón, el principio de la invocación creyente no es el que necesita concebir a un padre espectral de su parte, sino el de haber sido invocado por un Dios que llora con los que lloran. En este sentido, la oración tiene mucho de respuesta. Heme aquí —qué quieres que haga—. Aunque para llegar a este punto sea necesario volver a la posición del niño —y esto no es posible sin pasar por Getsemaní—. No es casual que Kierkegaard dijera que de lo que se trata es de alcanzar una segunda ingenuidad, precisamente, la del huérfano que confía, contra toda evidencia, en que papá volverá al hogar. Y lo que confiesa el cristianismo es que papá regresa con la fe de ese huérfano. Papá siempre vuelve a casa por Navidad.

C. R.

febrero 8, 2020 § Deja un comentario

¿Qué victorias / busca el que ama?

Claudio Rodríguez

apocalipsis

febrero 7, 2020 § 1 comentario

Como es sabido, la palabra apocalipsis significa tanto revelación como tiempos finales. Aquí la ambivalencia no es casual. Pues nos da a entender que nada se nos revelará donde sigamos confiando en nuestra posibilidad —donde creamos que la fuerza nos acompaña—. Por lo común, damos por sentado que uno puede creer en la proclamación cristiana desde cualquier momento o situación. Pero no es así. Mientras los cielos no se derrumben, no es que simplemente seamos incapaces de confesar que el sí o el no de nuestro estar en el mundo se decide ante un crucificado, sino que no llegaremos ni siquiera a comprenderlo. De hecho, nos parecerá que no hay para tanto, por no decir un absurdo. Ciertamente, no todos los que creen han sobrevivido a la catástrofe. Pero un fe honesta, cuando menos, ha de ver el mundo desde la óptica de los que volvieron con vida de la muerte. De ahí que la fe del cristiano de a pie sea la fe de quienes regresaron, precisamente, con fe. De no ser así, no creerá, sino que, en cualquier caso, creerá que cree. Y no es exactamente lo mismo.

sobre el pan de cada día

febrero 6, 2020 § Deja un comentario

Óscar Romero la noche antes de morir a balazos, seguía sin sentir a Dios. Sin embargo, permaneció fiel. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado dando el pan de cada día a quienes apenas podían esperarlo. Alguién podría decir que su fidelidad tuvo mucho de inercia. Y, sin duda, algo de esto hay. Pero sería solo inercia, si no hubiera nadie a quien responder —y ante quien responder—. La verdad —sobre todo, la verdad de Dios— no se decide en el corazón del creyente, sino en el de los deshumanizados por el hambre. El último latido del mártir es, ciertamente, el de un corazón de carne. Pero solo porque su viejo corazón, ya seco, fue restaurado a pedazos. Sencillamente, dejó de ser su corazón. Late porque late el de aquellos que claman por el pan de cada día. Este y no otro es el non plus ultra de la existencia. El resto queda en manos de un Dios que a duras penas podemos imaginar. Esto es, lo que haya más allá, si lo hubiera, no puede declinarse en los términos de un saber.

En este sentido, acaso el judaísmo sea más lúcido que la religión del corazón. De ahí que el cristianismo, sobre todo actualmente, riegue fuera de tiesto donde acentúa la importancia de lo sentimental. Como si la experiencia de Dios no tuviera nada que ver con Getsemaní.

una síntesis de la dogmática cristológica

febrero 5, 2020 § Deja un comentario

Dios llega a ser el que es en tanto que desaparece —y desaparece como el dios de la religión— en su hacerse presente en un crucificado. Esto es lo que significa la Encarnación —y en definitiva la revelación—: que Dios no tiene otro rostro que el de aquel que cuelga de una cruz. El crucificado es, sencillamente, el quien de Dios —aquel con quien Dios se identifica—. Pero porque no hay identificación que no presuponga una distancia interior —un poder decir yo soy ese otro—, Dios en sí —estrictamente, el Padre— difiere eternamente de aquel condenado en el que se reconoció (aunque, también por eso mismo, Dios no sea aún nadie con anterioridad a dicho reconocimiento). Dios no tiene otro quien—otro modo de ser— que el de aquel que murió entregándose a Dios como un abandonado de Dios. Pero al igual que el crucificado no tiene otro yo que el de la voz que clama por el hombre desde un pasado absoluto, anterior a los tiempos. En este sentido, Jesús es el rostro de Dios porque estuvo en cuerpo y alma sujeto a dicho clamor.

