setenta veces siete

marzo 18, 2020 § 1 comentario

¿Cuantas veces he de perdonar a quien me daña u ofende?, le pregunta Pedro a Jesús (Mt 18, 21-35). Tras decir aquello del setenta veces siete, Jesús le responde con una parábola apocalíptica. Trata de un siervo que, a pesar de que su amo le hubiera condonado la deuda que mantenía con él, es incapaz de perdonársela a otro de los siervos. Sorprende la crueldad final del amo que representa a Dios en la parábola: y entonces el amo, enojado, se lo entregó a los verdugos. Lo mismo hará el Padre con vosotros si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos sus ofensas. Como si no cuadrara con un Dios misericordioso. ¿Se trata de perdonar por miedo al castigo? Quizá. Esta sería, ciertamente, la lectura religiosa —la lectura habitual o más espontánea: Dios arriba y los hombres abajo. Y de ahí a escandalizarse de quien cree en ese Dios media un paso —un paso que fácilmente damos hoy en día. Pero la cosa cambia, cuando leemos los evangelios desde la perspectiva del pobre —de aquel con quien Dios se identifica o incorpora. Pues es como si se nos dijera que quien pisotea al que no tiene pan que llevarse a la boca se aparta de Dios. Sencillamente, quien aplasta a los pobres, aplasta a Dios. Tampoco puede ser distinto, si el pobre es el Señor. Sin embargo, la clave de la parábola reside en que el perdón nos fue dado de antemano. Los evangelios deben leerse desde la clave hermenéutica de la cruz. Y lo que encontramos en la cruz es a un abandonado de Dios que perdona a sus carniceros. Así, no es que debamos perdonar por miedo al castigo paterno —aquí el Padre seguiría siendo una figura de la conciencia, un ídolo—, sino como respuesta a un perdón inmerecido. Nos equivocaríamos si creyéramos que no hay juicio —que no debemos responder ante nadie. Al fin y al cabo, nos obliga en mayor medida el perdón de una madre que la ira del padre. Pero, salvo que estemos hundidos en la podredumbre moral, lo común es dar por sentado que no hay para tanto —que no necesitamos un redentor. Y puede que este sea el último porqué de nuestra actual dificultad con el kerigma cristiano.

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