fall in love

agosto 31, 2020 § Deja un comentario

Quizá lleguemos a enamorarnos del robot con aspecto humano —del replicante—. Al fin y al cabo, nos seducen las apariencias. ¿Lograremos también apiadarnos de su dolor… sabiendo que es una máquina? ¿Acaso los genocidios no comenzaron con reducir a las víctimas a un estado inferior? ¿Es que el verdugo no las vio antes como ratas? La cuestión no es si, a la vista del horror, cabe creer en Dios, sino si es posible fiarse del hombre. O Hobbes estuvo en lo cierto o lo estuvo el crucificado (y la historia parece que esté del lado del primero). Aunque también podemos erigir muros de contención más amables que un Leviatán —ganarle territorio al mar—. Sin embargo, tarde o temprano el mar termina por fracturarlos. El hielo, ya sabemos, se funde con el tiempo. Los enamorados han de contar con el cambio climático.

tablas

agosto 30, 2020 § 1 comentario

Si Dios fue un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser Dios —esta es, en el fondo, la declaración cristiana—, entonces Dios le debe una al hombre. Pues sin el hombre, mejor dicho, sin aquel que fue colgado en su nombre, aún estaría por ver (aunque de Él solo veamos el rostro de ese hombre). Pero si el hombre no termina de cruzar el umbral que le separa de la bestia hasta que no es fiel a la Ley que se desprende del silencio del Padre, entonces el hombre deambula por el mundo como un espectro. O peor, como un bola de billar. Frente al prejuicio religioso, Dios no es Dios, sino el Dios que se decide entre Dios y el hombre.

apotegma

agosto 29, 2020 § Deja un comentario

El todo no lo es todo porque nacimos sin padre. ¿Quién decide quién soy? La gente no es nadie.

Ulysses

agosto 28, 2020 § 3 comentarios

Puede que, al fin y al cabo, se trate de volver para recuperar lo que tuviste que dejar atrás. Pero no lo recuperarás tal cual, sino como lo perdido. Ni Penélope es la joven que fue, ni Telémaco ese niño con el que jugaste. La pérdida, y no la ilusión, es el centro de gravedad de lo humano. Vivimos, sin duda, de ilusiones. Pero solo lo que perdimos y aún reverbera en otros rostros dota de seriedad a la existencia. Como viera Platón, no hay amor sin dosis de nostalgia.

de la izquierda y el poder (y 3)

agosto 27, 2020 § Deja un comentario

Es importante entender que, donde distribuimos dinero, lo que distribuimos, en último término, es deuda. Y el valor de una deuda depende, como es obvio, de la solvencia del deudor. Por eso, todo se derrumba donde se amontonan los impagos —donde la economía real no puede seguir el ritmo de la financiera–. Y esto es lo que ocurre tarde o temprano (y por lo que parece, cada vez más temprano que tarde). Podríamos decir que el capitalismo actual posee, en lo relativo a las rentas, el esquema de una estafa piramidal o, como suele decirse en el argot, un esquema Ponzi. Ahora bien, quienes pierden con el desplome de esta pirámide invertida no son aquellos que pudieron transformar rápidamente el dinero fresco en activos fiables. Son los que viven de un sueldo. Pero también de los beneficios de una pequeña o mediana empresa. Por eso una política que pretenda un mundo más justo tendría que abandonar los viejos esquemas, muy ligados al capitalismo decimonónico, para centrarse en la cuestión de la naturaleza de lo que hoy funciona como medio de cambio —en la naturaleza del dinero—. Cuando menos, porque el poder ya no se basa en acumular plusvalía, por decirlo así, sino por crear —y poseer— activos financieros, esto es, dinero cuyo respaldo en la economía real es cada vez más estrecho. El problema que plantea un dinero convertido en deuda es que el dilema al que se enfrenta la economía política ya no se plantea como una disyuntiva entre crecimiento y desigualdad, sino entre desigualdad e hiperinflación. Sencillamente, si el dinero que se mueve en la nube especulativa descendiera a la economía real —esto es, se redistribuyera—, nadie tendría el suficiente dinero como para comprar una barra de pan. Por consiguiente, no parece que se trate simplemente de aumentar los impuestos y resdistribuir la nueva renta (aunque a corto plazo deba hacerse… siempre y cuando seamos conscientes de que a mayor deuda pública, mayor cantidad de impuestos será destinada a saldar parte de la misma y, por tanto, menos dinero habrá para asuntos sociales). Pues la cuestión de fondo es con qué renta se juega. Como se ve, no estamos ante un asunto fácil. Ni de lejos.

fantástico

agosto 26, 2020 § Deja un comentario

Vivir de fantasías es la muerte. En cualquier caso, sigues por inercia o por la zanahoria tras el palo. Todo comienza cuando caes en la cuenta de que no hay solución —de que el hiato es insalvable—. Y comienza para (el) bien. Pues lo que entonces aparece no es el ángel, sino la carne. El encuentro no tiene que ver con el encaje de las piezas. Aunque también es posible que te quedes únicamente con el vacío que deja el ángel. Un niño siempre despreciará la galleta partida en dos.

predestinación

agosto 25, 2020 § Deja un comentario

Según Agustín, solo unos pocos han sido elegidos para la salvación. Que seamos o no condenados ya fue decidido in illo tempore. Parece, pues, que no hay nada que hacer. Tampoco podría ser de otro modo, si es verdad que para Dios no hay tiempo. La doctrina de Agustín guarda un aire de familia con el mito platónico de Er o la creencia hindú en un karma personal. Como si el carácter de cada uno estuviera determinado de antemano. El punto de partida es que los hay buenos de por sí y los hay que no son de fiar. Hoy hablaríamos de la genética y las circunstancias. Se trata de algo constatable. Los gnósticos, de hecho, también dividieron a los hombres en pneumàticos e hylicos —del griego hylé, materia—, aun cuando algunos autores añadieran la categoría de los tibios —los que no son ni fu ni fa. Ciertamente, el que no sepamos si nos contamos entre los elegidos nos da un margen para creer en la libertad. Pero no da la impresión de que la idea de la predestinación cuadre con la convicción evangélica de que cualquiera, sea sacerdote o genocida, puede convertirse y comenzar de nuevo. Ni tampoco con la experiencia bíblica de un Dios que no quiso ser Dios sin el fiat del hombre. Quizá lo único que pretendió Agustín fue entender la naturaleza anónima de un destino en los términos de la voluntad de Dios. Pero no sabría decir qué es preferible.

