sabiduría y dicha

junio 13, 2020 § Deja un comentario

Antes de la irrupción del cristianismo, el saber, en su sentido sapiencial, siempre fue la condición de la felicidad. Pues es feliz quien sabe vivir. Ahora bien, la pregunta es en qué consiste dicho saber. Y podríamos decir que, al fin y al cabo, se trata de aceptar que no hay solución —que las piezas del puzle nunca terminan de encajar. Estamos ante algo así como la ley de la gravedad de nuestro estar en el mundo. Comenzamos a saber de qué va el juego una vez admitimos—y abrazamos, al menos en lo posible— la discordia, el desencuentro, el hiato. Y no porque no sea posible encontrarse, sino porque el encuentro, de darse, solo tendrá lugar como reconciliación. Ahora bien, la reconciliación, contra el espejismo de la fusión, preserva las distancias. Únicamente quien permanece en el mundo de Instagram, por decirlo así, cree que cabe realizar su deseo tal y como se presenta. Se trata, obviamente, de un error. El deseo, en realidad, está hecho de piezas incompatibles. Así, la mujer puede soñar con un amo al que poder dominar, una bestia a la que transformar con su amor. Pero en el caso de topar con un amo, difícilmente llegará a dominarlo. Y si lo consiguiera, tarde o temprano, terminará despreciándolo. Paralelamente, el hombre puede fantasear con una mujer de putamadre. Sin embargo, es elemental, o debería serlo, que los términos que forman la expresión son incompatibles. El destino de una existencia centrada en el deseo es la insatisfacción, el desprecio de sí, la desdicha. Sencillamente, creer que queremos cuanto deseamos es propio de aquel que ignora de qué va el juego. Para vivir la vida, hay que saber. Y no es fácil. Cuando menos, porque fácilmente sabemos qué deseamos —un deseo no deja de ser un implante—, pero no lo que queremos.

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