Pol Pot y el fantasma

febrero 3, 2020 § 1 comentario

Una superviviente de los campos de Pol Pot, cuyo nombre no recuerdo, contó en una entrevista que, desesperada por el hambre, llegó a arrancar de la boca de su hija el trozo de manzana que esta había encontrado por azar. Su hija murió poco después. Jamás pudo desprenderse del sentimiento de culpa. Aquí la explicación resulta insuficiente. Ciertamente, podríamos decir que no era ella —que actuó como lo hubiera hecho una bestia—. Pero esto es, precisamente, lo que una madre no puede decirse a sí misma. Aun cuando, de hecho, sea verdad. Su culpa es, sencillamente, irreparable.

Imaginemos que se le apareciese el espectro de su hija. ¿Acaso se atrevería a decirle que se comportó como un animal porque no tuvo más remedio? Difícilmente. Aquello que explica su conducta en modo alguno la justifica ante su hija. Pues no debió hacer lo que hizo aun cuando, bajo el peso de la circunstancia, se viera inevitablemente empujada a hacerlo. O el deber ante el otro es incondicional o no es un deber en absoluto. Ante el espectro de su hija, la madre no puede hacer más que implorar su perdón. E implorar el perdón no es lo mismo que ofrecer una disculpa. Como si únicamente ese perdón pudiera redimirla de su inhumanidad. Solo ante su hija —de hecho, ante su espectro— esa madre puede hallarse justificada, esto es, encontrarse en el justo lugar. Es por el fantasma de nuestras víctimas —por su acusación— que nos convertimos en sujetos morales, en aquellos que le deben una respuesta a quienes murieron antes tiempo por nosotros. Es frente al fantasma que dejamos de ser simples bolas de billar. Pues acaso el fantasma —el enteramente otro o inalcanzable— sea lo más real de nuestra existencia. Únicamente la imputación del fantasma nos libera de nuestra mismidad, al fin y al cabo, de nuestra condición de mónadas.

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