ser y pensar es lo mismo: sobre Parménides de Elea

septiembre 30, 2020 § 2 comentarios

El pensamiento occidental se asienta sobre la sentencia de Parménides, según la cual ser y pensar es lo mismo. Traducción: tan solo es lo que encaja dentro de las exigencias de la razón (pues, como sabemos, la razón obliga). No cabe pensar contra los principios de la razón. Por ejemplo, todo lo que digamos con sentido o es verdadero o no lo es. En modo alguno, cabe una tercera opción. Esto lo sabemos de entrada, es decir, antes de cualquier contacto con el mundo, de cualquier ver y tocar. Dicho en el argot filosófico, lo sabemos a priori. Sin duda, podemos ignorar si lo que decimos o nos dicen es verdadero o falso. Pero lo cierto es que tiene que ajustarse a los hechos… o no. Desde la óptica de la lógica, el gato de Schrödinger está vivo o muerto. No puede estar, a la vez, vivo y muerto (de ahí que la mecánica cuántica sea tan desconcertante, por no decir, incomprensible). También sabemos a priori que todo es, al fin y al cabo, modificaciones de una y la misma cosa. Esto es, con anterioridad a la experiencia, la razón presupone que el mundo es mundo porque tiene un fundamento —un arjé—… aunque, de momento, no sepamos en qué consiste. Si continuamos investigando —si seguimos intentando descubrir ese arjé— es, precisamente, porque tiene que haberlo. Y esto es lo mismo que decir que la necesidad de un arjé no es algo que hayamos podido constatar a través de una cuidadosa observación. Al contrario: si cabe observar cuanto sucede en el mundo es porque hay mundo. Y que haya mundo depende de que demos racionalmente por sentado que hay un fundamento, aun cuando ignoremos su naturaleza o definición. Si la razón no diera por obvio que todo reposa sobre un principio —que todo obedece a la naturaleza de una cosa última— no habría mundo. No podría haberlo. El arjé es lo que confiere unidad al mundo, lo que hace posible que podamos hablar de una totalidad: todo no es más que… Si cabe hablar del todo es porque una de las operaciones básicas de la razón consiste en la reducción de la diversidad a un denominador común. La totalidad no es, de hecho, observable. El acceso a la totalidad solo puede ser racional. Consecuentemente, decir mundo equivale a decir que no todo es posible. Pues lo posible es lo que naturaleza de la cosa última —el denominador común— admite como posibilidad. Cuanto es no es más —ni menos— que una modificación del arjé, un modo de ser de esa cosa última. Donde todo fuera posible, no habría mundo —no habría cosmos—, sino caos. En verdad, el caos es lo que no puede ser. Un mundo caótico es, sencillamente, inconcebible y, por eso mismo, imposible: tan solo lo racional es posible. El mundo es mundo porque cuanto es en el mundo se encuentra sometido a lo que da de sí el arjé. Si el mundo a veces nos parece un desorden es que aún no hemos dado con el principio del orden, con su Ley.

Ahora bien, lo que también exige la razón —mejor dicho, la conciencia racional— es que las sensaciones o ideas que podamos tener de lo real es, precisamente, de lo real. En este sentido no es casual que logos en griego, la raíz de nuestra palabra razón, signifique a la vez pensamiento y lenguaje. El decir lo que es supone, cuando menos, dar por supuesto que lo que es se encuentra afuera, en el exterior. Pues que el mundo sea el ámbito de las cosas que son es porque, en última instancia, podemos decir algo de algo. Para las bestias no hay mundo, aunque estén en el mundo. Para las bestias, nada es. Pues nada estrictamente se les muestra o aparece: su conducta es mera reacción a estímulos. Como si fueran máquinas complejas. Las bestias carecen de logos.

