pura sangre mesiánica

mayo 3, 2020 § Deja un comentario

Ayer vi, por segunda vez, el remake que hizo Antoine Fuqua del clásico Los 7 magníficos. Un excelente western. También un buen buddy film. El argumento es simple: hay un malo muy malo que pretende apropiarse de las tierras de unos pobres campesinos. Estos recurrirán a una especie de cazarrecompensas —un digno Denzel Washington— que llega casualmente al pueblo para llevar a cabo un trabajo. Tras resistirse en un primer momento, se dejará convencer por una mujer valiente para que les libere del opresor —busco justicia; pero acepto venganza, le dirá. El cadáver de su esposo, asesinado por el malo, aun está caliente. Muy bien. La primera parte del film consiste en reclutar a unos cuantos derrotados por la vida —un antiguo soldado de la confederación, un viejo comanchero al que ya no le quedan cabelleras que cortar, un pistolero alcohólico, un chicano en busca y captura, un indio desterrado por su tribu… Nosotros somos los gigantes que limpiamos el Mal de la tierra, serán las palabras finales del viejo —y bruto— comanchero. Todos ellos son ruinas de sí mismos. Como si su misión fuera una última oportunidad de redención. El resto uno ya se lo puede imaginar. Mito puro y duro.

De vez en cuando, hay que ver películas de este género, todas cortadas con el mismo patrón, para vivir a flor de piel lo que significa la esperanza de los desesperados. Sencillamente, Sam Chisolm, el protagonista, es el Mesías. No se sabe de dónde viene ni adónde se dirigirá tras haber instaurado el Reino. El héroe tiene que partir, desaparecer tal y como apareció. Sería ridículo que echara raíces y fundara una familia: no es de este mundo. Es un enviado. Aunque sea un hombre —y un hombre con un terrible pasado— no es como los demás. Los que no cuentan difícilmente pueden esperar otro milagro que el que realiza —y duramente— un hombre-dios que está, de manera sorprendente, de su parte. Sin embargo, también hay que ver este tipo de westerns, para caer en la cuenta de lo que sería un western cristiano. Basta con imaginar que el malo gana —que el héroe y su pandilla son, finalmente, ahorcados. Los campesinos no podrían evitar la impresión de que su héroe era un fake —esta fue, de hecho, la primera convicción de los discípulos del crucificado. Volvemos a la eterna repetición de lo mismo. Simplemente, gana el que carece de piedad. Pues bien, si en los minutos finales se añadiera una escena en la que el mesías resucita con un poder sobrehumano para poner a cada uno en su lugar ¿acaso, como espectadores, no tendríamos la sensación de que se trata de un añadido de la productora? ¿Acaso no estaríamos ante el típico final feliz que no cuadra con la historia que se nos contó, y cuyo objeto es dejar al público con un buen sabor de boca? Dicho final, ¿no sería, por eso mismo, increíble? Los críticos gafapasta probablemente se pondrían a silbar, preguntándose, de paso, qué se habrían fumado los guionistas. Ya lo dijo Pablo: si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Y esto está muy cerca de decir que la fe es un despropósito.

De ahí que el cristianismo de hoy en día haría bien en plantear de nuevo —y en serio— la cuestión sobre el significado de los relatos del resucitado. Al fin y al cabo, de qué hablamos cuando hablamos de la resurrección. Puede que la respuesta nos obligase a admitir que, aun cuando la resurrección como dato ya no pueda valer para nosotros, sí sigue valiendo lo que la resurrección reveló en su momento, a saber, que no hay otro Dios que el que se descuelga —y se descuelga porque lo descolgamos al responder a su provocación. Que solo porque hubo quienes regresaron con vida del infierno —y ofreciendo un inaceptable gesto de bondad— podemos esperar que el verdugo no pronunciará la última palabra. Aunque nos cueste creerlo —y aunque no fuera eso lo que esperábamos de buen comienzo. O por eso mismo. Ahora bien, porque dicha revelación lo forzaría a abandonar lo que se entiende espontáneamente por divino, no parece que el cristianismo esté por la labor. Demasiados años de religión sobre sus espaldas como para dar marcha atrás. Con todo, y por suerte, seguimos sin tener ni idea del porvenir. El futuro, desde los ojos la fe, siempre se declinó en imperativo, y no en los modos de una expectativa razonable.  

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