el cristianismo y la Bauhaus

abril 9, 2020 § Deja un comentario

La mujer es la vestal —la diosa. Ella nos somete con el poder de lo extraño y, a la vez, fascinante. Una mujer, en cambio, es algo más: es un no terminar de coincidir con la mujer —con el paradigma. Aquí, nunca mejor dicho, menos es más. La deformidad que constituye el sello de lo individual —al fin y al cabo, de la personalidad— es, en gran medida, una resistencia a la divinidad. La mujer, en tanto que persona, lleva encima la máscara de lo que debiera ser. Así, nos atrae su aspecto, pero de entrada no queremos saber nada de la indigencia que oculta. A la indigente solo podemos abrazarla. Pero no sin que nos invada su mal olor. Esto es, no sin desprendernos de nuestro antifaz. Obviamente, podríamos decir algo parecido del hombre con respecto a la mujer. Quizá tuviera razón Nietzsche al decirnos que un Dios que se ponga de parte del pobre. Más aún: un Dios que se identifique con él, es un Dios que en modo alguno puede ser divino. En este sentido, el Dios cristiano sería un Dios ad hoc, a la medida de aquellos que no soportan haberse quedado sin herencia. Aun así, lo que no vio Nietzsche es que el excluido es el envés de la exclusión de Dios. La muerte de Dios fue antes cristiana que nietzscheana. No hay la mujer, sino en cualquier caso mujeres de carne y hueso —como tampoco hay el hombre. No hay otro Dios que el que cuelga de una cruz. Y esto equivale a decir que no hay dios que valga como Dios. Antes que la Bauhaus, el cristianismo supo ver que, como decíamos antes, menos es más.  

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