teoría del pack

agosto 24, 2020 § 4 comentarios

Una cosmovisión es un pack —una red de prácticas y significados que, al remitir espontáneamente unos a otros, generan una tópica, un mundo en común—. El paso de una cosmovisión a otra no tiene un factor determinante. Las dos dimensiones de lo histórico —la pedestre y la simbólica— avanzan según su propia lógica, pero incidiéndose entre sí como hilos que se entrelazan hasta tejer una nueva época. Así, a la hora de explicar el origen de una cosmovisión, podemos cortar el pastel por donde nos plazca. Así, la palabra cosa no significa lo mismo hoy en día que en la Antigüedad. Actualmente, una cosa es, antes que nada, algo susceptible de ser manipulado. En este sentido, todo es cosa hoy en día, incluso los cuerpos de los demás. El capitalismo disuelve cualquier solidez. Todo tiende a circunscribirse dentro de la lógica del intercambio. Hasta compramos el servicio que atiende a nuestros padres, ya ancianos. En este sentido, preocuparse por ellos —preocuparse de que estén bien cuidados— se asienta sobre una despreocupación de fondo. Sin embargo, tampoco podemos hacer mucho más… si permanecemos dentro del sistema. Se trata de lo normal. El valor se entiende, por su parte, según la medida del deseo. Pero el deseo es mudable. Todo vale significa todo puede valer… si hay alguien que lo desea intensamente. No hay valor que no sea revisable. Ningún tabú constituye un límite absoluto. La ley se adopta por consenso, aunque sea implícitamente. La desconfianza común con respecto a la verdad —el relativismo moderno, cada uno tiene su verdad— es el correlato epistemológico de un mundo que se ha convertido en supermercado. El científico, ciertamente, ocupó el lugar del sacerdote como juez de última instancia. Pero la ciencia solo opera con lo que admite una medida y, por eso mismo, es susceptible de ser modificado… según nuestro interés. No hay otra voluntad —y la ciencia sería su exponente— que la voluntad de poder. En vez del es más que propio de los tiempos antiguos, el no es más que característico de la reducción científica. Dios, evidentemente, ya no interesa, ni siquiera como cuestión. Aunque todavía sirva como la fantasía que sacia la necesidad de amparo de algunos. En cualquier caso, las creencias que uno pueda tener sobre lo último no son más que la expresión de una preferencia personal. Uno cree en Dios como otros pueden creer en Yoda. La cuestión sobre el valor de verdad de la creencia es socialmente implanteable. Ahora bien, donde la pregunta por la verdad deviene impertinente; donde la verdad solo admite hechos comprobables, obviando que no hay hechos sin prejuicios —donde la filosofía se convierte en una especialidad de raritos—, no somos mucho más que bolas de billar, cuerpos sometidos al poder de lo impersonal. Es posible que esto siempre haya sido así. Con todo, hay diferencias de grado. Y puede que estas no sean irrelevantes. El tren de mercancías y el Ave discurren a diferentes velocidades. Pero el segundo tiene más números de estrellarse catastróficamente que el primero.

qué esperanza para los malditos

agosto 22, 2020 § Deja un comentario

¿Qué podemos racionalmente esperar —se preguntaba Kant? Pues esperar, esperamos. Otro asunto es que esta esperanza sea, por lo común, la expresión de lo que nos gustaría que fuese. El gurú trabaja siempre sobre terreno abonado. ¿Quién no desea que le avancen una solución —que las cartas le sean favorables? ¿Quién no siente curiosidad por lo que le pueda anticipar el vidente? A veces, los pastores ceden a la tentación de ofrecer una solución a medida: al final todo terminará bien. De acuerdo. Sin embargo, la facilidad con la que creemos en ello ¿no será el síntoma de haber transformado la esperanza en una expectativa que satisfaga nuestra necesidad psicológica de un final feliz? El creyente ¿no se aleja de la fe donde cree en lo posible? Y sin embargo, esperar lo imposible —que el león coma hierba— ¿es algo más que un clamor? La respuesta de Kant —podemos esperar racionalmente que Dios concederá a los buenos la felicidad a la que aspiran y que el puro cumplimiento del deber no garantiza— es, como el mismo Kant reconoció, un postulado de la razón, en modo alguno una deducción lógica. La cuestión, por tanto, es en nombre de qué —o de quién— el creyente confía. Y la respuesta cristiana apunta siempre a una aparición: aquel hombre bueno que murió como un apestado de Dios ha resucitado. Fue inevitable que los testigos de la resurrección la vieran como un tráiler de lo que vendrá: una nueva creación, una humanidad nueva. Y este es el problema: que la fe se apoya sobre unos hechos que, como tales, dependen de unos presupuestos culturales que ya no son los nuestros (ni pueden serlo). Hubo resurrección —al menos, para unos cuantos— como también hubieron dioses en la Antigüedad. Pero nosotros ni siquiera podemos admitirla como un hecho del pasado. En cualquier caso, como la creencia —si no, la alucinación— de quienes fueron sus testigos. Quizá más que una reinterpretación —en verdad lo que significa la resurrección es…— lo que necesitamos es una mejor comprensión de nuestra situación con respecto a lo que se nos reveló al pie de una cruz. Pero este es otro tema.

cercanías

agosto 22, 2020 § Deja un comentario

No hay que ser muy perspicaz para caer en la cuenta de que la muerte de Dios corre pareja con el igualitarismo moderno. Lo paradójico del caso es que la igualdad por defecto fue un invento cristiano (aunque los estoicos, de hecho, ya se habían anticipado un par de siglos antes). En este sentido, podríamos decir que gracias a Dios —al triunfo histórico del cristianismo— pudimos prescindir de Dios. El sentimiento de existir bajo el amparo de un padre celestial surge espontáneamente en un orden donde el pater familias no se tutea con sus vástagos —o en el que la nobleza no se mezcla con la plebe. No es casual que antiguamente la autoridad poseyera el aura de lo divino o, como sugiere la misma palabra nobleza, una superioridad moral. Al menos, sobre el papel. Por eso, una vez se suprime de iure la distancia social, el sentimiento de dependencia propio de la sensibilidad religiosa se disuelve como azúcar en el café. A partir de ese momento, el creyente tendrá que forzar dicho sentimiento por su cuenta y riesgo (o a través de la inflamada retórica del pastor). Y de aquí a la neurosis media un paso. Evidentemente, no estamos diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero una cosa no quita la otra.

lo inefable

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

El místico suele referirse al carácter inefable de su experiencia de Dios como prueba de su efectiva trascendencia. Las palabras se le quedan cortas. Sin embargo ¿qué prueba en realidad dicha experiencia? ¿La existencia de Dios o nuestra limitación? Evidentemente, ambas van de la mano. Pues no hay desborde si no es relación con un límite (y viceversa). Pero el que, por definición, la realidad de Dios trascienda nuestra capacidad de intelección no implica, como es lógico, que todo cuanto la desborde sea divino. No basta con topar con algo o alguien netamente superior como para que nos veamos obligados a hablar de Dios. Es verdad que lo excesivamente superior puede parecernos divino —y más si presuponemos que hay Dios como pueda haber vida en la cara oculta de la Luna. La visión siempre está determinada por lo que damos por sentado. A un hindú nunca se le aparecerá la Virgen. Pero, por eso mismo, que algo o alguien nos parezca divino no significa que en verdad lo sea (y esto es así, aun cuando no sepamos cómo distinguir nítidamente entre lo que nos parece que es y lo real). La presencia de un hombre también sería inefable para el ácaro del polvo… si llegase de algún modo a sentirlo. Y nadie en su sano juicio diría que es un dios porque así se lo parezca a los ácaros. En cualquier caso, si lo inefable constituyese un criterio, también deberíamos tener en cuenta su vertiente más terrible. En La especie humana, Robert Anteleme, uno de los supervivientes del Holocausto, igualmente considera el horror como inefable: desde los primeros días, nos parecía imposible cubrir la distancia entre el lenguaje disponible y aquella experiencia que, para la mayoría de nosotros, continuaba en nuestro cuerpo. Aquí, no es que, como en el caso de muchos místicos, nos falten las palabras. Más bien, sobran.

¿Estamos ante otro inefable? ¿O, por el contrario, deberíamos hablar del enmudecimiento que provoca la absoluta falta de piedad? Quienes están dispuestos a reconocer a Dios como causa de la experiencia mística, ¿acaso no deberían admitir la presencia de Moloch donde sienten el abismo? Las víctimas ¿no percibieron el aliento de lo demoníaco como el místico experimentó el amor de Dios? El maniqueísmo y sus variantes siempre tuvieron en cuenta este dato. Podríamos decir que el maniqueísmo es la opción más razonable o espontáena. Por poco que salgamos de nuestra burbuja, fácilmente nos inclinaremos a creer que existimos en medio de poderes que combaten entre sí. O si se prefiere, entre el lado luminoso y oscuro de la fuerza. En cambio, a la hora de explicar la facticidad del Mal, el cristianismo se decantó por la ausencia de Bien. Tan solo hay un poder —el de la bondad de Dios—. El dominio de Moloch es aparente. Por consiguiente, el Mal debería entenderse como déficit antes que como un poder superlativo… aunque lo suframos como tal. Así, suele decirse que, al igual que la oscuridad se debe a la falta de luz, la efectividad del Mal obedecería al retroceso del Bien. Hay Mal porque nos vimos privados de Dios. Sin embargo, a flor de piel, ¿podemos contentarnos con esta justificación? Si la experiencia valida, en principio, la convicción del místico ¿no podríamos decir lo mismo con respecto a quienes sufrieron indecentemente la opacidad de los lager? A la hora de pensar la experiencia, las víctimas ¿no tienen igual derecho a concluir que no hay Dios —o que Moloch, simplemente, puede más? ¿Es que su padecimiento fue una ilusión, un error de perspectiva? Más aún: ¿puede haber luz sin oscuridad?

