sobre poesía y verdad

junio 16, 2020 § Deja un comentario

La poesía supone la ruptura del uso habitual de las palabras por la que el puro haber llega al lenguaje. No tiene sentido preguntarse si el verso afortunado es verdadero, si se corresponde con los hechos. Es verdadero porque está bien dicho —porque las palabras tienen peso o, mejor, porque soportan el peso, no necesariamente insufrible, de lo patente. No hay hechos que puedan verificar el logro del poeta. Sencillamente, las cosas tienen que ser tal y como las dice el poeta. No hallaremos ningún explicación, ningún argumento en el poeta. Tampoco ninguna exhortación moral. La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. De ahí que el poeta sea un heraldo —un receptor, un inspirado. No inventa, descubre. Y lo que descubre es un motivo de asombro donde los demás no vemos más que costumbre. El poeta revela la extrañeza que amaga lo familiar. Aunque lo descubra jugando con las palabres. O por eso mismo. Para el poeta hay más. Pero este más no se encuentra en otro mundo. En realidad, el más es más lo mismo, pero visto como dado —como donación. Hay más verdad —más presencia— en unas botas desgastadas, que en las que aún podemos usar. Hay más verdad en lo inútil que en lo útil. El poeta, al proporcionar una palabra a lo intratable, deja que lo que es simplemente acontezca. Sin embargo, lo dado no es solo la paz, aunque sea la que sucede a la derrota, acaso la única que humanamente nos corresponde. También, se nos concedió el horror.

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