cerrado por problemas familiares

marzo 1, 2020 § 1 comentario

Un cristiano sin cristianos corre el riesgo de disolverse como azúcar en el café. Pues difícilmente podrá resistir la presión. Todo cuanto ve y escucha no deja de intimidarlo: lo tuyo es cosa tuya. Como quien cree en Batman. Sin embargo, la solución tampoco pasa por un repliegue numantino en la comunidad de los elegidos. Cuando menos, porque confirmaría el diagnóstico, solo que sustituyendo la segunda persona del singular por la del plural: lo vuestro es vuestra fantasía. El cristianismo, diría, únicamente sobrevivirá epistemológicamente si se atreve a entrar en la cancha pública con un discurso fuerte —que no talibán— que se atreva a enfrentarse con aquellos presupuestos de la modernidad que cuestionan de raíz, no ya la existencia de Dios, sino el significado mismo de la palabra Dios. Y esto supone no solo preguntarse de qué —o de quién— hablamos cuando hablamos de Dios, sino también, y quizá sobre todo, del hombre. Pues lo que está en juego en última instancia es cómo se comprende el hombre a sí mismo —como da cuenta de su estar en el mundo o, mejor dicho, en un mundo sin piedad. Ahora bien, para ello hace falta fe. Mucha fe. Por no hablar de unas cuantas dosis de lucidez. Aunque de darse estas condiciones, probablemente los primeros en oponerse no serán los Richard Dawkins o los Christopher Hitchens, sino los que ya se sienten satisfechos con su creencia en Dios.

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