De hecho, nadie deviene un sujeto —un yo— sin estar sujeto al mandato que, procediendo de la exterioridad, decide el sí o el no de su estar en el mundo. Nadie llega a ser para sí mismo si no sabe quién es su padre. Eres lo que padre quiere que seas. La cuestión es quién es tu verdadero padre —quién quiere lo mejor de ti, al fin y al cabo, tu lúcida bondad—. Nos equivocamos cuando creemos que nuestro padre es la gente —o por decirlo en bíblico, el mundo—. Pues todo éxito es un malentendido. En cualquier caso, ningún padre llega a ejercer como tal si no es a través de la fe incondicional del hijo.

meditaciones cartesianas 17

febrero 4, 2020 § Deja un comentario

En Dios, por defecto, coinciden esencia y existencia: su modo de ser —su esencia— consiste, precisamente, en su existencia. Por decirlo en breve, Dios es el que es. No es el caso del resto de los entes: la esencia de una foca —la idea de lo que una foca es— no implica necesariamente que hayan focas. Las focas, bajo el presupuesto de la duda radical, podrían estar solo en mi mente. La esencia de las cosas que, suponemos, hay en el mundo, tan solo constituyen su posibilidad. El que existan no se desprende de su definición. Como sabemos, esto es lo que hay detrás de la primera demostración sobre la existencia de Dios que encontramos en las Meditaciones. Sin embargo, algo parecido podríamos decir del cogito: el es su consciencia de sí mismo, de su propia existencia… mientras siga pensando. La operación de Descartes coloca al cogito en la posición de Dios. Ahora bien, solo en lo que respecta a la posibilidad de un saber, no en lo relativo al ser. El yo es primero en el orden del conocimiento, pero no en el orden de lo real. Y esto es así debido, precisamente, a la finitud del cogito. Pues la conciencia de la propia limitación, en este caso temporal, exige un afuera —un eterno y previo haber—. No hay conciencia del límite que no implique lo que queda más allá de ese límite como su condición de posibilidad, aun cuando este más allá sea el del vacío —el de un simple hay—.

Ahora bien, la primacía epistemológica del cogito tiende a concretarse como primacía real u ontológica una vez el yo comprende que el afuera es el resultado de la negación de sí que constituye, precisamente, la subjetividad. Pues el yo nace para sí mismo cuando dice de sí mismo no soy el que empíricamente soy —o en clave más psicológica, no termino de ser en mi particular modo de ser—. Y esto en nombre de un deber ser incondicional, el que, de hecho, soy. De ahí que el originario no soy genere, a través del poder de lo negativo como diría Hegel, el puro haber. Es como si lo previo fuese constituido por lo posterior, o mejor dicho, como si la positividad (y anterioridad) de lo real-exterior fuese el producto del factum constituyente de la conciencia de sí. Este es el paso que darán, como sabemos, Schelling, Fichte y Hegel. Con el idealismo alemán el Yo ocupa definitivamente el lugar de Dios.

Por consiguiente, acaso el único modo de salir de la primacía del Yo, no solo epistemológica, sino también ontológica, sea a la manera de Hume, esto es, mostrando el carácter ficticio del Yo. Aquí la clave consiste en detectar el paso en falso que da Descartes a la hora de certificar el cogito como principio y fundamento del saber. Y es que, desde el rigor de una sospecha hiperbólica, Descartes no podría ni siquiera estar seguro de que exite como sustancia pensante. Pues si el Yo es lo que permanece inmutable por debajo del flujo de los pensamientos —si el Yo es la sustancia que soportándolos les confiere unidad, pues lo que los diferentes pensamientos tienen en común es, precisamente, que son míos—, entonces el Yo tiene que poder fiarse de su memoria: debe poder decirse a sí mismo que sigue siendo el mismo que hace un momento. Y esto, para quien se encuentra sometido al dictamen de la duda radical, es mucho fiar. Podría darse el caso de que lo que recuerdo de mí no fuera mucho más que un espejismo, una suposición. Estrictamente, el cogito solo puede asegurar su existencia durante el instante en que afirma que existe. Pero —y he aquí el problema— el instante no dura. Y si no hay duración, no cabe un Yo que permanezca inmutable como el soporte de unos pensamientos que fluyen en el tiempo. La certeza de sí como certeza apodíctica tiene los pies de barro. Como dijera Hume, la idea de un Yo no deja de ser un constructo, el resultado de aquella operación mental que, a través de la memoria, construye por asociación o integración la ficción de la sustancia.