Por defecto, lo que es aparece bajo un aspecto u otro. Pero el aspecto que percibimos depende de nuestra sensibilidad o punto de vista. Si nuestra sensibilidad fuese otra —su fuéramos sensibles, pongamos por caso, a los infrarrojos, si nuestro cerebro no procesase las formas de los objetos tal y como lo hace— el mundo tendría, sin duda, otro aspecto. Y porque lo real se da siempre en relación con una sensibilidad o punto de vista, decimos que la percepción es relativa. Por eso mismo, las apariencias son contingentes o, si se prefiere, variables. Lo que hoy nos parece indiscutiblemente agradable o bello, otro día o bajo distintas circunstancias puede parecernos no tan agradable o bello. Es cierto que, inicialmente, tendemos a creer que las cosas son tal y como nos parece que son. Así, decimos de un acto que es, por ejemplo, aberrante porque lo sentimos como tal. Tampoco es casual que nos inclinemos a creer en las apariencias. Pues nada es que no aparezca, que no se haga presente —y presente a una conciencia—. La presencia es el sello de cuanto es. Sin embargo, lo que confiere realidad a lo que percibimos no es estrictamente la percepción —lo que nos parece que es, el aspecto que nos muestra lo real—, sino el algo del cual decimos, precisamente, algo en concreto. Ahora bien, porque ese algo al que atrubuímos determinadas propiedades queda oculto por sus rasgos, el algo siempre permanece más allá o por debajo de su aspecto (y en tanto que permanece por debajo, lo cual no deja de ser una manera de hablar, decimos que ese algo es sustancia, literalmente, lo que subyace y soporta un aspecto). Lo que confiere realidad a cuanto percibimos es, al fin y al cabo, ese resto invisible de lo visible. Y es que no cabe experimentar el algo en cuanto tal, esto es, al margen de los rasgos que manifiesta. De ahí que la razón lo dé por descontado. O dicho de otro modo, lo real en sí —esto es, al margen de su aspecto— solo puede ser pensado, en ningún caso percibido. En cualquier caso, percibimos su aspecto, en modo alguno el carácter otro del algo. De ahí que el algo no sea estrictamene cosa, ni siquiera última. Lo real —lo absoluto o enteramente otro— solo puede darse a la conciencia como concepto. Si llegásemos a experimentar una exterioridad pura —una exterioridad sin cosas—, la experimentaríamos como la presencia de la nada. Pues nada se hace presente en el puro y simple haber. El algo-otro es, en definitiva, el índice de la exterioridad. Lo primero es el puro y simple haber. Pero lo primero no es accesible a la sensibilidad. La sensibilidad no puede trascedender el horizonte de lo tangible. El límite de la sensibilidad es el mundo, el ámbito de las cosas. Ahora bien, hay mundo porque previamente —y esta anterioridad no es estrictamente temporal, sino lógica— hay un puro haber. Racionalmente, tiene que haberlo. El mundo es lo que hay. Pero el haber en cuanto tal —el ser, lo real al margen de su aspecto— no se muestra sensiblemente. No puede hacerlo. El puro haber permanece eternamente tras el velo de las apariencias. De ahí que solo pueda ser pensado. Un mundo puede resultarnos, sin duda, muy extraño. Para el aborigen del Mato Grosso que nunca ha visto a un hombre blanco, la ciudad de Nueva York es, literalmente, otro mundo —un mundo alucinante—. Pero si dicho aborigen puede decir que está en otro mundo es porque, cuando menos, es capaz de decir que en ese mundo hay cosas… aunque no sepa a ciencia cierta qué son. En definitiva, porque a pesar de las diferencias culturales, está sometido, como cualquiera de nosotros, al dictado de la razón.

Por tanto, cuando Parménides, el padre de la metafísica, se pregunta en qué consiste lo real —de que hablamos cuando hablamos de lo que es— se pregunta, en definitiva, por el carácter absoluto de lo real —por lo que cabe decir de lo real al margen de su mostrarse a una sensibilidad—. Y esto solo es posible a través del puro ejercicio de la razón. Únicamente la razón nos permite transcender el límite de lo aparente en la dirección de lo absolutamente real. Según Parménides, la razón se apoya sobre un principio fundamental: tan solo es lo que es; la nada no es. Aparentemente, estamos ante una perogrullada. Pero lo que se deduce de este principio en modo alguno lo es. Y lo que se deduce, precisamente, es que cuando hablamos de lo real hablamos de lo uno, lo eterno e inmutable, de lo infinito. Así, decir lo real equivale a decir lo uno, lo eterno, etc. Aquí conviene tener en cuenta que Parménides no está enumerando las propiedades de lo real —no dice que lo real sea una cosa eterna, inmutable… Pues no es cosa en absoluto. De hecho, las cosas son precisamente cosas porque se encuentran ancladas en lo uno, lo eterno, lo inmóvil, lo infinito o ilimitado… O mejor dicho, ancladas en la unidad, la eternidad, la inmutabilidad, la infinitud. Y esto tiene que ser así conforme a razón. Pues si lo real no fuera uno —o eterno, inmutable, infinito— nos veríamos obligados a admitir la realidad de la nada, lo cual es lógicamente inadmisible. Aquí hay que tener en cuenta que la nada no es el vacío; pues aunque nos imaginemos la nada como un inmenso vacío, este en cuanto tal ya es de por sí algo, a saber, un espacio vacío.

