ser juzgado

abril 30, 2020 § Deja un comentario

El sentimiento de inferioridad tan típico de la infancia es el resultado de hallarnos bajo el juicio del Padre: tú no eres —ni serás— como él. ¿Como te liberas? Quizá no matando al Padre, como diría Freud. No, desmitificándolo. En esa lucha uno tiene las de perder. Un Padre es inasible. Siempre fue nuestro fantasma. Más bien, la liberación sucede cuando cambiamos de Padre. Y lo mejor es adherirse a uno para el que no haya juicio. Todo fluye. El problema surge cuando el que dejamos atrás es el verdadero. Y la verdad tiene que ver, no ya con nuestras suposiciones, sino con lo que reclama el non plus ultra de la existencia. Esto es, con la posición que tomamos ante la muerte, el sufrimiento, la injusticia, el don.

Nietzsche y la fuente judía

abril 28, 2020 § Deja un comentario

La muerte de Dios anunciada por Nietzsche con entusiasmo profético no niega, si lo pensamos bien, la posibilidad de un ser superior. Pues haberlo, puede haberlo. Lo que niega es que que se trate de un padre. Sencillamente, el que nos juzga desde arriba —el que dota de valor al evaluarnos— es tan poca cosa como aquel al que juzga. Como si quien nos juzgara no fuera más que un niño que juega a juzgarnos. Aunque nos parezca un dios —o él mismo se crea un dios. No hay Nabucodonosor que no tenga los pies de barro. Nietzsche era consciente de que su operación destructiva ya la hicieron antes los profetas de Israel. Pues fueron ellos los primeros en denunciar a los dioses como dioses en falso. Sin embargo, al rechazar la trascendencia de lo que entendemos espontáneamente por divino, salvaron a Dios de caer en la irrelevancia del dato. Dios es más Dios cuando su invisibilidad responde a su eterno porvenir —cuando amenaza con una aparición inviable; cuando lo que se da por descontado, no es su presencia, sino su ausencia. En este sentido, Dios se revelaría como el límite asintótico de la existencia. De ahí que negar que haya Dios equivalga a proclamar el eterno retorno de lo mismo. Esto es, nada nuevo puede haber bajo el Sol, nada en verdad otro —nada o nadie irreductiblemente extraño. Puede que a Nietzsche le faltara una pizca de perspicacia judía. Al menos, porque un Dios herido de muerte por el orgullo del hombre es más Dios que aquel que admite un trato. Y es que, si Dios es el nombre de una absoluta alteridad, entonces no hay nada más real que el Dios que perdimos de vista al nacer.

entre uno y otro

abril 27, 2020 § Deja un comentario

En la base de la experiencia religiosa, hay dos sentimientos en tensión. Por un lado, el de formar parte. Por otro, el de existir como arrancados. En el primer caso, el horizonte es el de la armonía. Se trata, en definitiva, del acorde. Su punto de partida es el asombro. Hay un único milagro: que el mundo sea. Aquí lo sobrenatural es lo más natural —no la posibilidad de un mundo de duendes. Basta con verlo o, mejor dicho, con caer en la cuenta. En el segundo, el arrancado —el judío, el cualquiera (y ¿quién no es cualquiera?)— sería una nota discordante, por seguir con la metáfora del acorde. Aquí, partimos del escándalo. Basta con tener entre tus brazos el cadáver de tu hijo tras la última operación del enemigo para poner a Dios contra las cuerdas —para que deje de ser evidente que, en el fondo, habita el espíritu de interconexión. Es posible que sea así —que lo primero fuera la paz. Sin embargo, la Creación está rota. De ahí que Dios sea el Dios que dejamos atrás —aunque, por eso mismo, también el Dios que está por regresar. Sea como sea, entre uno y otro, como narra el libro de Job, anda nuestra consustancial exposición al misterio. El riesgo es que la tensión rompa la cuerda. Y la rompemos donde despreciamos al que acentúa el polo que nosotros no tenemos tan en cuenta. Pues, como hombres y mujeres situados, no podemos evitar el acento. En cualquier caso, seguimos sin saber.

La fe, por consiguiente, no tiene nada que ver con el presupuesto del paganismo, el que da por sentado que hay entes superiores. Que los haya es irrelevante, a lo sumo un asunto técnico, cuando menos porque un ente superior tan solo exige un buen trato —un culto adecuado, una magia. No sea que se vuelva contra nosotros. De ahí que la sustitución de la vieja superstición, la que entendía los fenómenos observables, sobre todo los extraordinarios, en relación con la intervención divina, por el conocimiento objetivo de los hechos, sea, al fin y al cabo, anecdótica. En realidad, es más de lo mismo. La creencia en dioses enmascara el misterio al intentar incorporarlo. Al igual que la ciencia, al intentar poseerlo. En ambos casos, jugamos con moneda falsa.

un cristianismo de buen rollo

abril 26, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo nace al pie de una cruz —o mejor dicho, del testimonio de aquel que nos reveló que hay vida más allá de la muerte (y no precisamente la de las almas). Sin embargo, hoy en día muchos de sus pastores se entregan a promover un cristianismo buenrollista. Como si pudiéramos ahorrarnos el Gólgota. Puede que sea el síntoma de una desesperación —de que ya no sabemos por dónde ir. De ahí que los pastores, si son conscientes del tsunami secular, se centren en la espiritualidad del descubrimiento. Se trata de ver el mundo con los ojos del asombro y no con los del deseo o el propio interés  —de caer en la cuenta de que nos hallamos en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la manera de Merton. Esto está muy bien, sobre todo donde partimos del narcisismo —de una existencia reducida a consumo. Más aún, quizá sea inevitable donde de lo que se trata es de educar a niños —por no decir, a animales. Sin embargo, donde nos quedamos aquí, lo que obtendremos no será un cristianismo puesto al día, sino una variante del viejo paganismo o de la espiritualidad helenística. O lo que acaso sea peor, un nuevo narcisismo —una nueva sentimentalidad. Así, caeríamos una vez más en el cristianismo burgués que denunció Metz hace ya unos cuantos años, en un cristianismo para los (in)satisfechos, un cristianismo de supermercado.