Ciertamente, la solución de Hume al problema del estatuto ontológico de la conciencia —su respuesta a la pregunta qué es un yo— no se se halla exenta de dificultades. Pues, cuando menos, aun cuando el Yo fuera el resultado de una operación que la mente lleva a cabo por su cuenta y riesgo, como quien dice, siempre podemos preguntarnos si acaso, una vez producido, el Yo no es más que un constructo mental. Puede que, a pesar de su carácter derivado, sea algo más. El empirismo no puede admitir, si permanece fiel a sus presupuestos, este algo más. O cuando menos, que podamos saber si efectivamente es algo más. En este sentido, no es casual que el empirismo acabe abrazando el escepticismo: no hay razones que nos permitan superar el horizonte de la creencia, de lo que nos parece que es. Así, decimos que hay cosas. Pero, estrictamente, deberíamos decir que suponemos que las hay.

Con todo, y volviendo a la cuestión de la naturaleza del Yo, algo de razón tenía Descartes cuando dijo que la certeza de sí se impone con claridad y distinción, esto es, con independencia de las condiciones empíricas que acaso la hicieron posible. O por decirlo de otro modo, el Yo, una vez constituido —si es que fuera el resultado de una proceso constituyente—, puede poner bajo sospecha sus condiciones de posibilidad —puede *enfrentarse* a ellas, verlas desde fuera—. El Yo es una seta —una seta para sí mismo—. En este sentido, es algo más que las condiciones empíricas que lo hicieron posible. De ahí que el Yo siempre difiera del aspecto o modo de ser con el que, no obstante, se identifica —en el caso del cogito, de sus pensamientos. O por eso mismo. Porque se identifica tiene que, precisamente, diferenciarse. Así, este algo más se da en la forma de un continuo diferir y, consecuentemente, como temporalidad. La entidad del Yo no es la del ente, sino la del acto por la que un Yo llega a ser consciente de su distancia interior. El Yo siempre retrocede con respecto a sí mismo. Por eso, cabe decir que, en cuanto tal, se encuentra fuera del mundo. Y por eso también se da a sí mismo, como decíamos antes, en el modo de lo negativo: no soy el que soy. O también: no termino de ser en lo que concretamente soy. En consecuencia, y al margen de las exigencias de la duda radical, es posible afirmar que después de nacer para sí mismo, el yo de carne y hueso no puede evitar la pregunta acerca de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar al margen de lo que nos parece que es—.

Esta negatividad —esta diferenciación interna— o se revela en relación con el flujo de las representaciones de la conciencia, esto es, en el interior de la duda metódica; o principalmente con respecto al cuerpo. Ahora bien, lo primero no es posible sin caer en la aporía, como hemos visto a propósito de la crítica de Hume. Por tanto, la cuestión del Yo —en qué consiste ser para uno mismo— no puede plantearse si no es con respecto a la corporalidad. No es anecdótico que la fenomenología, desde Husserl hasta Claudio Romano, parta del cuerpo. Como si para continuar con Descartes, antes hubiera sido necesario pasar por Hume. Como tampoco lo es que para la fenomenología actual, sobre todo en el campo francés, la cuestión del Yo sea indisociable de la cuestión de Dios o, si se prefiere, del enteramente otro. Pues la pregunta última a la que debe enfrentarse la conciencia de uno mismo es si efectivamente hay alteridad. O mejor dicho, en qué sentido podemos decir que la hay. Pues es obvio, o debería serlo, que lo que hay no puede darse en el modo del ente, sino en cualquier caso como lo que inevitablemente se pierde de vista en su aparecer como ente. Cuando menos, porque este aparecer solo puede darse en relación con las condiciones a priori de la receptividad —en relación con los esquemas, en el fondo racionales, de un sujeto—. Cuanto no encaja no aparece y, por eso mismo, no se da como cosa. Pero, por eso mismo, la cosa cae bajo el horizonte de lo que nos parece que es. O en términos de Kant, no es más que fenómeno. La cosa en sí, en su carácter de algo absolutamente otro, es lo propiamente real. Pero se trata de una realidad que no puede determinarse como cosa, ni por supuesto como mundo. Estamos ante la pura exterioridad. Por eso mismo, hay más allá. Aunque no se más, aunque tampoco menos, que un simple hay. Como si la negatividad —el vacío— del puro haber fuese el contrapunto de la negatividad del Yo. De hecho, el paso que dará Hegel será el de pensar esa exterioridad como retroceso de un Yo absoluto. Pero este es otro asunto.