En este sentido, el algo del que decimos algo en concreto sería, en cualquier caso, uno y el mismo algo. Con respecto al algo-subyacente —a lo real en sí— no hay diferencia entre las cosas. La diferencia entre las cosas —su singularidad— salta, por decirlo así, con la atribución de propiedades. Como decíamos el algo sería el índice, la expresión lingüística del puro y simple haber. Y el puro y simple haber, en cuanto tal, es infinito, eterno, inmutable… De no ser así, no habría nada —no habría mundo—. Por eso mismo, no estamos hablando de una cosa en particular. Ni siquiera última. Parménides no es Tales.

Todo lo anterior es, sin duda, sumamente abstracto. De hecho, tan abstracto que roza lo ininteligible. Sin embargo, Parménides no hace más que exponer lo que cualquiera da por descontado, aunque no sea consciente de sus últimas consecuencias, cuando se refiere a lo que es en realidad. Así, cuando decimos de alguien, pongamos por caso, que es bueno —y no solo que lo parece— lo que damos por descontado es que siempre lo es. El problema es que, lógicamente, nada en concreto —ninguna de las cosas a las que nos enfrentamos— dura lo suficiente en su aspecto como para ser real. Todo pasa y nada termina de ser lo que parece. Y si creemos que hay algo eterno es porque no vivimos lo suficiente. Por eso, Parménides dirá que lo real se encuentra, en cierto sentido, más allá de lo sensible. O también, que lo real en cuanto tal solo puede ser pensado. La filosofía de Platón se encargará de sacarle punta a este lápiz. Sin embargo, será una punta que inevitablemente apuntará al pensamiento de Heráclito. Pues si lo real en cuanto tal no se muestra a una sensibilidad, en cierto modo podríamos decir que no es. Al menos, porque, por defecto, todo cuanto es aparece o se hace presente a una sensibilidad. Pero este es otro asunto.

el juego de las diferencias (y 3)

septiembre 30, 2020 § Deja un comentario

La fe no puede prescindir de la revelación. Esto de por sí, bastaría para diferenciar el cristianismo del budismo y sus variantes. Para el budismo, la salvación, si cabe hablar aquí en estos términos, depende de una mejor compresión del fondo de la existencia. Y en este sentido la iluminación de Buda está muy cerca de la gnosis. O si se prefiere, de las filosofías helenísticas. En cambio, para el testigo de la revelación, lo primero es la irrupción de lo imposible. Pues el mundo puede admitir dioses —de hecho, los admitió durante siglos—, pero en modo alguno un Dios crucificado. Con todo, el teólogo siempre estará tentado de convertir el kerigma en un mero caer en la cuenta, olvidando que la fe, antes que un saber incierto, es la confiada fidelidad a quien soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios que roza la inexistencia. Si hoy en día nos parece que el budismo y el cristianismo son diferentes modos de experimentar una y la misma trascendencia será porque previamente hemos convertido al Dios que se revela en la cruz en el océano al que todos los ríos van a parar.

el juego de las diferencias (2)

septiembre 29, 2020 § 1 comentario

El yo de la interpelación no es el mismo que el yo de la interrogación de sí. El punto de partida del primero es la irrupción del que representa a Dios: el excluido, el que no cuenta, el leproso. El del segundo, la falta de coincidencia con uno mismo, su inquietud por la verdad frente al brillo de las apariencias. Aunque ambos sufran la insuficiencia del mundo, no estamos ante la misma deslocalización. El primero debe responder. Al segundo, le basta con permanecer en suspensión. Para el primero, la libertad es fidelidad. Para el segundo, un estar por encima de cuanto pueda sucederle.

