la evidencia de la fe

junio 23, 2020 § Deja un comentario

La fe de los apostóles reposa sobre una evidencia: Jesús resucitó de entre los muertos y se apareció a unos cuantos. Estamos ante un dato, aunque no en el sentido objetivo de la expresión, pues de entrada ninguno de los que vieron al resucitado llegó a verlo como tal. Las apariciones tuvieron lugar a través del reconocimiento. Y no hay reconocimiento que no repose sobre un cierto saber de antemano —sobre una expectativa—, en este caso, la del mesianismo apocalíptico de la época: al final, resucitarán los muertos para que Dios pueda hacer justicia. De ahí que los testigos de las apariciones estuviesen convencidos de que el fin de los tiempos era inminente: Jesús fue, sencillamente, el primero. Y, por eso mismo, Jesús sería el encargado de juzgarnos en nombre de Dios. Ahora bien, lo curioso es que Jesús resucita en otros, esto es, como otro… que sigue siendo el mismo. Sin duda, estamos ante algo enormemente desconcertante. Con todo, las apariciones no se limitaron a la imagen: el visionario —desde Maria hasta Pablo— no solo ve, sino que, sobre todo, escucha. El testigo es invocado por el que regresó de la muerte con la vida de Dios. De ahí que el testigo no se limite a constatar: debe responder. Un testigo, precisamente, es el que testifica, en el sentido casi jurídico de la expresión. Y testificar es dar (la) fe. Hasta aquí los hechos. Más o menos.

Algunos exegetas sostuvieron en su momento que los relatos de las apariciones no son más que relatos que pretenden legitimar posiciones de autoridad dentro de las primeras comunidades. Ciertamente, no podemos evitar, como modernos, creer que dichos exegetas tienen razón. O al menos, algo de razón. Pues para nosotros, la resurrección no puede ser un dato de la experiencia. Pero nos equivocamos donde proyectamos hacia el pasado lo que solo vale para nosotros. Si Pedro, Pablo, María de Magdala… estuvieron legitimados a liderar sus comunidades es porque antes se les apareció el resucitado —porque vieron lo imposible. Desde fuera nadie puede ver lo que el testigo ve. De haber estado junto a María cuando reconoció a su rabbuní nosotros hubiéramos visto tan solo a alguien que sufre una variante del síndrome de Capgras: cree estar hablando con el muerto… al hablar con el jardinero. Al igual que un antiguo aborigen australiano no vería dinero en lo que, para él, no puede ser más que un pedazo de papel… al que nosotros le conferimos un valor que, en realidad, no tiene. Sin embargo, hay dinero, aun cuando el aborigen, desde los presupuestos del mundo al que pertenece, sea incapaz de verlo. O mejor, aunque en su mundo no pueda haberlo.

Así, y contra nuestro prejuicio moderno, podemos decir que hubo resurrección y no una lectura, entre otras, de hechos en sí mismos neutros porque la lectura que da pie a la fe no es exterior a la visión. Esto es así, a pesar de que, en nuestro mundo, la resurrección no pueda darse como un dato de la experiencia. Toda visión supone un ver como, un cierto saber sobre lo visto, una mínima interpretación. No hay algo así como hechos químicamente puros. El carácter sagrado de un tótem, pongamos por caso, no se añade a la visión de un simple tronco de madera. No es que, quienes reconocen al tótem como tal, primero vean un tronco y, posteriormente, proyecten un significado sobre él. De entrada, ese tronco de madera es más que un tronco de madera. En cualquier caso, dicho significado tendría que añadirse, y no sin que se tambalease, si el mundo en el que ese tronco aparece como sagrado hubiera sido dejado atrás. Es lo que ocurre hoy en día con respecto a Dios: que la fe ya no reposa sobre la evidencia, salvo en el caso de quienes permanecen pegados a la superstición de la infancia, sino sobre el supuesto. La muerte de Dios, en realidad, es la muerte del mundo de Dios —del mundo donde cabe sentir la presencia de Dios como cabe sentir, aunque no del mismo modo, la presencia de árboles o montañas. De ahí que la visión de Pablo camino de Damasco no fuese tan solo un modo de expresar figurativamente una nueva lectura de los hechos. No hay aquí un como si. Pablo no dijo como si se me hubiese aparecido el Señor al igual que nosotros no decimos, ante un foca, veo algo como si fuera una foca. El problema es que nosotros ya no podemos tener la experiencia de Pablo y compañía. Para nosotros, en cualquier caso, vale lo que la resurrección revela, a saber, que Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado —que Dios no es nadie sin el cuerpo que cuelga de una cruz. Pero uno podría preguntarse perfectamente qué fe puede mantenerse en pie donde no encuentra un arraigo en lo sensible —donde difícilmente podemos seguir tomándose en serio la aparición de un cuerpo espiritual, algo así como un oxímoron. Quizá no sea casual que, para sobrevivir, el cristianismo se transformara con Agustín en una religión de la interioridad, al constatar que esto del fin de los tiempos iba para largo.

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