un viaje alucinante

mayo 17, 2020 § Deja un comentario

El que alucina no alucina mientras alucina. Sobre todo, si de repente ve cosas que nadie más ve, esto es, si antes no ha tomado una dosis de peyote o LSD. Hasta los fantasmas huelen. Es después que podrá decirse a sí mismo que ha sufrido una alteración de la conciencia. Ahora bien, si puede decírselo es porque lo visto no encaja en los presupuestos de su mundo, aquellos que deciden qué puede admitirse como hecho. Nuestro punto de partida hoy en día es que no puede haber otro mundo. Si nuestro prejuicio fuera el contrario, entonces no hablaríamos de una alucinación, sino de una teofanía. Sencillamente, habríamos recibido la visita del ángel. Pero esto es, precisamente, lo que actualmente no podemos decir. No hay hechos químicamente puros, hechos que no estén cargados de a priori —de lo que culturalmente damos por sentado. Y lo que, como modernos, damos por sentado es que no cabe la aparición. Un fantasma, de haberlo, no sería más que un fantasma. Más que nuestra reverencia, impulsaría nuestra curiosidad. Aunque no pudiéramos evitar el estremecimiento inicial. Bastaría con que nos acostumbrásemos a su presencia —bastaría con darlo por hecho— para que se desvaneciera el efecto transcendencia. Donde la sospecha, salvo con respecto a lo medible, se ha incorporado al sentido común nadie puede, sensatamente, seguir confiando en su experiencia. La sensaciones intransferibles no constituyen la medida de la verdad. De ahí que se entiendan como un simple asunto interno. No es casual que ciencia y nihilismo vayan a la par.

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