qué difícil es ser un Dios (y 2)

mayo 7, 2020 § Deja un comentario

En el fondo, anhelamos que un dios —o una diosa— aparezca en nuestras vidas. Mejor dicho, que un dios nos elija. Tan solo un ser extraordinario, se trate de un hombre o una mujer, es capaz de liberarnos de la repetición. Pero un dios no puede amarnos como dios, salvo paternalmente. No somos su igual. Y no es eso, precisamente, lo que queremos —un amor condescendiente. Quizá podamos gustarle —y, por eso mismo, creer que nos ama. Pero lo superior no puede amar lo inferior. Como decían los griegos, el amor, únicamente entre iguales. Para poder amarnos, un dios antes tiene que renunciar a su divinidad —tiene que rebajarse, humillarse, empobrecerse. Dejar de ser un dios. Sin embargo, de hacerlo, no podríamos aceptar su amor —su sacrificio. Más bien, lo despreciaríamos. Por no hablar de colgarlo de nuevo en una cruz.

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