el juego de las diferencias (1)

septiembre 28, 2020 § Deja un comentario

Muchos de los que creen que creen se dejan embriagar por expresiones como el perdón o el amor de Dios. Pero precisamente porque lo primero aquí es la embriaguez, antes creen en el perdón que en el perdón de Dios; en el amor, que en el amor de Dios. De hecho, aunque no lo admitan, les sobra el de Dios. Es lo que tiene una época que no sabe qué hacer con Dios, pero que mantiene el poder de seducción de ciertas palabras. Como si fueran mágicas. Sin embargo, quizá las cosas serían un tanto distintas si partiéramos no ya del Dios que imaginamos, sino de aquel que incluso en los cielos encontraríamos en falta. No en vano, el cristianismo confiesa que del Padre no veremos otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Como tampoco es causal que la Biblia entienda que el diálogo con Dios se da siempre a través del ángel.

en busca del sentido

septiembre 27, 2020 § 1 comentario

Una cosa es creer que la vida tiene un sentido. Y otra muy distinta es caer en la cuenta de que no puede haber un sentido para el hombre. Aun cuando el mundo tuviera un hacia donde —una finalidad—. Y es que, una vez encajasen las piezas, no podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Quien comprende esta diferencia, comprende qué es la filosofía. Pues el precio de la lucidez que da el tomar distancias es la pérdida de nuestra primera ingenuidad. Y de paso, de la vida que hay detrás.

Zeus

septiembre 26, 2020 § Deja un comentario

El límite de lo teórico es el secreto de quienes se encuentran en la escena, su intimidad, su falta de coincidencia con ellos mismos, su insustancialidad. Un dios contempla a los hombres como los hombres observan cuanto sucede en un hormiguero. Así, constatará que hay hormigas que dicen yo. Pero no verá a ese yo. No podrá verlo. El límite de lo teórico es el límite de la potencia divina. No es casual que Sócrates, el descubridor de una profundidad sin dioses, fuese condenado por impiedad. De ahí la impotencia judía ante un Dios escrutador de corazones. Frente a Yavhé no hay escapatoria posible. A menos que uno esté ante Dios, sin Dios. Aunque, por poco que sepamos leer, nos daremos cuenta de que si Dios alcanza el corazón de los hombres es porque carece de la entidad propia de un dios. Al fin y al cabo, la mirada de Yavhé —la que nos avergüenza— es la de aquellos que ocupan su lugar: los excluidos, los que huelen mal, los sobrantes. Son ellos, más incluso que la búsqueda de uno mismo, los que nos sacan de quicio —los que abren la existencia a la posibilidad de un comienzo—.

principio de inercia

septiembre 25, 2020 § 1 comentario

“Cada vez veo menos claro esto de Dios…” dice quien se deja llevar por los tiempos. Normal. Esto es lo que tiene una fe-suposición: que no aguanta el cambio de mentalidad. Sin embargo, el asunto es bien distinto para quien ha visto un gesto de perdón en medio del horror. Por su testimonio, la fe es, antes que una hipótesis, una esperanza. Cabe esperar lo mejor, aun cuando no podamos ni siquiera imaginar el cómo. Aquí el punto de partida es un quién —un cuerpo palpable—. Sin embargo, con el paso de los días puede incluso que nos dé igual. La fidelidad no está garantizada ni siquiera para el testigo. Algo parecido le ocurrió al cristianismo cuando la parusía, que se anunciaba inminente, tardó más de lo debido. A partir de ese momento, Dios comienza su fuga hacia los recovecos del alma. Y de ahí a prescindir de Dios media un paso. Aunque hayamos tardado unos cuantos siglos en darlo. Con todo, si lo de Dios es verdadero —y aquí por verdadero no hemos de entender la frase verdadera—, lo que perdimos al perder a Dios, sobre todo como la principal cuestión de la existencia, es la posibilidad de la verdad. O lo que viene a ser lo mismo, la impugnación del mundo.

