la fe como postura (1)

julio 24, 2020 § Deja un comentario

La posición básica de la experiencia religiosa es la de una adhesión en cuerpo y alma a un sí de fondo —a una bendición que se presenta como paz en medio del exceso de una presencia sin porqué. Esta presencia todavía no ha sido transformada en una idea sobre cuya adecuación quepa preguntarse. Uno simplemente se encuentra ahí, en el puro haber —en lo dado. En la presencia sin porqué aún no hay tema. La posición básica de la espiritualidad es independiente del mundo donde se da por sentado que vivimos bajo el influjo de poderes invisibles —de ángeles y demonios. En este sentido, apunta a lo supremo o último, más allá de la intervención de los dioses. La diferencia entre Dios —aquel al que, en principio, remite la posición básica— y los dioses no es una diferencia de grado, aun cuando en el imaginario religioso sea inevitable concebir a Dios como dios —como el macho alfa del Olimpo. Pero aquí el imaginario es lo de menos. Ciertamente, en el mundo no todo es paz. Hay también —y sobre todo— dolor, sufrimiento, espanto. Hay temor. Pero desde esta óptica, el Mal, con mayúsculas, se comprende como el efecto de una separación y, por eso mismo, no altera la posición básica o inicial. Acaso podríamos decir que terminamos en manos de los dioses del lugar, los cuales tanto pueden jugar a nuestro favor como en contra, porque fuimos separados de la raíz. Un dios no deja de ser un dato natural, un dato con el que hay que negociar, aunque posea el índice de lo sobrenatural. La raíz, en cambio, no admite comercio alguno. En realidad, no se ofrece como dato.

Es verdad que el sufrimiento indecente de tantos hombres y mujeres obliga al creyente a clamar por una respuesta. Pero el creyente clama por Dios ante Dios, esto es, sin poner en cuestión su paradójica presencia, como fue el caso de Job. El creyente, como decía Yeshayahu Leibowitz, que tras Auschwitz dejó de creer, nunca creyó en Dios, sino en la ayuda de Dios (aunque sin duda después de Auschwitz, la posición básica quede significativamente alterada en la dirección de Job). Quien cree, aunque sienta en sus carnes el abandono de Dios, persiste en su estar ante Dios. Sin duda, deja atrás su saber acerca de Dios. Pero no su confianza en Dios, una confianza que, sin embargo, resulta insensata a ojos de cualquiera. De ahí que el horizonte de la religión, como sugiere la etimología de la palabra, sea precisamente el de la restauración —el de un volver al hogar del que fuimos expulsados. Conviene subrayar que se trata de una posición antes que de una creencia, de una afirmación sobre la naturaleza de Dios. De la creencia podemos distanciarnos al preguntarnos, pongamos por caso, por su valor de verdad. Una posición, en cambio, se lleva pegada a la piel. Esta posición podría comprenderse perfectamente como el denominador común de las diferentes religiones. Una posición no se elige —no es algo que aceptamos porque nos convenza. Se está en ella o no se está. Las creencias religiosas, de hecho, se derivan de la posición con la que asumimos la existencia. Una posición no parte de ninguna sub-posición —de ningún supuesto o prejuicio conceptual. La posición que abraza el sí de fondo —mejor dicho, que es abrazada por el Sí— expresa el sentimiento de formar parte, el cual es anterior a la transformación de la presencia —de lo dado— en un mundo particular, un mundo de objetos más o menos tratables. Para quien posee una sensibilidad religiosa, hay bendición, aun cuando en los arrabales del mundo resulte difícil creer en ella. Es cierto que siempre podemos poner en cuestión la fiabilidad de la posición básica. Pero al hacerlo nos situamos en la grada del espectador, de aquel que se interroga sobre su vivencia y, por eso, se distancia —se extraña— de su corporalidad. No es causal que, en la Antigüedad, la mayoría de los filósofos terminasen despreciando el cuerpo —como si solo pudiéramos hacer las paces con él en tanto que objeto de disfrute, en modo alguno como el lugar de la revelación. Y es que, de entrada, o nos hallamos del lado del Sí o en la orilla del No. Es lo que tiene nuestra finitud —nuestra dependencia. Todo cuanto podamos decir sobre nuestro estar en el mundo, y en último término acerca de Dios, se deriva de una postura, casi en el sentido corporal de la expresión. De hecho, quien cuestiona la posición básica desde la que encaramos el mundo admite un quizá no —la sospecha y no el asombro— como punto de partida, tanto para lo bueno como para lo malo. Es posible que la incredulidad contemporánea tenga que ver, sobre todo, con el hecho de haber abandonado la posición básica de la fe en favor de un sistema de representaciones acerca de Dios o de lo último —de haber olvidado que las representaciones responden, en última instancia, a dicha posición. El actual revival de las espiritualidades de corte oriental quizá no sea más, aunque tampoco menos, que un intento de recuperar la postura inicial de la sensibilidad religiosa. Pues la tradición cristiana hace tiempo que quedó encorsetada en fórmulas sin sentido. Y ello a pesar de la verdad que revelan. Pero como dijera Hegel, con el paso del tiempo, hasta la verdad termina siendo otra cosa.

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