El maniqueísmo tiene las de ganar donde únicamente apelamos a lo que sentimos en lo más profundo. De ahí que la Biblia desconfíe de las sensaciones en el momento de dar fe de la realidad de Dios. Y no porque esta última solo pueda ser pensada —esto es lo que diría, en cualquier caso, el filósofo—, sino porque no hay algo así como una experiencia inmediata de Dios. La inmediatez de la experiencia tanto nos permite hablar de Yavhé como de Moloch. No es anecdótico que el paganismo sea, literalmente, una religión campesina. En cambio, para el profeta, no es posible contactar con un Dios cuya trascendencia no debería entenderse como si Dios habitase en la dimensión oculta del cosmos. En modo alguno, la experiencia de Dios es el resultado de poner los dedos en un enchufe. En cualquier caso, dicha experiencia es, bíblicamente hablando, de lo debido a Dios, a su des-aparición o paso atrás. Su más allá es un más allá del presente, de cualquier presente, incluyendo aquí el supuestamente sobrenatural. La trascendencia de Dios es temporal antes que espacial.

Ahora bien, lo debido a Dios es tanto la bendición como la maldición. Hay don porque hay Dios. Pero porque hay Dios, hay también sufrimiento. La luz y la tiniebla responden a un Dios que fue desplazado a un pasado inmemorial, una vez el hombre fue arrojado al mundo. Estamos ante un Dios que, porque no quiso ser sin el hombre, no puede funcionar como Dios Por eso, el haber de Dios —su en sí— es el de un fue absoluto. Y por eso mismo, el creyente permanece a la espera de Dios, de su regreso. Dios se revela, bíblicamente, como promesa de Dios. Aunque el regreso de Dios suponga el fin de los tiempos. Pues mientras haya tiempo, Dios es un Dios por-venir. Existimos como arrancados —y no solo separados— de Dios. El problema de quien creer haber experimentado directamente a Dios, aun cuando sea de manera incompleta o parcial, es que da por sentado que estamos separados de Dios solo por el grosor de un muro. Pero, como decíamos antes, ese dios aún no sería Dios, sino un Dios en apariencia, poco más que un ente de más. Aun cuando sea inconmensurablemente superior. Al fin y al cabo, a Jesús no se le iluminó el rostro cuando experimentó directamente a Dios en Getsemaní. Más bien, quedó cubierto por lágrimas de sangre. La experiencia directa de Dios tiene más que ver con sufrir su silencio que con las vibraciones.

sexo y metafísica

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

¿Y si hubiera entre hombre y mujer una contradicción irresoluble? No se trata simplemente de que el otro no esté a la altura del ideal, sino de la incompatibilidad, del hiato. Quien solo tiene en cuenta el ideal de pareja, permanece en su fantasía. No es casual que acabe estrellándose contra las rocas… aunque el mar esté en calma (o quizá por eso mismo). Las figuras que orientan el propio deseo no dejan de ser algo así como un oxímoron: un amo que coma de tu mano, una mujer de putamadre… Si es una cosa, no puede ser la otra. Tampoco se trata de encontrar un equilibrio. Pues no puede haberlo… salvo simulación. Tarde o temprano, el acento nos decanta. Por consiguiente, se equivoca quien cree que es cuestión de aproximarse al ideal —de participar del fondo paradigmático de la existencia. Cuando menos, porque ese fondo es, de hecho, la desconexión. Más bien, se trata de saber de qué va el asunto… para que la desconexión no nos pueda. De ahí que la posibilidad de un encuentro tenga que partir, precisamente, del desencuentro, de la brecha que nos separa (y no circunstancialmente). Al fin y al cabo, solo el encuentro, a diferencia de la fusión, preserva la distancia de la alteridad.

A.M

agosto 20, 2020 § Deja un comentario

La psicoanalista Ana Ma. Rizzuto sostiene, junto a otros, que la experiencia mística apunta a una realidad última, se llame Dios o el nirvana. La idea se vende bien… porque cuadra con el principio básico de la razón: toda diversidad es, al fin y al cabo, la expresión de una unidad de fondo. De acuerdo. El problema, desde una óptica bíblica, es que Dios no se revela como arjé. De hecho, para Isarel, el nombre de Dios no es lo de menos, sino lo de más. En el presente, Dios es tan solo un nombre —y además impronunciable—, cuyo referente está por ver. Y no porque Dios permanezca oculto, sino porque su invisibilidad responde a la de un Dios que, tras la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre. Pues la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Es lo que tiene un Dios que no quiere ser sin el hombre. Contra el presupuesto de la mística —y por extensión de la religión—, Dios no es algo a lo que podamos conectarnos o de lo que quepa participar. Si el modo de ser de Dios no hubiera estado pendiente hasta el Gólgota, difícilmente un cristiano podría confesar que el crucificado es el quién de Dios —su modo de ser y no únicamente su representante—… salvo cayendo en la herejía, esa solución razonable al carácter inaceptable de un Dios hecho hombre.

zen

agosto 19, 2020 § Deja un comentario

Dice un proverbio zen que si el problema no tiene solución, deja de ser un problema. No sé… Supongo que depende del problema. Es verdad que a veces —o a menudo— permanecemos fijados a contrariedades que no admiten una salida. Y en estos casos haríamos bien en dejarlas de lado. Pero me cuesta imaginar que un parado de larga duración —aquel que, habiendo cruzado los cincuenta, solo milagrosamente va a encontrar un empleo— no viva como problema su situación. O que los prisioneros de los campos de exterminio puedan saltar por encima del horror. En modo alguno es casual que cada refrán —cada proverbio— tenga su contrapartida. No por mucho madrugar amanece más temprano. Cierto. Pero también lo es que a quien madruga, Dios le ayuda. Aunque quizá nuestro proverbio zen, precisamente porque tiene más de zen que de proverbio, apunte a una lectura más radical: no hagas de la vida un problema… porque no tiene solución. De acuerdo. Sin embargo, ¿a quién sirve esta enseñanza —a quién se dirige—? ¿A la madre que no tiene con qué alimentar a sus hijos? ¿A los niños que hurgan en los basureros de los McDonald en busca de restos?

iguales

agosto 17, 2020 § Deja un comentario

No es nada obvio que el enemigo —el que nos puede, el que desea la muerte de nuestros hijos— sea un igual. De entrada, es el demonio, la bestia. Para hacernos una idea de la impresión que produce un enemigo tan solo basta imaginarse que tu vida está en manos de un psicópata. No hay punto de contacto —ninguna emoción en común. Sencillamente, un psicópata se revela como la encarnación de Satán. De ahí que donde la igualdad se da por defecto —donde pasa a ser nuestro prejuicio— nos olvidamos del hallazgo que supuso proclamar que aquel que parece de otro mundo, por su poder, no es más que uno más. Que ante Dios —y un Dios en falta— somos el mismo indigente. Ciertamente, Nietzsche hablaría del hallazgo del resentimiento. Como si el resentimiento fuese el polvo que permanece oculto bajo la alfombra de nuestra moral. Con todo, a pesar de que en el origen hubiera solo rencor —la imposibilidad de admitir la superioridad del noble—, la cuestión es si los débiles dieron o no en el clavo o, si por el contrario, la verdad se decide desde el lado del inhumano. La pregunta no es espuria. Pues difícilmente podrían vernos como iguales aquellos que, tras la debida manipulación genética, llegaran a vivir cien años como nosotros actualmente vivimos diez. O aquellos cuyas sinapsis cerebrales fueran modificadas de tal modo que Einstein les pareciese un deficiente mental.

los órdenes de lo real

agosto 16, 2020 § 2 comentarios

La Modernidad comienza donde se suprime la antigua convicción de que lo real no es homogéneo —de que hay órdenes del ser. La ciencia, de hecho, presupone que, al fin y al cabo, todo son variaciones, cada vez más complejas, de una y la misma cosa. Para Galileo, no hay diferencia entre las leyes de los cielos y las del mundo sublunar. Sin embargo, podríamos preguntarnos si con la cosmovisión científica, a pesar de sus ventajas, no habremos dado un paso atrás —un paso que nos impide, precisamente, comprender lo que sostiene una sensibilidad religiosa.