Podemos dar por descontado que hay mas leña que la que arde. Que no lo sabemos todo. Que tan solo el misterio es real. Creer lo contrario quizá fuera un error, por no decir, una estupidez. Ahora bien, la pregunta no es si hay algo más que cuanto quepa ver y tocar, —algo más que lo que se ajusta a lo concebible—, sino si el verdugo tendrá o no la última palabra; si el No —la violencia, la injustica, la impiedad— será el non plus ultra de nuestro estar en el mundo. Pues da esta impresión. Y para ello hay que ir más allá de nuestra necesidad de colmar un vacío. La fe cristiana será lo que sea, menos naïve. Un cristianismo que pretenda evitar caer en la autoayuda debería ser consciente de que el punto de partida son las víctimas —aquellos hombres y mujeres para los que la salvación es, antes que nada, un asunto corporal. Un cristiano no ve lo que ve únicamente con los ojos del asombro, pues para este viaje no hacen falta las alforjas cristianas, sino sobre todo con los de la redención. Para el hombre de fe, la existencia no se encuentra tanto en medio de aguas que nos cubren como en el centro de un drama cósmico. La esperanza creyente no arraiga en la necesidad psicológica de un final feliz, sino en el testimonio de los que han vuelto del infierno con vida… porque les rescató una bondad imposible —una bondad que tuvo lugar donde no podía tener (el) lugar. Por eso, tarde o temprano, el que se forma en la fe tiene que topar con el testigo y preguntarle qué has visto tú que nosotros aún no hemos visto. Donde nos ahorramos al testigo, con la intención de no espantar a la parroquia, volveremos a tener un Dios a medida, esto es, un ídolo. Aunque se vista de océano. En modo alguno, al Dios que nos saca del ensimismamiento o de quicio —de los muros del hogar. Hoy en día, como siempre, la fe parte de quien tuvo fe antes que nosotros. Nadie cree por su cuenta y riesgo. Nuestra fe, de tenerla, fue antes la fe de otro. La fe es algo más que una suposición —algo más que unos valores. Es la crisis de la religión —del dios que ya nos va bien.

Desde que recuerdo, los pastores se han hecho la misma pregunta: cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Como si hubieran olvidado lo que es evidente —esto es, narrando la vida de los mártires—; como si se avergonzaran del crucificado. Hablemos de Dios: había una vez un hombre que… En realidad, la fe es una respuesta a una demanda: y tú quien dices que soy yo. Y aquí no basta con decir un ejemplo de integridad. Quizá los pastores haría bien si comenzaran confesando. De lo contrario, puede que la pastoral del buen rollo sea una excusa para enmascarar nuestra falta de fe.  

qué difícil es ser un dios

abril 25, 2020 § Deja un comentario

No sé si es una buena idea aspirar a la inmortalidad de un dios. No podríamos soportarlo. Quizá de lo que se trate es de vencer el poder que la muerte ejerce sobre nosotros. Pero no la muerte. No es casual que los griegos dijeran que los dioses envidiaban la mortalidad del hombre. Pues nada tiene valor donde no hay final —ni donde todo es posible con solo desearlo. Quizá por eso mismo los dioses terminaron no siendo nadie —pues no hay yo que sobreviva a un mundo eterno y feliz. Y por eso mismo quizá también, uno de ellos decidió hacerse hombre. Un dios solo llega a ser alguien si deja de ser un dios.

escatología

abril 24, 2020 § Deja un comentario

Estrictamente, la resurrección fue la irrupción, en el presente histórico, del futuro de Dios. O en técnico, un acontecimiento escatológico —una anticipación palpable del porvenir. No se trató, consecuentemente, de la aparición de un fantasma —de un espíritu que cruza la puerta que nos separa de los cielos. Es, por decirlo en clave profana, como si los extraterrestres que algunos creen haber visto no fueran seres de otro mundo, sino hombres y mujeres de una época futura. Como si ellos fueran capaces de viajar al pasado. De hecho, si nosotros ahora pudiéramos retroceder hasta los tiempos de Adán, difícilmente nos reconocería como a uno de los suyos. Para Adán seríamos, sencillamente, dioses. Ahora bien, que a él se lo pareciese no significa, obviamente, que lo seamos. Un dios no es un dios para sí mismo. En este sentido, los discípulos podrían haberle preguntado al resucitado si creía que era Dios en persona. Puede que se hubieran llevado alguna sorpresa (y de paso, ahorrado algún que otro galimatías conceptual).

felicitas

abril 23, 2020 § Deja un comentario

La felicidad no es estrictamente un estado de satisfacción. Tampoco lo contrario. Quizá un permanecer en la inquietud —un saber que nada importa de lo que aparentemente importa. Incluso si alcanzáramos el bienestar —incluso donde pudiéramos dar con el sentido de tot plegat—, tarde o temprano nos preguntaríamos si acaso eso es todo. Y es que no hay todo que valga para el hombre. Al fin y al cabo, puede que se trate de un ver las cosas con los ojos del asombro. Aun cuando también con los del escándalo. Pues la felicidad no cabe dentro de una burbuja. Afuera, muchos tienen frío. Y hambre.

¿Dónde estoy?

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