supercuerdas

septiembre 24, 2020 § Deja un comentario

Somos como violines. Depende de quien nos pulse, sonaremos de un modo u otro. Así, hay quienes extraen de nosotros el mejor sonido; otros, el peor. Sin embargo, hay violines de todas clases. No suena del mismo modo un violín construido con amor que otro producido en serie. La madera importa. Y el cuidado. En cualquier caso, un buen músico es capaz de hacer milagros con un instrumento intocable. Además, las cuerdas también pueden poner de su parte, como quien dice. Pueden ayudar al principante a sonar bien. Por ejemplo, podrían poner la otra mejilla, devolver bien por mal, desarmar su ineptitud. En ese caso, al tomar la iniciativa, las cuerdas se pondrían en la piel del intérprete. Esto es, tendrían piedad del torpe. Al fin y al cabo, la compasión es un intento de salvar ese resto de bondad —ese resto de infancia— que hay en el maltratador. Con todo, a menudo no hay nada que hacer. La madera de un violín puede estar rota o deformada. Sería ingenuo —incluso presuntuoso— creer que la posibilidad del bien depende por entero de nosotros. El mundo tiene algo de intratable. Las ovejas suelen acabar esquiladas. Por no decir, en el matadero. Aunque lo cierto es que donde dejara de haber ovejas ya nada cabría esperar, salvo más infierno.

clase de física

septiembre 23, 2020 § Deja un comentario

Para comprender una religión hay que partir de lo físico. Pues, de entrada, un dios es algo palpable. Mejor dicho, se palpan sus efectos. En su origen, la creencia en lo sobrenatural se basa en lo natural, en el fenómeno, literalmente, extraordinario, fuera de lo común. Un volcán, un tsunami, la caída de un meteorito… fueron, antes que cosas que pasan, el indicio de un mundo superior. Incluso cabe decir algo parecido con respecto a una divinidad eminentemente moral —la propia de Israel—. Imaginemos, así, que los hombres se dividieran naturalmente en buenos y malos. Que la bondad o la maldad fueran de fábrica (hoy diríamos, cuestión de genética). Por eso mismo, no habría nada que hacer. El malo es mala hierba. En cualquier caso, podemos maquillar la naturaleza, pero no modificarla. Supongamos, sin embargo, que alguien llegara a ver la conversión a la bondad de un hijo de la ira. Ha sucedido lo que en principio es imposible. La conclusión, para una sensibilidad espontáneamente religiosa, es inmediata: Dios puede intervenir en el corazón de los hombres. Y por eso mismo, el hombre no está condenado a los límites de lo natural. Incluso el genocida podría comenzar de nuevo. De hecho, es lo que hizo Pablo. Sin duda, estamos ante un evangelio. Y donde se palpa la presencia de lo divino, la revelación no es simplemente un asunto interno, la expresión de una preferencia personal.

Todo cambió con Rousseau, como quien dice. Donde el hombre es bueno por naturaleza —donde lo que pervierte una bondad natural es la sociedad, el sistema—, la posibilidad de una transformación moral depende de lo que el hombre haga consigo mismo y su entorno, al fin y al cabo, de la revolución. No es casual que Rousseau sea, en cierto modo, un heredero de la Reforma. Pues el paso de una divinidad física a un Dios interior facilitó, precisamente, que al final llegáramos a olvidarnos de Dios. Hoy en día, para el viaje del alma nos bastan las alforjas de las energías positivas o la buena onda. O eso creemos. De ahí que cristianismo y progresismo no hagan muy buenas migas, al menos porque el mensaje cristiano no puede prescindir, sin alterarse significativamente, del relato de la caída. La idea de que solo un dios puede salvarnos, como dijera Heidegger en su última entrevista, probablemente no sin ironía, no casa con la fe en el progreso moral del hombre. Sin embargo, tampoco me atrevería a decir que el cristianismo se entienda mejor con las derechas, aunque históricamente haya sido así. No puede hacerlo, si el compromiso creyente por un mundo más justo es un irrenunciable de la fe. Es lo que tiene el contraste, nunca definitivamente resuelto, entre Dios y el mundo.