Como sabemos, fue Descartes quien puso sobre la mesa las implicaciones de la visión científica del mundo. Para Aristóteles, y en lo que respecta al conocimiento, la vía de acceso al mundo de las piedras no puede ser la misma que hace posible un conocimiento de los cielos. Hay tantos saberes —hay tantos métodos— como órdenes de lo real. En cambio, desde el punto de vista moderno, hay un solo método para cualquier cosa. Tan solo es lo que admite una medida. La unidad del saber la proporciona un único procedimiento. Ahora bien, el que, de facto, no haya ciencia, sino ciencias ¿no nos sugiere, cuando menos, que la reducción racional es más un horizonte que un dato? No parece que un átomo pertenezca al mismo mundo que una ameba. Ni da la impresión de que una ameba puede siquiera vislumbrar la realidad del hombre. Lo inerte no puede comprender lo vivo. Ni lo que vive como si fuera una pieza de un engranaje —una lombriz encaja en su entorno como el hígado en nuestro cuerpo—, una existencia que es consciente de sí y de cuanto que le rodea. Más bien, lo obvio debería ser que dentro del todo hay algo así como diferentes mundos.

Sin embargo, también es cierto que la línea que separa los diferentes órdenes es porosa. El orden inferior influye en el superior. Pero también es posible, al menos en principio, el camino inverso. La cuestión es cuál de las dos dimensiones tiene más peso. Para la Antigüedad, lo determinante era el orden superior. Pues lo que antiguamente se daba por sentado es que una naturaleza se define por aquello a lo que está llamada a ser. Sin embargo, esta cosmovisión comenzó a perderse de vista con Tales y su todo es agua —con la convicción de que lo deteminante no es lo trascendente, sino lo subyacente. Una vez, el mundo puede prescindir de Dios, triunfa la reducción de lo superior a lo inferior. De hecho, la posibilidad de que la mente incida decisivamente en el cuerpo nos resulta, de entrada, ininteligible. Casi un tema de ciencia ficción. Para la sensibilidad moderna lo inferior constituye un límite para lo superior, aunque sea un límite hasta cierto punto técnicamente desplazable. Se trata del no es más que de la racionalidad moderna. Sin embargo, que sepamos que no somos ángeles, no implica que no los haya. Otro asunto es que, de haberlos, quieran saber algo de nosotros. O que no nos vean como nosotros podamos ver a los gusanos.

de los espíritus y el espíritu

agosto 15, 2020 § Deja un comentario

A pesar del aire de familia, una cosa es dar por sentado que todo se encuentra lleno de espíritus y otra, muy distinta, es creer que todo está atravesado por el espíritu de Dios. En el primer caso, seguimos dentro del orden del saber (y aquí la religión sería la antesala de la ciencia: un dios, al fin y al cabo, no deja de ser una fuerza). En el segundo, el horizonte es el de una ignorancia sin remedio, pues apunta a un Dios ausente o por venir. En el primero, el espíritu está presente como poder. En el segundo, se revela como el resto de una genuina alteridad. Dios en verdad no es tanto un dios oculto como un Dios sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Pues hay mundo por el retroceso de Dios. Sencillamente, el haber del absolutamente Otro es el de un fue —el de un no-haber. El misterio del dios oculto es circunstancial. Como el de una habitación en la que se nos prohíbe entrar. No así el de un Dios que siempre se encuentra en falta como la eterna promesa de sí mismo.

religio

agosto 14, 2020 § 1 comentario

La religión es un invento monoteísta. Antes de Yavhé, no hubo religión, sino en cualquier caso culto. El presupuesto de la religión es la separación. Por eso mismo su horizonte, tal y como sugiere la palabra religare, no puede ser otro que el de la reunión, el de restablecer el vínculo perdido con la divinidad. El paganismo, sin embargo, nunca pretendió ninguna reconciliación con lo divino, sino en cualquier caso, un trato de favor o, en su defecto, un reset que restaurase la pureza de los orígenes frente a la degeneración del tiempo. Los dioses paganos estaban demasiado cerca —demasiado presentes— como para que se buscará un reencuentro, una religación. En cambio, con Yavhé la cosa cambia. Aquí su presencia es, de hecho, la de su ausencia. Desde la óptica del monoteísmo, Yavhé se revela como un Dios que está por ver, mejor dicho, por regresar. Únicamente un Dios que se ofrece como promesa de sí puede reclamar la fe —la confianza, la esperanza— del hombre. Ahora bien, solo hace falta que nos hayamos cansado de esperar el regreso de papá como para que nos digamos a nosotros mismos que papá ha muerto. No es casual que el desencantamiento del mundo tenga una raíz profética.

Franz: una coda

agosto 13, 2020 § Deja un comentario

En una entrada anterior, nos preguntábamos si el compromiso de Franz —su negativa a jurar fidelidad al Führer— fue ejemplar. Allí hablábamos del carácter superogatorio del mismo: admirable, pero quizá no ejemplar, al menos en el sentido moral de la expresión. No nos atreveríamos a acusar moralmente a quienes, por miedo, hicieron lo contrario. Y, sin embargo, también es cierto que, porque Franz se mantuvo fiel a Dios frente al horror, otros podrán seguir su ejemplo. Es como si la terquedad de Franz les diera las fuerzas de las que espontáneamente carecen. No es casual que niguna tiranía quiera producir mártires. Como dijera Tertuliano, su sangre es la semilla de la fe. Es por el espíritu de Franz —ese resto— que los hombres y mujeres se vuelven capaces de obedecer a la voluntad de Dios. Y en lugar de Franz, podríamos colocar al crucificado. El fue el primero. La fe, de tenerla, se la debemos a quien creyó antes por nosotros. Esto es lo que hay detrás de la fórmula paulina de la sola fide. Pues la fe que nos salva —y quien dice fe, dice esperanza— fue la del Hijo. Porque él tuvo fe donde ya no era posible seguir teniendo fe, podemos creer en su nombre. De ahí que el espíritu, cristianamente, no vaya por libre. O dicho de otro modo, incluso el espíritu tuvo necesidad de un cuerpo. Nada de Dios se nos da sin la mediación de la carne.

kénosis

agosto 12, 2020 § 2 comentarios

La fe cristiana —hay que admitirlo— apunta a un Dios bastante extraño. Pues un Dios que decidió hacerse siervo de Dios —un Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es— ¿hasta qué punto cuenta como Dios? La Encarnación implica un vaciamiento de la condición divina, una humillación, una renuncia. Dios, al encarnarse, desciende (y aquí el descenso no es geográfico). Podríamos decir que, al hacerse cuerpo, Dios se degrada como Dios. Cuando menos, porque la corporalidad de Dios va con la muerte de Dios —y una muerte abyecta. Ahora bien, un Dios mortal ¿no es acaso un oxímoron? La declaración de Nietzsche —Dios ha muerto— fue antes cristiana que nietzscheana. De hecho, el primero en proclamar que Dios había muerto en una cruz de hecho no fue Nietzsche, sino Tertuliano. Ciertamente, el cristianismo no se detiene en la cruz. De no haber habido resurrección, los discípulos de Jesús se hubieran quedado con el rabo entre las piernas. Es por la resurrección —y aquí dejamos a un lado de qué estamos hablando— que el que murió como un apestado de Dios pudo ser reconocido como Dios en persona. Como dijera Pablo, si Cristo no resucitó, la fe es una estupidez. Al fin y al cabo, Jesús murió como un fracasado —como un maldito de Dios. Tan solo con la resurrección, la cruz del Hijo se revela como una victoria sobre la muerte.

