mort

junio 21, 2020 § 1 comentario

La muerte de quienes forman parte de tu mundo —papá o mamá, el amigo, el hermano, el hijo…— significa nunca más volveré a verte. Se fueron dejándote un hueco —un cráter. Ciertamente, muchos creen que la muerte es un traspaso, un cruzar la puerta que nos separa de otro mundo o dimensión. Pero el que demos por descontado que nos reencontraremos en el más allá impide que caigamos en la cuenta de la profundidad del asunto. Aquí y ahora, su partida es irreparable. Ahora bien, por eso mismo, llega un momento en que los muertos pesan más —están más presentes— que los vivos. Como si al final no quisiéramos otra cosa que ir hacia ellos (y de ahí que la suposición de que continuan vivos en el más allá enmascara que, en el fondo, se trata de un querer, aunque no de un simple ya me gustaría). Sobre todo, si perdimos a nuestros hijos. Puede que, en definitiva, la seriedad de la existencia consista en tener que responder a la voz de un fantasma. Evidentemente, esto resulta inaceptable para quien sostiene que no hay más que lo medible. Sin embargo, probablemente no haya otra realidad —otra solidez, otra presencia— que la que del desaparecido. El resto es, precisamente, apariencia. Aun cuando podamos cuantificarla.

¿Dónde estoy?

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