una síntesis de la dogmática cristológica

febrero 5, 2020 § Deja un comentario

Dios llega a ser el que es en tanto que desaparece —y desaparece como el dios de la religión— en su hacerse presente en un crucificado. Esto es lo que significa la Encarnación —y en definitiva la revelación—: que Dios no tiene otro rostro que el de aquel que cuelga de una cruz. El crucificado es, sencillamente, el quien de Dios —aquel con quien Dios se identifica—. Pero porque no hay identificación que no presuponga una distancia interior —un poder decir yo soy ese otro—, Dios en sí —estrictamente, el Padre— difiere eternamente de aquel condenado en el que se reconoció (aunque, también por eso mismo, Dios no sea aún nadie con anterioridad a dicho reconocimiento). Dios no tiene otro quien—otro modo de ser— que el de aquel que murió entregándose a Dios como un abandonado de Dios. Pero al igual que el crucificado no tiene otro yo que el de la voz que clama por el hombre desde un pasado absoluto, anterior a los tiempos. En este sentido, Jesús es el rostro de Dios porque estuvo en cuerpo y alma sujeto a dicho clamor.

De hecho, nadie deviene un sujeto —un yo— sin estar sujeto al mandato que, procediendo de la exterioridad, decide el sí o el no de su estar en el mundo. Nadie llega a ser para sí mismo si no sabe quién es su padre. Eres lo que padre quiere que seas. La cuestión es quién es tu verdadero padre —quién quiere lo mejor de ti, al fin y al cabo, tu lúcida bondad—. Nos equivocamos cuando creemos que nuestro padre es la gente —o por decirlo en bíblico, el mundo—. Pues todo éxito es un malentendido. En cualquier caso, ningún padre llega a ejercer como tal si no es a través de la fe incondicional del hijo.

¿Dónde estoy?

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