Pol Pot y el fantasma

febrero 3, 2020 § 1 comentario

Una superviviente de los campos de Pol Pot, cuyo nombre no recuerdo, contó en una entrevista que, desesperada por el hambre, llegó a arrancar de la boca de su hija el trozo de manzana que esta había encontrado por azar. Su hija murió poco después. Jamás pudo desprenderse del sentimiento de culpa. Aquí la explicación resulta insuficiente. Ciertamente, podríamos decir que no era ella —que actuó como lo hubiera hecho una bestia—. Pero esto es, precisamente, lo que una madre no puede decirse a sí misma. Aun cuando, de hecho, sea verdad. Su culpa es, sencillamente, irreparable.

Imaginemos que se le apareciese el espectro de su hija. ¿Acaso se atrevería a decirle que se comportó como un animal porque no tuvo más remedio? Difícilmente. Aquello que explica su conducta en modo alguno la justifica ante su hija. Pues no debió hacer lo que hizo aun cuando, bajo el peso de la circunstancia, se viera inevitablemente empujada a hacerlo. O el deber ante el otro es incondicional o no es un deber en absoluto. Ante el espectro de su hija, la madre no puede hacer más que implorar su perdón. E implorar el perdón no es lo mismo que ofrecer una disculpa. Como si únicamente ese perdón pudiera redimirla de su inhumanidad. Solo ante su hija —de hecho, ante su espectro— esa madre puede hallarse justificada, esto es, encontrarse en el justo lugar. Es por el fantasma de nuestras víctimas —por su acusación— que nos convertimos en sujetos morales, en aquellos que le deben una respuesta a quienes murieron antes tiempo por nosotros. Es frente al fantasma que dejamos de ser simples bolas de billar. Pues acaso el fantasma —el enteramente otro o inalcanzable— sea lo más real de nuestra existencia. Únicamente la imputación del fantasma nos libera de nuestra mismidad, al fin y al cabo, de nuestra condición de mónadas.

en suspensión

febrero 2, 2020 § 1 comentario

No basta con decir. Es necesario, también, seguir diciendo. Pues, sobre todo con las grandes palabras, nunca acabamos de saber de qué estamos hablando. Dicen demasiado. Así, cada uno entiende lo que quiere. Por ejemplo, Lipovetsky sostiene lo siguiente en El País: si creemos que los ordenadores y las tabletas van a arreglar todos los problemas, estamos en un grave error. El profesor es imprescindible. De acuerdo. Nadie se atrevería a negarlo. A lo sumo, añadiría algún matiz. Así, tanto quienes son conscientes de la importancia de la clase magistral como quienes creen que deberíamos dejarla atrás defenderán la importancia del profesor. Pero es obvio que no están hablando de lo mismo. De ahí que, tarde o temprano, alguien se pregunte de qué estamos hablando. Pero no se le dará mucha cancha. La reflexión siempre fue un asunto privado —o de unos pocos—. El espacio público solo admite trazos gruesos. En él gana quien tiene más poder de seducción. No sea que al final nos demos cuenta de que no hay nada que decir.

bajar la mirada

febrero 1, 2020 § Deja un comentario

A los prisioneros de Auschwitz les estaba vedado mirar a los ojos de los SS. Tenían que bajar la mirada, mantener la distancia. De este modo, los SS se convirtieron en dioses para la mayoría de los condenados. Nadie sale con vida tras ver el rostro de un Dios. Pues un Dios es aquel capaz de destruirte. Y mirar a los ojos es, en gran medida, desafiar. Siempre hay quien deja de mirar primero. No es posible mantener la mirada del otro sin terminar abrazándolo (o matándolo). Por lo común, la cosa acaba en tregua, esto es, llegando a un cierto trato. Bajo sus condiciones, preservamos la distancia de seguridad. Preferimos la certeza de las mónadas que dar el salto.

El hombre, sin embargo, no es un Dios. Tan solo puede simularlo. Y lo simula con la prohibición. Ocurre aquí lo que con la fuente de Duchamp. Lo sagrado —la fuente del poder— es, por defecto, intocable. Pero donde ya no hay nada sagrado, todo puede ser sacralizado si media la interdicción de tocar. En un museo, incluso un urinario queda impregnado con el aura del más allá. De ahí que sea tan desconcertante que Jacob saliera con vida después de enfrentarse al ángel de YWHW. Como también que la mirada de Dios sea, según el cristianismo, la de aquel que implora que lo descuelguen de su cruz. Es evidente que no estamos hablando del mismo Dios.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para febrero, 2020 en la modificación.