sobre el pan de cada día

febrero 6, 2020 § Deja un comentario

Óscar Romero la noche antes de morir a balazos, seguía sin sentir a Dios. Sin embargo, permaneció fiel. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado dando el pan de cada día a quienes apenas podían esperarlo. Alguién podría decir que su fidelidad tuvo mucho de inercia. Y, sin duda, algo de esto hay. Pero sería solo inercia, si no hubiera nadie a quien responder —y ante quien responder—. La verdad —sobre todo, la verdad de Dios— no se decide en el corazón del creyente, sino en el de los deshumanizados por el hambre. El último latido del mártir es, ciertamente, el de un corazón de carne. Pero solo porque su viejo corazón, ya seco, fue restaurado a pedazos. Sencillamente, dejó de ser su corazón. Late porque late el de aquellos que claman por el pan de cada día. Este y no otro es el non plus ultra de la existencia. El resto queda en manos de un Dios que a duras penas podemos imaginar. Esto es, lo que haya más allá, si lo hubiera, no puede declinarse en los términos de un saber.

En este sentido, acaso el judaísmo sea más lúcido que la religión del corazón. De ahí que el cristianismo, sobre todo actualmente, riegue fuera de tiesto donde acentúa la importancia de lo sentimental. Como si la experiencia de Dios no tuviera nada que ver con Getsemaní.

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