la verdad y el tiempo

mayo 22, 2020 § Deja un comentario

Pasa con la verdad lo que pasa con la materia: que con el tiempo deviene otra cosa (Hegel, dixit). La experiencia de la verdad es la experiencia de una pura presencia. Así, la verdad, antes que correspondencia entre idea y mundo, es el acontecer de lo que simplemente es o está ahí. La verdad, en este sentido, exige ser contemplada —y en tanto que no hay mundo que no sea un mundo interpretado desde el interés, la verdad es anterior al mundo. La verdad nos fue dada antes de que llegáramos a poseerla (y por eso mismo, transformarla en descripción).

Ahora bien, la presencia pura es, precisamente, lo que perdimos de vista una vez hicimos de lo dado un mundo habitable. La verdad supone un caer en la cuenta y no simplemente un saber. Así, sabemos que vamos a morir. Pero no nos tiemblan las piernas hasta que el médico no frunce el ceño. Todo saber es de oídas. Vivimos en la verdad de lo dado. Pero no somos capaces de reconocerlo. Difícilmente captamos el relieve —la carga de profundidad, el alcance— de lo que nos traemos entre manos. Como decíamos, el mundo es, antes que un dominio del hombre, donación (y no porque haya quien —un demiurgo, un extraterrestre, Matrix…— nos lo haya dado, sino precisamente, porque no lo hay). Pero vivimos como si no. De ahí que el programa de la fenomenología, el ir a por las cosas mismas, sobre todo en la revisión que hizo Heidegger del mismo, apunte a la experiencia primordial, aquella en la que el mundo se nos da como pura presencia. Ir a por las cosas mismas no tiene nada que ver, por tanto, con la cosa en sí kantiana —con la ignotum X de la experiencia. La ignotum X es, precisamente, el índice de la distancia que nos separa de la pura presencia, del don. La verdad no es el resultado de ninguna demostración. De ahí que, con respecto a la verdad, solo quepa regresar (y nunca del todo). No es lo que alcanzaremos si seguimos una pauta, sino lo que tuvimos que dejar atrás a la hora de transformar el puro il-y-a en dominio.

En modo alguno es causal que actualmente la fenomenología, sobre todo la francesa —Jean-Luc Marion, Claude Romano, Jean-Yves Lacoste…—, se preocupe por el asunto de la trascendencia, al fin y al cabo, por recuperar el sentido de lo trascendente desde la facticidad de la existencia. El punto de partida es lo que implica el haber sido arrojados al mundo, como quien dice, y no los indicios —siempre problemáticos— de otro mundo. Lo primero tiene que ver con lo que es. Lo segundo —la religión—, con lo que nos parece que es. Y lo que es siempre se encuentra más allá de las apariencias, aunque solo como pasado —como lo que tuvo que retroceder o desaparecer. De hecho, no hay que forzar excesivamente los textos de Heidegger para leerlos como un tratado de teología negativa.

Tampoco es casual que la recuperación de la verdad tenga su momento —y en Heidegger, como en la tradición filosófica, este no es otro que el momento de la muerte. El hombre es —existe— para la muerte, lo cual no significa que tenga que buscarla. Basta con tenerla en cuenta o presente. Memento mori, que decian los clásicos. Y es que solo ante la propia muerte caemos en la cuenta, más allá del simple sé que moriré, de que no todo importa en la misma medida. Solo ante la muerte puede haber un presente. El mundo se nos da como presente, en el doble sentido de la expresión, únicamente desde la posibilidad de un punto y final. Heidegger, como sabemos, hablaba de una vida auténtica frente a la vida inercial —la vida reducida a oficio— que, tarde o temprano, terminamos viviendo. De ahí que, como Heidegger defendió, la verdad se halle en manos del poeta —de aquel que es capaz de ver la costumbre con los ojos del asombro— y no del lado de la distracción, el chismorreo, la opinión. Ciertamente, cabe que lo que nos saque del quicio del hogar no sea la propia muerte, sino la muerte injusta de los que apenas cuentan, los sobrantes. Pero este es otro asunto.

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