va de focas

septiembre 22, 2020 § 1 comentario

A diferencia de las focas —o las lombrices, o incluso los chimpancés—, no tenemos suficiente con lo suficiente. La foca bebe cuando tiene sed. Y ya está. Hasta que sienta de nuevo la garganta seca. En cambio, los hombres no tenemos suficiente con lo suficiente. La satisfacción no nos satisface. Aspiramos a algo más, aunque no sepamos bien en qué consiste. Por lo común, creemos que lo que nos falta es tener una cosa más. Pero en esto consiste nuestro error. Una cosa más siempre acaba siendo una cosa de más. Los tiros no van por ahí. A diferencia de las bestias, nunca nos encontramos (a nosotros mismos) en donde estamos. Como si fuéramos unos foráneos. Como si estuviéramos fuera de lugar. El todo no puede ser todo para quien existe —para quien deambula por el mundo como arrancado. Las focas no existen. Son. Y, precisamente, esto es lo que nos falta: ser como una foca. Traducción: ser alguien de una pieza, estar en paz con uno mismo (y de paso con los demás), en definitiva, integridad. El problema es que, una vez surge el alguien —el yo—, resulta inevitable hallarse a una cierta distancia del aspecto con el que, por otro lado, nos identificamos. Así, la cuestión es si vivimos en relación con la búsqueda o si, por el contrario, nos dejamos llevar por la inercia de los días como si la búsqueda no fuera con nosotros. En realidad, uno es lo que ama. Y amar es buscar lo que pide ser buscado aun cuando no quepa alcanzarlo. O por eso mismo. Al fin y al cabo, el síntoma del amor es cuanto más cerca, más lejos. Y quien dice amor, dice libertad.

hambre

septiembre 21, 2020 § Deja un comentario

Ochocientos millones de hambrientos en el mundo… ¿Y podemos soportarlo? Claro. Es lo que tiene la distancia. Ya se sabe: corazón que no ve… El problema es que, aun cuando nos mirasen de frente, también seguiríamos soportándolo. Simplemente bastaría con que siguiéramos con lo nuestro. Como el sacerdote y el levita de la parábola. No es causal que el único que se detuviese fuese un samaritano, alguien que en la época pasaba por un apestado de Dios. Pues hay que estar hundido para estar cerca de los hundidos. O por decirlo a la griega, solo lo semejante ama a lo semejante. Sin embargo, ¿todos los hambrientos son mis hermanos? Ante Dios —y porque, ante Dios, estamos sin Dios— no hay duda. Sin embargo, hay aquí algo de excesivo, por no decir delirante. Como cualquier asunto que tenga que ver con Dios.

la escuela moderna

septiembre 20, 2020 § Deja un comentario

Hace tiempo que la escuela, al menos por estos pagos, ha dejado de ser un campo para el cultivo del alma. La misma expresión suena demodé a oídos de nuestros adolescentes. Ellos están en Instagram o jugando al Fornite. De ahí que una escuela tenga que adaptarse, proponiendo actividades chispeantes. Así, al maestro se le pide, sobre todo, que haga de cheerleader. El resultado son chichos y chicas infantilizados que desprecian cuanto ignoran y que apenas toleran la frustación. Evidentemente, el suspenso es culpa del maestro: no ha sabido estimularlos lo suficiente (y de ello también están convencidos los padres, cada vez más imberbes). Es cierto que la escuela tiene que preparar para la vida. Y que, por tanto, hay que tener en cuenta dónde se encuentra el alumno… si no se quiere sembrar en el desierto. Pero solo para sacarlo de ahí, del lugar en el que habita tan cómodamente. Pues la vida no suele coincidir con nuestras fantasías. Ahora bien, lo que de hecho se da fácilmente por sentado es que esta preparación tiene que apuntar únicamente al desempeño de una profesión. El mensaje de fondo es el del mundo: de lo que se trata es de encontrar un buen trabajo y de divertirse cuanto se pueda. Esto es, esclavitud y soma. Ciertamente, aún hay escuelas que incluyen en su ideario grandes palabras: que si competencia humana, que si sensibilidad social, que si pensamiento crítico… Sin embargo, en la práctica poco se puede hacer al respecto donde las nociones de esfuerzo, disciplina, amor a la verdad… han dejado de ser socialmente vinculantes. En nombre del progreso educativo, la formación humana se ha transformado en un oropel.

