placeres

abril 6, 2020 § Deja un comentario

Que hoy en día no podamos hablar fácilmente de la escisión entre cuerpo y alma —o, cuando menos, de lo que se pretendía expresar en estos términos— nos incapacita para un crítica del deseo. Como si cualquier deseo valiera por igual —como si diera lo mismo desear el éxito que intentar comprender de qué va todo esto. Así, para el sujeto moderno no parece que haya otro horizonte que la satisfacción. Pero no es lo mismo mirarle a los ojos a la mujer que abrazas —o mejor, ser mirado por ella— que lamer su cuerpo. No es casual que los amantes cierren los ojos en el momento del clímax. En el placer, el otro desaparece. No hay placer que no sea solitario. Con todo, no podemos permanecer demasiado tiempo ante la sinceridad de una mirada. Tarde o temprano, tendremos que sacar al perro a pasear, aunque sea con la correa (y es preferible que sea así). No es casual que los antiguos creyeran que como hombres y mujeres tan solo podemos aspirar al equilibrio. Y quien dice equilibrio, dice ambigüedad. Acaso el beso sea el signo de la tensión entre Escila y Caribdis en la que anda nuestra existencia. Pues en él se detiene el impulso a devorar. Como si con respecto a la verdad —ese eterno porvenir— tan solo pudiéramos estar en suspenso.

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