el alien y el poeta

mayo 14, 2020 § Deja un comentario

Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego, escribió el Maestro Eckhart. Por su parte, Paul Celan añadirá, siglos después, una glosa: ciégate para siempre / también la eternidad está llena de ojos. ¿Cierto? Sin duda. Aquí hay verdad, aunque de hecho la eternidad no sea un saco repleto de glóbulos oculares. Solo como ciegos percibimos la presencia del alien —de una genuina alteridad. Pues en esto consiste la aparición: en ser vistos —o tocados— por quien no podemos ver. Nuestra mirada siempre estuvo al servicio del dominio de lo extraño. Al menos, en tanto que nos permite mantener la distancia de seguridad. No es casual que ni el tacto ni la escucha sean objetivos. Únicamente, la visión puede serlo. Como tampoco lo es que la palabra teoría proceda de la palabra theos (dios en griego). En la teoría alcanzamos a ver las cosas como pueda verlas la divinidad. La visión reduce la presencia a objeto de la experiencia. Así, decimos espontáneamente ahora lo sé, ahora lo veo —y no, ahora lo sé, ahora lo escucho. El grado cero de la presencia no se encuentra en la visión —a menos que contemplemos lo que hay con los ojos del asombro—, sino en el tacto y la escucha. Sin embargo, el tacto y la escucha solo devienen puros en la oscuridad. Ante el alien —ante aquel que aún no hemos logrado reducir a imagen— inevitablemente nos encontramos en una posición vulnerable. La aparición propiamente no deslumbra. Provoca, más bien, nuestro temblor y temor. Un alien tanto puede abrazarnos como devorarnos. Es una voz —un tacto— en medio de la noche. Estamos, sencillamente, en sus manos. No hay experiencia de la alteridad que no implique indefensión. Y todo es alteridad para el ciego. De ahí que nadie puede preferir para sí mismo habitar en la oscuridad. Lo preferible es saber a qué atenernos, ver el mundo como si fuéramos un dios. Pero nadie dijo que seamos lo que preferimos ser.

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