Y, con todo, sigue siendo innegable que del mismo modo que uno tiene que cuidar de su cuerpo si pretende tener buena salud, debería igualmente cuidar de su alma si quiere dejar de ser un idiota, literalmente, alguien incapaz de salir de su interés más particular, el cual suele ser el eco de los intereses del sistema. En el cuidado del alma está en juego el desarrollo de un carácter y, en definitiva, la libertad, la posibilidad de estar por encima de lo que no importa en nombre, precisamente, de lo que en verdad importa. Donde la escuela olvida que su tarea principal es la formación del carácter se convierte en un taller. Nuestros jóvenes tienen que aprender que ellos no son el centro —que el centro se encuentra en lo que exige ser amado, esto es, perseguido eternamente—. Cuando menos, porque lo humano se juega frente a lo que nos reclama una entrega, aun cuando, a la manera de un límite asintótico, cuanto más cerca, más lejos. El otro día se lo decía a mis alumnos a propósito de las primeras líneas del Fedón, aquellas en las que Sócrates dice que de lo que se trata, al fin y al cabo, es de aprender a morir (solo quien tiene de algún modo presente que vivimos dentro de un plazo es capaz de distinguir entre lo que importa y lo que no). Su reacción no fue la del pasota. Al contrario. Pues el alma sigue estando ahí, aunque sepultada por un ruido ensordecedor. Pero me preguntaba qué comprenderán de lo que pueda decirles al respecto donde la mayoría ignora el significado de palabras como aberrante, insólito, consenso… Este, y no otro, es el resultado de las sucesivas reformas progres, las cuales han pretendido hacer tabula rasa del pasado, despreciando la diferencia que hay entre lo que debe ser renovado y lo que pide ser conservado.

A veces pienso que la deriva moderna hacia la trivialidad nos empuja a ser conservadores. Y es que lo mejor que una escuela pueda ofrecer a nuestros jóvenes es, precisamente, lo más granado de nuestra tradición humana e intelectual. De lo contrario, me atrevería a decir que nos dirigimos a nueva Edad Media en el terreno cultural —y quizá también económico—, en donde habrá unos pocos centros de excelencia, en el que estudiarán los hijos de los ricos, y para el resto, baratijas. En definitiva, o una escuela se convierte en un centro de resistencia, o lo que nos espera es la sumisión.

consuelo y verdad

septiembre 19, 2020 § 5 comentarios

La gente, por lo común, está hecha polvo. Vive la vida a presión, (y si no, lo que pesa es la costumbre: nada nuevo bajo el sol). También, y cada vez más, con desesperación. Muchos, sin duda, creen que son felices. Pero quizá porque no se preguntan si en realidad lo son. De ahí, la necesidad de tener con qué distraerse. Y si uno sufre más de la cuenta o pierde pie al preguntarse por el porqué, buscará algo con lo que consolarse. Hay mucha soledad (y con ella, su enmascaramiento: que si Instagram, que si postureo o buena cara). Preferimos ignorar la verdad o mejor, su búsqueda. Más bien, lo que compramos es ilusión. Que alguien nos diga, pongamos por caso, que hay alguien más allá que se preocupa por nosotros, aunque a veces no lo parezca. O que el astrólogo nos asegure que todo irá bien. O ceder a la fantasía romántica. Lo dicho, consuelo. De hecho, lo habitual es que los que apuntan a la verdad, aun cuando esta al final adopte la forma de lo paradójico —o puede que por eso mismo—, sufran el destino de Casandra. La verdad nunca fue una solución. O mejor dicho, una solución que estuviéramos dispuestos a admitir. Hace falta mucha musculatura para vivir en el espíritu de la verdad. Sobre todo, cuando va cargado de una esperanza en la que espontáneamente no podemos creer.

