teoría del lenguaje

mayo 16, 2020 § Deja un comentario

Para muchos de los que se ocupan de este asunto, el lenguaje humano comienza con la denominación. Necesitamos nombrar las cosas para que, juntos, podamos utilizarlas y, quizá sobre todo, intercambiarlas. Sin nombres no podríamos jugar al balón o tomar un café. Un nombre funciona como una etiqueta. Y aquí la etiqueta se aplica tanto a las cosas como a la acción (en general, un verbo podemos entenderlo como el post-it de una práctica). En este sentido, el lenguaje sería principalmente un instrumento de comunicación social al servicio del uso que hacemos de las cosas. Ahora bien, de ser solo eso, entonces no nos distinguiríamos de los chimpancés. La ruptura con el mundo animal comienza no con los nombres, sino con la cópula —con el verbo ser. Los chimpancés también son capaces de nombrar. Pero, qué sepamos, ninguno se interroga sobre qué significa decir que algo es-ahí. No hay ahí para el chimpancé. La cópula en modo alguno puede comprenderse como un verbo entre otros, no une etiquetas. Por medio del verbo ser, más que denominar, juzgamos. Esto es, con la cópula respondemos a la pregunta acerca de lo que se trata en cada caso. Pues, en realidad, todo se nos muestra confusamente. El amor de una madre, pongamos por caso, ¿es solo amor? ¿Acaso su abrazo no puede también ahogarnos? La decisión que tomamos ¿es justa? ¿O solo nos lo parece? Todo, hasta cierto punto o medida. De acuerdo. Pero necesitamos también decirnos que las cosas son lo que creemos que deberían ser. No podemos soportar caminar sobre el alambre durante mucho tiempo. En el espacio del ni una cosa, ni otra hay demasiada tiniebla. Hablar es, sobre todo, juzgar. Aunque con el juicio no podamos hacer otra cosa que equivocarnos. Difícilmente, el mundo poseería la estabilidad que suponemos que posee —difícilmente, sería un hogar más o menos habitable— de percibir a flor de piel la borrosidad de cuanto sucede. Como arrancados, buscamos la solidez a la que apunta la palabra ser. Pues, al menos sobre el papel, nada es que no permanezca. De ahí que cuando el Sócrates de turno pregunta si acaso sabemos de lo que estamos hablando, todo se tambalee (y de paso, nosotros). El lenguaje común, al fin y al cabo, antes que un instrumento es un trampantojo —y un trampantojo que responde a una exigencia, en el fondo, moral.

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