Sin embargo, ¿por qué Dios tuvo que abrazar la muerte para vencerla? ¿Es que no era suficiente un paraíso post mortem? ¿Acaso no basta con estar convencidos de la inmortalidad del alma para que la muerte no nos pueda? Quizá desde el prejuicio religioso, según el cual la esencia paradigmática de Dios ya se encuentra determinada de antemano, pero no desde la óptica del monoteísmo bíblico. La redención a la que aspira Israel no es la de las almas puras. Sencillamente, el hombre pierde su humanidad donde abandona la carne. Para Israel, el hombre no es un alma encerrada en un cuerpo, sino un cuerpo animado por el aliento de Dios. De ahí que, en las apariciones que narran los evangelios, se destaque la corporalidad, aunque transfigurada, del resucitado. El Jesús que regresa con la vida de Dios conserva las marcas de la cruz. En modo alguno, estamos hablando de un espectro dichoso. No es causal que la resurrección sea para Pablo el indicio de una nueva creación, algo así como un reset cósmico, un nuevo comienzo. O la redención tiene que ver con el hombre, o no hay redención. Es posible que ya no podamos creer en ello como quien no quiere la cosa. Pero este es otro asunto.

En cualquier caso, lo que resulta cristianamente decisivo es la identificación entre Dios-Padre y un crucificado en su nombre, identificación que el cristiano atestigua tras el tercer día. La revelación no dice tanto que Jesús es el Hijo de Dios —que también— como que Dios es Jesús. Ya no más Yo soy el que soy, sino Yo soy ese hombre que cuelga de un madero como un desarraigado de Dios. Y esto no deja las cosas de Dios como estaban. Pues lo que se nos está diciendo es que el Padre no es nadie sin el Hijo (y viceversa). O mejor, es un nadie que clama por ser alguien. Y esto equivale a decir que el Padre es impotente sin el Hijo (y vivercersa). En Getsemaní, el Padre no pudo hacer más que guardar silencio. De hecho, su palabra —su respuesta— fue un crucificado que muere —y muere sin Dios mediante— perdonando a sus verdugos. Cristianamente, Dios es el Dios que acontece entre el Padre y el Hijo. Al margen del crucificado, el Padre no es más —aunque tampoco menos— que la voz que clama por el hombre. Sin duda, estamos en las antípodas del presupuesto de la religión, el cual da por sentado, precisamente, que el modo de ser Dios se encuentra determinado de antemano. Pero si el cristianismo está en lo cierto, el modo de ser de Dios estuvo pendiente de un hilo hasta el Gólgota. Y esto resulta tan desconcertante, si lo pensamos bien, que todavía estamos lejos de aceptarlo. Que Dios se hizo hombre para la redención de la humanidad es algo que no podría confesarse de no haber habido resurrección. Pues el resucitado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quien sabe qué significa la palabra Dios, sabe que un dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser divino.

Por tanto, no es casual que la dogmática proclame que Dios se hizo hombre —y no solo adoptó su aspecto—… sin dejar de ser Dios. Desde una óptica religiosa, no hay manera de entenderlo. Solo desde la realidad de un Dios que no quiso ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Desde esta óptica, Jesús no es un hombre de Dios, entre otros, sino el modo de ser de Dios. Y esto tiene que ver antes con Dios que con el hombre. Evidentemente, donde el cristianismo pacta con las espiritualidades difusas del océano con el propósito de hacerse más digerible para las entendederas modernas, pierde de vista su hallazgo más fundamental —lo que es lo mismo que decir que deja de ser cristianismo. Esto debería ser obvio. Pero no lo parece si tenemos presente cuántos hoy en día, incluso sacerdotes, se apuntan a este carro. Y aquí, más que de una actualización del cristianismo, deberíamos hablar de su desintegración. Con todo, no sería la primera vez.

el diálogo entre el creyente y la Modernidad

agosto 11, 2020 § Deja un comentario

Cuando leo a los teólogos progres, a menudo tengo la impresión de que, en su diálogo con la Modernidad, hay más de disculpa que de argumentación. Como si la música de fondo fuese en realidad no somos tan supesticiosos —y esto se halla muy cerca de sostener que en realidad no decimos lo que parece. Aquí hay algo de legítimo, cuando menos porque para comprender el cristianismo antes hay que aprender a leer. La cosa cambia cuando, en su intento de hacer las paces, sostienen, pongamos por caso, que proclamar la resurrección es lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en nuestros corazones. O que cuando nos dirigimos a Dios en último término no hacemos más que sintonizar con el espíritu del amor. El resultado es, ciertamente, un cristianismo aceptable para el prejuicio moderno. Esto es, un cristianismo que se presenta como una opción entre otras dentro del mercado de las espiritualidades. Pero donde aceptamos al Dios que se reveló en la cruz como quien no quiere la cosa, lo más probable es que no hayamos hecho mucho más que sustituir un ídolo por otro. El kerigma cristiano no termina de cuadrar con la Modernidad. Entre otras razones porque el presupuesto de los tiempos modernos es que no cabe otra trascendencia que la de un mundo aún por explorar. Pero como tampoco cuadró con los de la Antigüedad. En realidad, no cuadra con ningún mundo. Ni siquiera con el que imaginamos como sobrenatural.

las gritonas

agosto 10, 2020 § 2 comentarios

Cito a Javier Melloni (de su El Cristo interior): orar es ver a las personas desde la profundidad de la que emanan; es también percibirlas desde el final, desde la plenitud a la que todo está llamado […]. Orar supone ese lento girar de la mirada, de la escucha, de la sensibilidad, de la mente y el corazón traspuestos, para vivir las diversas situaciones desde el origen que las posibilita e impulsa. Está muy bien lo que dice Javier, dejando a un lado que esto del orar admite unas cuantas variantes. Junto al apartamento que ahora ocupamos han llegado unas vecinas de una cierta edad. No es que hablen alto: hablan gritando. Y hablan mucho. Lo que gritan es, habitualmente, desagradable, soez. Es inevitable sentir un cierto desprecio. Molestan como pueden molestar las chinches. Javier, en continuidad con la mejor tradición espiritual, propone verlo con otros ojos. Al fin y al cabo, unos y otros, no dejamos de ser unos indigentes. Aun cuando, una vida examinada, como decía Platón, posea más valor desde la óptica del mundo, una óptica, en definitiva, natural. El mundo pone a cada uno en su lugar. A unos arriba, a otros en medio. Y a una buena parte, afuera. Sin embargo, este es el problema. Que el lugar en el que nos pone el mundo no es el lugar que nos corresponde como hijos de un mismo padre, por decirlo así. Ver lo que nos rodea con los ojos de la bondad —más allá de las vísceras— nos libera de las tenazas de una jerarquía superficial. Sin duda, es mejor verlo así. Pero no nos sitúa por encima. En realidad, nadie puede asegurar quién dará el primer paso en el momento de la verdad, aquel en el que se nos exige una respuesta (y no tan solo una reacción). De hecho, según los evangelios, serán las gritonas, y no los escribas, quienes te ofrecerán el pan de cada día cuando te falte.

