en suspensión

febrero 2, 2020 § 1 comentario

No basta con decir. Es necesario, también, seguir diciendo. Pues, sobre todo con las grandes palabras, nunca acabamos de saber de qué estamos hablando. Dicen demasiado. Así, cada uno entiende lo que quiere. Por ejemplo, Lipovetsky sostiene lo siguiente en El País: si creemos que los ordenadores y las tabletas van a arreglar todos los problemas, estamos en un grave error. El profesor es imprescindible. De acuerdo. Nadie se atrevería a negarlo. A lo sumo, añadiría algún matiz. Así, tanto quienes son conscientes de la importancia de la clase magistral como quienes creen que deberíamos dejarla atrás defenderán la importancia del profesor. Pero es obvio que no están hablando de lo mismo. De ahí que, tarde o temprano, alguien se pregunte de qué estamos hablando. Pero no se le dará mucha cancha. La reflexión siempre fue un asunto privado —o de unos pocos—. El espacio público solo admite trazos gruesos. En él gana quien tiene más poder de seducción. No sea que al final nos demos cuenta de que no hay nada que decir.

¿Dónde estoy?

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