el Papa

abril 5, 2020 § Deja un comentario

Las palabras que Francisco dirigió el otro día a los que sufrían las peores consecuencias de la crisis —los ancianos, los que no tienen hogar, los que se quedaron sin trabajo…— son, ciertamente, consoladoras: hoy más que nunca, se nos urge a la creatividad del amor, a un gesto de caridad, a admitir que solos estamos condenados…   La pregunta es para quién. Quizá deberíamos preguntárselo a los ancianos, a los homeless, a los que, cuando se les acaben los ahorros, si los tienen, no podrán alimentar a sus hijos. Sin embargo, es posible que estos ni siquiera sepan que el Papa les dedicó unas palabras de aliento. En cualquier caso, quien ve cómo a sus hijos se les hincha el vientre porque no tienen el pan de cada día ¿podrá tomarse en serio que Dios está con él? ¿Se trata de una broma? Es difícil no verlo así, sobre todo si quien se lo dice tiene el vientre hinchado por haber comido de más. La sospecha es que acaso resulten consoladoras para quienes, de hecho, las hemos podido escuchar: los que tenemos mala conciencia por estar en la zona de seguridad. Al menos, podremos decirnos a nosotros mismos que hay una solución que no pasa por renunciar a nuestro bienestar —que es suficiente con unas cuantas dosis de ternura. Es como si, ante un drama, se nos anticipara que habrá un final feliz en el que cada uno seguirá en su casa y Dios en la de todos. El problema es técnico —y por eso el discurso de Francisco provoca la indiferencia, ya que no la perplejidad, de los técnicos: de acuerdo; pero ¿hay que lanzar los eurobonos, o saldremos del paso con una nueva titulación de la deuda pública?; ¿quién en definitiva soportará el coste de la depresión que, según indicios, se avecina? La máquina se averió. Y aquí el amor no basta. A menos que la máquina esté definitivamente estropeada. El parche, de haberlo, tan solo nos permitirá avanzar unos pocos metros. El mensaje de Francisco —el mensaje cristiano— solo es, cuando menos, inteligible desde la perspectiva de un hasta aquí hemos llegado. Y esto es difícil de creer mientras los hombres sigamos confiando en nuestra posibilidad —mientras creamos que aún cabe chutar el balón hacia adelante. Con todo, si la convicción de que al final prevalecerá la bondad no es una ficción consoladora —aquello de que nada te turbe, nada te espante […] quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta— es porque hubo quienes estuvieron convencidos de ello en los gulags de la historia —hombres y mujeres que, no siendo más que un resto, llegaron a provocar la bondad de sus verdugos. O al menos, su contrición. La palabra de la fe solo nos alcanza como palabra encarnada. Proclamarla desde la grada solo es legítimo si apunta a quienes la pronunciaron donde no podían pronunciarla por su cuenta y riesgo. De lo contrario, no es más que una palabra que se alimenta de viento.          

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