Ahora bien, y dicho sea de paso, donde permanecemos sepultados por el horror, la oración difícilmente puede concretarse como un ver a las personas desde la profundidad de la que emanan. Al menos, porque en los Gulag de la historia, esa profundidad es también la del abismo. Y en el abismo, lo que nos conmociona espiritualmente no es tanto nuestro sufrimiento como el de los demás. Ahí probablemente las gritonas lleven la iniciativa espiritual. Pues, como decía Metz, al fin y al cabo, rezar no es mucho más que pedirle a Dios por Dios. Una profundidad que no termine en un clamar por Dios corre el riesgo de caer en la autosuficiencia del estoico, por no hablar de creer que podemos alcanzar la transfiguración por nuestra cuenta. En Getsemaní, de hecho, hubo más grito que contemplación. Y porque ese grito fue la última expresión de una fidelidad incondicional, el crucificado se reveló como la respuesta de Dios a ese clamor —en definitiva, como su cuerpo— y no simplemente como un maestro espiritual.

de la izquierda y el poder (2)

agosto 10, 2020 § Deja un comentario

De momento, las izquierdas andan demasiado obsesionadas con las luchas culturales como para caer en la cuenta de cuál es el verdadero tema. La libertad política no pasa por poder elegir, pongamos por caso, el sexo como quien elige una marca de refrescos, sino por liberarse de cuanto nos somete con naturalidad. Ahora bien, esta naturalidad no es la de la naturaleza —nadie es menos libre porque no pueda elegir su sexo—, sino la del artificio que pasa por natural o inalterable. En realidad, donde la izquierda se centra en una libertad entendida a la manera del consumidor termina por bailarle el agua al sistema. Las luchas culturales, dejando a un lado su relativa legitimidad, no dejan de ser una maniobra de distracción. De ahí que, para una izquierda responsable, lo primero sea revelar el carácter invisible del poder al que estamos sometidos. Y este carácter tiene que ver actualmente con la transformación del dinero en deuda. Mientras el dinero siga siendo lo que ahora es no hay programa emancipador que valga. Pues, contra lo que aún ingenuamente suponen las izquierdas, la desigualdad no disminuirá porque distribuyamos mejor, aun cuando los parches de la distribución contribuyan, sin duda, a mejorar el nivel de vida de unos cuantos. Precisamente, porque el dinero es lo que es, las políticas del reparto están abocadas a alimentar la bestia (y de esto fue más consciente Keynes que los keynesianos). O mejor dicho, dichas políticas dependen de que la bestia siga siendo la que es. Algo no termina de funcionar donde un trabajador apenas puede pagarse una vivienda digna o ahorrar para su vejez, donde el desempleo termina viéndose como la constante gravitatoria del sistema. Por no hablar del desastre ecológico que nos viene encima. Y aquí no hay parches —o compensaciones— que valgan. Ciertamente, la modificación del dinero-mercancia en dinero-deuda hizo posible el desarrollo moderno de Occidente. Pero las condiciones de posibilidad de dicho desarrollo constituyen al mismo tiempo su non plus ultra —o por decirlo a la marxista, las condiciones de su implosión. Al personal se le pondrían los pelos de punta, por ejemplo, si supiera que el dinero que cree tener en el banco en realidad no lo tiene… a pesar de que los mecanismos del sistema le permitan creer que lo tiene. Las crisis económicas que nos azotan últimamente tienen que ver, no tanto con una distribución desigual, sino con el hecho de que el dinero que corre por ahí hace tiempo que dejó de ser contante y sonante. O mejor dicho, la desigualdad hoy en día no encuentra su origen en la acumulación de capital —en la apropiación indebida de la pluvalía—, sino en el hecho de que los medios de cambio circulantes —el dinero— es creado de la nada a través, en última instancia, de la intervención de los bancos centrales. La paradoja de las políticas expansivas —aquellas que intentan salir de la crisis con un aumento significativo del gasto público y, por extensión, de la deuda pública— es que constribuyen a aumentar la desigualdad donde pretenden reducirla. Pues el aumento del gasto público solo será posible trayendo al presente, por decirlo así, dinero del futuro —dinero que aún no es tal… porque aún está pendiente de que lo sea. Y que lo termine siendo o no dependerá de que con el dinero” creado de la nada se produzcan aquellos bienes que, por defecto, deben respaldarlo. De no ser así, el sistema terminará colapsando. Y colapsa cuando el nuevo dinero desaparece en la nada de la que nació. Ciertamente, aquí no todos pierden. De hecho, pierden los que viven de su sueldo —o de los beneficios de una pequeña empresa. En cambio, ganan los que, por estar mejor situados, se anticipan al desastre convirtendo su dinero en bienes de alta liquidez. El sistema pende de un hilo donde el dinero contante y sonante —o en técnico, el dinero-mercancía— se transforma en un pagaré, esto es, donde sistemáticamente se emite deuda como medio de cambio.

Para ver las costuras del sistema simplemente hay que tener presente qué es lo que el sistema presenta como sólido… no siéndolo en absoluto. En definitiva, cuál es la ficción que se nos ofrece como obviedad. Y actualmente, esta no es otra que las que hace posible la ilusión de tener dinero… donde solo poseemos deuda. Por eso los grandes bancos no pueden quebrar. Si quebrasen, caeríamos en la cuenta de que, en realidad, nunca tuvimos el dinero que habíamos depositado en ellos tan tranquilamente. Una cuenta corriente no es un recibo, aunque lo parezca, sino una deuda que el banco contrae con el depositante (aunque, estrictamente, estaríamos hablando de una deuda sobre otra, una deuda tranferida, pues el dinero que depositamos ya es hoy en día dinero-deuda). Cuando alguien abre una cuenta bancaria, le presta su dinero al banco. Ahora bien, el banco, como sabemos, utiliza ese dinero para prestarlo a un cierto interés. Estrictamente hablando, una vez lo depositamos, dejamos de tenerlo: lo tiene otro, aquel al que el banco, precisamente, le concedió un crédito. Cuando pagamos en una tienda el banco salda parte de su deuda con el depositante. Y esto es posible porque el banco posee la suficiente liquidez o, en técnico, reservas (y si no, se las facilita el Banco Central). De ahí la ilusión de que el dinero que depositamos está a buen recaudo: como si estuviera en una caja fuerte. Pero no es así. No hay liquidez suficiente como para que la banca pueda saldar a la vez la totalidad de sus deudas. El riesgo del negocio bancario es, por tanto, sistémico. Pues consiste en contraer deudas a corto —un cuenta corriente puede ser liquidada en cualquier momento— contra activos a largo (los créditos que se cancelan). Y un activo a largo está por ver. En realidad, es una apuesta: se apuesta a que el prestatario será solvente. Un banco no tiene nada de sólido. Su solidez, como la de los antiguos dioses, posee los pies de barro.

desamparo

agosto 9, 2020 § Deja un comentario

La operación básica de la razón consiste en reducir la pluralidad a un denominador común —a un fundamento: todo es agua. Ahora bien, incluso en lo que respecta a su operación básica, la razón no se ejerce sin presupuestos —y unos presupuestos, al fin y al cabo, valorativos. Precisamente, porque los esquemas elementales de la razón son binarios —sí o no; arriba o abajo; luz u oscuridad…—, la razón tiene que elegir entre uno de los polos a la hora de operar su reducción. Y esta elección, como es obvio, carece de razones. Se trata de una elección cultural, por decirlo así. Como sabemos, en la Antigüedad nadie cuestionaba la primacía de lo superior. La organización política facilitaba, de hecho, esta percepción de base. Hay cielos —hay dioses— como hay nobles. Y nosotros estamos por debajo. Lo inferior se debe a lo superior —depende de lo superior. La razón de los antiguos operaba sobre este prejuicio. A ojos de la razón, la diversidad de lo que hay se reducía… a un origen que se encuentra por encima. El mundo que podemos ver y tocar se entendió, consecuentemente, como una derivación —una expresión o, si se prefiere, una degradación— de lo que fue en un principio, del ente supremo. Tan solo lo elevado propiamente es. En cambio, modernamente, lo que decimos de manera espontánea es que cuanto se nos presenta como superior no es más que una variación de lo inferior (y aquí uno podría preguntarse qué papel ha jugado el cristianismo con su Dios humillado para la redención de los hombres). En vez de lo superior tenemos únicamente un aumento de complejidad. Desde la óptica moderna, podemos decir, por ejemplo, que el desamparo que constituye la existencia no es más que una sublimación teórica del desamparo infantil, el cual, se supone, no posee la densidad de una esencia. De acuerdo. Sin embargo, no estamos más cerca de la verdad por verlo de este modo. Un antiguo podría decirnos perfectamente que gracias a la proyección sobre el presente de los sentimientos de la infancia hemos sido capaces de dar en el clavo. Ahora bien, tampoco podríamos decir sin ruborizarnos que el antiguo esté en lo cierto. De ahí que, en relación con la cuestión sobre lo que es en verdad, sigamos en el aire. O también, pendientes de una última palabra que, sin embargo, no sabemos quién llegará a pronunciarla. Aunque, ciertamente, podamos tener una creencia al respecto.

