fe y política

marzo 10, 2020 § Deja un comentario

En las sociedades fuertemente jerarquizadas, esto de creer en Dios era, antes que una alternativa, una posición corporal. Se dependía de Dios como el siervo dependía de su amo. La analogía entis —ese invento del diablo según el primer Barth— se vivía a flor de piel. El hombre podía arrodillarse ante Dios porque con anterioridad se arrodilló frente al emperador. El hecho de hallarse bajo un poder absoluto en modo alguno fue una suposición del viejo creyente: fue un dato de la experiencia. Antes que un recurso teológico, la analogía fue una emoción elemental. Evidentemente, no es nuestro caso. La Iglesia sabía lo que hacia cuando, en un primer momento, condenó la deriva democrática de las sociedades modernas. Por no hablar del comunismo. Y ello a pesar de que la igualdad entre los hombres fue antes una exigencia cristiana que política. Como si la realización política del ideal cristiano —lo que, sin embargo, no significa la realización del Reino— fuese incompatible con el sentimiento religioso y, en definitiva, con la cristiandad. No es casual que, en los tiempos modernos, la estrategia cristiana consista en hacer de la fe a un asunto interno. Pero una fe demasiado interior termina disolviéndose en las aguas pantanosas de una espiritualidad onanista. Aunque al igual que una Iglesia que persista en restaurar la cristiandad termina haciendo de la fe cristiana una variante del paganismo. Cuando menos, porque el presupuesto del paganismo es un dios cuya esencia o modo de ser está determinado de antemano, al margen de la fe del hombre. Sencillamente, un Dios que se dé por descontado no puede ser verdadero. Al fin y al cabo, Dios no tiene otro rostro que el del hambriento —que el de aquel que clama por un Dios que no parece que esté por la labor. 

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