desenmascarar a la banca

marzo 22, 2020 § Deja un comentario

Si el dinero es deuda —y hoy en día, lo es—, entonces la deuda tiene que saldarse para que, sencillamente, el dinero no se volatilice. O por decirlo en plata, para que la gente de un día para otro no se encuentren con las cuentas corrientes vacías. Esto es lo que aún no ha entendido la izquierda, cuyos esquemas mentales siguen anclados en el marxismo o, de haberse renovado, en las luchas culturales. La izquierda aún no comprende que un depósito bancario no es dinero en la caja fuerte, sino una inversión. Literalmente. Y en una inversión, el retorno puede ser cero (y esto es lo que ocurre, grosso modo, cuando una banco quiebra). Por tanto, la izquierda haría bien en entender que, en las crisis financieras, no se trató de salvar a los banqueros, sino de salvar nuestro dinero.

Ciertamente, a la banca ya le va bien (y en este sentido, podríamos decir que el Estado es rehén de la banca). Es como si los bancos jugaran en un casino que les permitiese quedarse con las ganancias y, por contra, transferir las pérdidas a la sociedad (vía rescate). Injusto, sin duda. Pero es lo que tiene que el dinero haya pasado a ser un apunte contable —que los medios de cambio se creen concediendo créditos. Esta —y no la plusvalía— es la verdadera raíz de la injusticia hoy en día. La creciente desigualdad nace de que no todos acceden a la vez al dinero fresco, el que emiten los bancos centrales al comprar, a través principalmente de la banca, los títulos de deuda pública con la que se financian actualmente los Estados. Y es que quien accede en primer lugar al dinero fresco puede comprar activos —desde fincas hasta productos financieros— cuando aún están baratos. Pues la inyección de dinero hará que de dichos activos suban de precio. Una jugada redonda… hasta que el castillo de naipes se desmorona.

De ahí que la solución pase por que la creación del dinero no esté en manos de la banca; que los depósitos de la gente estén en el Banco Central. Es lo que defienden algunos de los economistas más lúcidos en estos momentos (y que no son, precisamente, de izquierdas, como Joseph Huber o Michael Kumhof). La banca podría dedicarse transparentemente a lo que se dedican hoy en día los fondos de inversión y sus variantes. De momento, ofrecen productos de riesgo haciéndonos creer que simplemente los depositamos en una caja fuerte. Aun cuando no ignoremos que aprovechan nuestros depósitos para conceder créditos, seguimos ignorando cómo lo hacen y qué implica. La izquierda, por tanto, tiene el deber de desenmascarar a la banca. Y esto supone ir más allá de la subida de impuestos o de la demagogia que consiste en demonizar a los banqueros —o en gritar con el megáfono en mano que la deuda injusta no se paga. No hay deuda injusta, sino en cualquier caso, un uso injusto de la deuda. Por no decir que un banquero puede ser ambicioso o perverso —como también buena gente—, pero que la perversión reside en el sistema. Hoy en día, como siempre, el poder reside en quien tiene el poder de crear dinero. Y actualmente dicho poder reside en la banca.

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