de la izquierda y el poder (1)

agosto 8, 2020 § Deja un comentario

Desde el lado de las izquierdas, el compromiso político de la ciudadanía se concibe como presión —y una presión avalada moralmente. Se trata de apretar en la dirección de una sociedad más justa o, si se prefiere, de algún proyecto emancipador. Como si la pugna política fuera como el juego de la soga en donde gana el equipo que tira de un extremo con más fuerza. Sin embargo, uno podría preguntarse si la comparación es adecuada, esto es, si quienes ejercen un verdadero poder están, de hecho, jugando al mismo juego que quienes se encuentran por debajo. Pues llama la atención que, cuando las izquierdas consiguen gobernar, difícilmente pueden llevar a cabo su programa… más allá de lo cosmético. Tarde o temprano, topan con un no es posible, un no que se pronuncia desde el exterior del juego político. Tomarse en serio el poder supone tomar en serio la naturaleza de esta imposibilidad. Y es que el ejercicio del poder no consiste tanto en doblegar como en situar al vencido en la impotencia. El poder, sencillamente, establece los límites de lo posible. Es dentro de estos límites que se despliega el juego de lo político… como si fuera una lucha por el poder. Pero el verdadero ejercicio del poder es anterior a dicho juego. El poderoso no juega, sino que establece las reglas de juego. En este sentido, todo poder es divino. Las leyes democráticas, como sabemos, se justifican como una limitación o distribución del poder. Sin embargo, el poder, por defecto, se sirve de la leyes que, en principio, pretenden limitarlo. De ahí que un pensamiento político que pretenda estar del lado de los que apenas cuentan tenga que comenzar reflexionando sobre aquello de lo que depende, hoy en día, el poder que divide el mundo entre los que valen y los que sobran. Dicho con otras palabras, las izquierdas seguirán dando palos de ciego donde no tengan en cuenta que el tema ya no es tanto la distribución de las rentas generadas por la producción de bienes y servicios como los factores que determinan lo que va a ser aceptado como dinero (y, de paso, su producción). Y no porque quien posee mucho dinero posea mucho poder, aunque también, sino porque el verdadero poder consiste en decidir qué va a emplearse como medio de cambio. Pues el dinero ya no es lo que fue (y aún espontáneamente diríamos que es). Y si hablamos aquí de decisión es porque en modo alguno es obvio que se trate, precisamente, de una decisión. No tiene nada de anecdótico que Facebook quisiera —y siga queriendo— emitir su propia moneda.

el otro teorema de Pitágoras

agosto 7, 2020 § Deja un comentario

No escribas sobre la nieve, fue una de las prohibiciones de Pitágoras. Como también la de comer habas. ¿Por qué?, se pregunta Ciorán en sus Cuadernos. ¿Qué profundidad —qué sabiduría— esconden? ¿Quizá porque nada de lo que lleguemos a escribir permanecerá sobre ella? Aunque quizá deberíamos preguntarnos si acaso esa sensación de profundidad no será un trampantojo… como el que provocamos al poner las manos, una sobre otra, dejando un hueco entre ellas. Basta con imaginar a Pitágoras anotándolas borracho para hacernos una idea de que lo que hay aquí en juego no es la profundidad, sino nuestra necesidad de profundidad —de que la vida no se reduzca a lo obvio, de que aún quede una tapa por levantar. Al fin y al cabo, lo oculto siempre fue el horizonte regulativo de la verdad.

la fe como postura (y 3)

agosto 6, 2020 § Deja un comentario

En principio, la posición básica en la que permanece el creyente apunta al Dios que pronunció el Sí en el origen de los tiempos. Y precisamente porque se trata de una posición básica estaríamos ante un irrenunciable de la fe. La reflexión no puede tomarla por objeto sin alterarla, esto es, sin desplazar de su posición inicial al creyente que se pregunta por su verdad. No obstante, ante este Dios caben dos sub-posiciones —dos creencias—, a saber, la que lo da por descontado como el Dios cuyo modo de ser está determinado de antemano; y la que entiende que, tras la caída, Dios quedó herido de muerte al no poder seguir reconociéndose en su imagen primordial. Así, o bien la caída —la separación— no afecta a Dios o, por el contrario, lo afecta (y lo afecta hasta el punto de perder de vista, por decirlo así, su modo de ser). No parece que estemos ante el mismo Dios. En el primer caso, Dios es el que es al margen del hombre. En el segundo, Dios no quiere ser sin la adhesión del hombre (y este no querer debería comprenderse como la voluntad que Dios, en última instancia, es). El primer Dios, el de la típica conciencia religiosa, es un Dios que no resiste el dilema de Epicuro —o Dios, en tanto que omnipotente, es indiferente a la suerte de los hombres; o Dios no es omnipotente y, por eso mismo, no es Dios. A la pregunta ¿por qué Dios permite que haya tantos hombres y mujeres sufriendo lo indecente? La pregunta presupone que Dios podría evitarlo si quisiera. De ahí que la cuestión de la teodicea —por qué hay Mal, habiendo Dios— tradicionalmente haya tendido a exculpar a Dios… para así poder salvar su divinidad. Como es sabido, a lo largo de la tradición judeocristiana, desde los profetas hasta Agustín, se ha atribuido el Mal a la desobediencia del hombre, a un uso desviado de su libertad. Pero ante el exceso del mal, cuesta imaginar que un Dios, por naturaleza bueno, se quede con los brazos cruzados. El problema no es el sufrimiento, sino su carácter excesivo, sobrehumano. Un padre puede dejar que un hijo asuma las consecuencias de sus actos. Mejor dicho, debe hacerlo. Pero sería un mal padre si no intentase salvarlo de la desgracia. Aun cuando el hijo hubiera ido de cabeza hacia ella.

