de los ciegos que esperan

marzo 2, 2020 § Deja un comentario

La pregunta no es si es verdad que la muerte no tendrá la última palabra, sino quién es capaz de sostenerlo. O mejor dicho, desde qué lugar. No es lo mismo declarar que, al final, triunfará la bondad donde el enemigo solo aparece en los telediarios que proclamarlo en medio del infierno. No es lo mismo que lo diga el burgués que aquel que está siendo torturado, la madre que ve cómo ahorcan a sus hijos, el que está a punto de entrar en las cámaras de gas. En el primer caso, se trata de una suposición tranquilizante —y, por eso mismo, bajo sospecha. En cambio, en el segundo, de una palabra encarnada. Bíblicamente, la verdad siempre fue un asunto corporal.

Ahora bien, para entenderlo hay que ponerse en situación, imaginar que uno siente hasta los huesos la impotencia ante el verdugo —ante los heraldos de Satán. En ese no-lugar, difícilmente vamos a suponer algo. Más bien, constataremos la victoria del No. Hace falta mucho espíritu para creer que el amor es más fuerte que la muerte; que quien te clava en una cruz ignora lo que está haciendo. De hecho, en ninguna otra situación se da el entrelazamiento entre fe, mandato y esperanza. Pues la víctima que espera que la bondad prevalezca no lo espera como quien tiene el presentimiento de que mañana lloverá. Aquí no hay presentimiento que valga. Más bien un debe ser así… aunque no pueda concebirlo. Y ello en nombre de la bendición que recibimos aun antes de nacer. El creyente lleva dicha bendición incrustada en la piel. Aun cuando no sepa cómo ni por qué.

¿Dónde estoy?

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