Otro asunto es que Dios no pueda evitar el Mal, con mayúscula. Y aquí iríamos a parar a la segunda sub-posición acerca de Dios, la propiamente cristiana. Desde este punto de vista, el Mal también respondería al ejercicio de nuestra libertad. Pero estaríamos ante una libertad cuyas consecuencias, como sugeríamos antes, afectan no solo al hombre, sino también a Dios. Mejor dicho, afectan al hombre porque afectan a Dios (y viceversa). Aunque quizá deberíamos decir que afectaron (y siguen afectando). Pues hablamos de una libertad trascendental, casi en el sentido kantiano de la expresióm, aquella por la que el hombre decide alejarse de la Presencia. Es con el desprecio de Adán que Dios deviene un Dios impotente, algo así como un oxímoron. Podríamos decir que a partir de ese momento, anterior a la historia, Dios se queda sin cuerpo con el que operar en el mundo. A través de la negación del primer hombre, Dios fue sepultado en un pasado inmemorial —y sepultado como el fantasma que clama por volver a ser en el el hombre, por reconocerse de nuevo en su cuerpo. De ahí que, bíblicamente, de Dios tan solo oigamos una voz, aquella cuyo eco escuchamos en el llanto de los que sufren el retroceso de Dios, el sello de su radical trascendencia. Y es que, desde esta perspectiva, la trascendencia de Dios no puede concebirse en términos espaciales, como si simplemente Dios permaneciese oculto tras el muro que nos separa de Dios, sino en clave temporal. Dios no se encuentra estrictamente oculto, ni tampoco eclipsado por el mundo, sino desplazado a un pasado anterior a los tiempos históricos (y por extensión, a un futuro igualmente absoluto: no deberíamos olvidar que biblicamente Dios se revela como promesa de Dios). Y esto equivale a decir que Dios, tras la caída, es el Dios que aún no es nadie sin la fe del hombre —pues no quiso ser sin el hombre—, el Dios que tiene pendiente, precisamente, su identidad o modo de ser. De no tener esto en cuenta, va a resultar difícil comprender, cuando menos, la proclamación cristiana de Jesús como el quien —el modo de ser— de Dios, y no solo un representante, entre otros, de una paradigmática bondad, la que, según el homo religiosus, define a Dios. Por eso, no debería extrañarnos que, desde la perspectiva religiosa, la divinidad de Jesús acabe entendiéndose implícitamente a la manera del viejo monofisismo (o de cualquiera de sus variantes). Como si Jesús fuese Dios mismo, aunque con aspecto humano. Como si el cuerpo no tuviera nada que ver con Dios. O en el caso de que los tiros no fuesen por ahí, como si su divinidad fuese tan solo el resultado de una exaltación. Pero cristianamente, y aquí la dogmática trinitaria sirve de cortafuegos, no cabe hablar de Dios-Padre si no es en relación con el hombre que fue Jesús. Y viceversa.

espiritualidad y asco

agosto 5, 2020 § Deja un comentario

… hasta llegar a sentir asco de la bestia —la que habita fuera y la interior. Aunque de entrada nos seduzca. Aunque de entrada nos dé la impresión de que la bestia rubia es un dios. Esto es, llegar a un punto en el que el poder de la fuerza bruta nos provoque arcadas. Sin embargo, es posible que para lograrlo necesitemos servirnos de la imagen de un arcángel. De no hacerlo, cuesta creer que haya más superioridad en la bondad que en los rugidos de Moloch. Al fin y al cabo, la cuestión fundamental es quién terminará venciendo. Y si no nos parece que esta sea la cuestión quizá sea porque nos pasamos demasiado tiempo distraídos con nuestras cosas (incluyendo aquí el ir de compras).

contra el denominador común

agosto 4, 2020 § 1 comentario

Para los partidarios de la tesis transconfesional, todo dios es, en definitiva, el mismo Dios; incluso la nada de los budistas. Las diferentes espiritualidades deben, pues, entenderse como diferentes modos de aproximarse una cima inalcanzable. Cada creencia percibe solo un aspecto de Dios. De acuerdo. Pero ¿acaso no es esto el resultado de una abstracción? ¿Es que no podríamos darlo por descontado… desde la atalaya del espectador? Aquí no estamos tan lejos del todo es agua de Tales. Ahora bien, por eso mismo, el sujeto que hay detrás ¿puede tener fe al margen de su convicción de que hay algo, se supone que bueno, por debajo de la crosta del ego? ¿Acaso lo que se presenta como conclusión no es más bien un prejuicio —y un prejuicio racional? ¿Es que un dios-denominador-comun no presupone haber puesto las religiones dentro de un misco saco? ¿Que nada hay que confesar? Ciertamente, la separación es el dato inicial. Y de ahí que la voluntad de religación sea algo así como una constante de lo humano. Pero nos equivocaríamos si entendiéramos las religiones solo como distintas tácticas, históricamente determinadas, de volver a casa. La cuestión decisiva es a qué Dios pretendemos vincularnos. Y no es lo mismo un Dios que pende de una cruz que la nada del budismo-zen. No es lo mismo un Dios-qué, el cual solo nos exige un saber a qué atenernos, que un Dios que reclama, precisamente, nuestra confesión para llegar a ser el que es. La distinción mosaica entre el verdadero Dios y el falso no puede resolverse diciendo que el verdadero Dios es, en definitiva, un denominador común. De hecho, esta fue, tradicionalmente, la función de la divinidad suprema del paganismo. La universalidad del Dios bíblico no es la del arkhé —la del ente que confiere unidad a los diferentes modos de lo divino—, sino la de un Dios esencialmente desaparecido, y no meramente oculto tras las bambalinas del mundo, un Dios que, desde la óptica cristiana, tuvo pendiente su quién hasta el Gólgota. Desde el lado del hombre, todas las religiones son variantes de una religión universal, por decirlo así. No, desde el lado de Dios. Un dios-denominador-común ¿puede sacar al hombre del quicio del hogar? Quizá de su posición de confort, como suele decirse ahora, pero no de su posibilidad. Decía Cioran, literalmente, que ya no nos hacemos preguntas sobre Dios, sino sobre las formas de Dios. Y no le faltaba razón. El retorno a la religión que se percibe en Occidente no supone un retorno a Dios, sino a la idea abstracta de Dios y, en definitiva, a la necesidad de recuperar una vida que hemos perdido de vista. Y aquí hay un síntoma que no deberíamos despreciar. Sin embargo, la pregunta que tendríamos que plantearnos es cómo afecta la tesis transconfesional —el saber que todo Dios es el mismo Dios— a la posición que uno ocupa con respecto a lo que nos supera por entero. ¿Cómo puede uno tomarse en serio la invocación de un Dios crucificado donde da por sentado que, al fin y al cabo, también podría disolverse en el nirvana?

un dios no puede tenernos en cuenta

agosto 3, 2020 § Deja un comentario

Ya lo dijo Epicuro: hay dioses, pero no se ocupan de nosotros (¿cómo podría hacerlo un dios?) Los niños continuan jugando tras las alambradas de Auschwitz. El cosmos sigue impasible. No se rasgó el velo del Templo. De hecho, las tinieblas no cubrieron el Gólgota —esto tuvo que decirse. Malick hubiera filmado la crucifixión bañada de luz. El exceso de lo real es divino. Pero, por eso, permanece indiferente a la suerte de los hombres. Hay beatitud en la Presencia. A momentos, se nos dió la paz de Dios. Pero no es para nosotros. Tampoco debería extrañarnos, tratándose de la paz de Dios. De ahí la audacia del cristianismo cuando proclama que Dios renunció a su divinidad por amor a los hombres. Aún estamos lejos de comprenderlo.

Franz (y 6)

agosto 2, 2020 § Deja un comentario

Los verdaderos oponentes de Franz, mejor dicho, de la verdad que encarna su compromiso, no son los campesinos que, con temblor de piernas, juraron fidelidad al Führer, sino los que lo hicieron cínicamente. En el fondo, decían, todo da igual. Desde la óptica de la eternidad, un genocidio se encuentra en el mismo plano que la sonrisa de un niño o el crecimiento de la hierba. Para los primeros, Franz es un héroe, el hombre que les permite seguir creyendo en la posibilidad de un nuevo comienzo (y de paso, seguir soportando su propia tibieza). Para los segundos, en cambio, un estúpido —un niño obstinado. Si queremos comprender el alcance del gesto de Franz, deberíamos inicialmente ponernos del lado de estos últimos. Pues espontáneamente es nuestro lado. Diría que solo así podemos caer en la cuenta de la enorme distancia que media entre Dios y el mundo. De lo contrario, no hay revelación.

del sueño y el insomnio

agosto 1, 2020 § Deja un comentario

En los cielos, ¿quién se atrevería a dormir? ¿Qué alma pura podría siquiera desconectar de la Presencia? ¿En qué soñaría? ¿Acaso su sopor no traduciría una secreta blasfemia? Pero la eternidad que se nos prometió ¿no encuentra su anticipo en las crispaciones del insomnio? ¿Acaso no se nos revelará entonces, cuando sea ya demasiado tarde, que la dicha solo pertenece a los mortales?

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para agosto, 2020 en la modificación.