asuntos pastorales

septiembre 18, 2020 § 1 comentario

En la cancha cristiana, suele darse un exceso de tenemos que. Así, por ejemplo, desde el púlpito no es raro escuchar que como cristianos tenemos que experimentar la alegría de la salvación y obrar en consecuencia. No, tendríamos, sino tenemos. Como si se tratara de un propósito moral. Sin duda, el punto de partida de la fe —y aquí conviene tener en cuenta que tener fe es, antes que nada, un confiar— es la experiencia de la redención. Pero ¿cabe tenerla donde no sentimos ninguna necesidad de ser redimidos —donde lo habitual es la satisfacción—? Quien se encuentra hundido en la depresión —quien no tiene el pan de cada día con el que dar de comer a sus hijos— clama por el Mesías, por decirlo así. En gran medida, es ese clamor. Sin embargo, ¿qué salvación pueden esperar quienes aún creen en sí mismos, en su posibilidad? La fe es, sobre todo, una respuesta. Y una respuesta confiada a quien, tras habernos sacado del pozo en el que nos hallábamos, nos pregunta: ¿y tú quien dices que soy yo? Donde nos ahorramos la pregunta no puede haber fe, sino en cualquier caso una suposición entre otras. El tenemos que no va a ningún lado. A lo sumo, contribuye a acentuar un desenfocado sentimiento de culpa, por no hablar de la tentación pelagiana. Pretender experimentar la salvación donde no partimos del clamor supone forzar las cosas. Y de aquí a la neurosis media un paso. Quizá sería mejor reconocer de entrada nuestra falta de fe y, de paso, escuchar a quienes, con su testimonio, pueden hablarnos de Dios. Aunque, por lo común, tengan mucho que callar. O precisamente por esto.

dar por sentado

septiembre 17, 2020 § 2 comentarios

Que ya no podamos creer como antes —y aquí el antes tiene límites imprecisos— es evidente por una sencilla razón: Dios ya no se da por descontado. El creyente, en un momento u otro, tendrá que poner entre paréntesis su dirigirse a Dios como quien no quiere la cosa. Tarde o temprano, debería preguntarse de qué —o mejor dicho, de quién— está hablando cuando habla de Dios. ¿De un fantasma bueno? ¿De uno mismo? Sin embargo, esto de algún modo siempre fue así. La fe nace de la crisis de cuanto suponemos acerca de Dios. Como tal, esta nunca se impuso por defecto. En cualquier caso, lo que se da por defecto es la cosmovisión. Y porque la cosmovisión cristiana ha hecho aguas —porque ya no podemos creer como antes—, se nos da la posibilidad de una fe avant la lettre. Basta con leer con atención los relatos evangélicos. Pues estos nos hablan de lo que tiene lugar —y no simplemente pasa— cuando los cielos se derrumban. Ahora bien, lo que tiene lugar no es algo que podamos dar por descontado. De hecho, es lo imposible, lo que ningún mundo puede admitir como su posibilidad. Evidentemente, lo que tiene lugar o acontece solo puede expresarse por medio de un lenguaje disponible. Y un lenguaje disponible está al servicio de las cosas que pasan. Pero si leemos entre líneas los evangelios, caeremos en la cuenta de que, aunque lo parezca —e incluso se lo pareciese a los primeros cristianos—, nos se nos está hablando de las cosas que pasan. En este sentido, el kerigma cristiano fuerza el lenguaje disponible para obligarle a decir lo que, estrictamente, no puede decir. Al fin y al cabo, la revelación apunta a un Dios literalmente increíble —a un Dios que aún no es nadie sin la fe de un crucificado—. Y esto, sin duda, no deja las cosas de Dios como estaban.

el problema de lo político

septiembre 16, 2020 § Deja un comentario

La política encuentra su razón de ser —su principio de legitimidad— en el bien común. Pero lo que la explica es el conflicto, la lucha por el poder. De ahí que el bien común termine siendo algo así como un producto lateral. Según podemos observar fácilmente, interesa más la derrota del adversario que el acuerdo. En política, todo consenso es in extremis. Y evidentemente ello dependerá, al menos en tiempos normales, de lo que se considere una situación extrema. En definitiva, dependerá de la inteligencia práctica —la prudencia— de los políticos. Donde esta falta —y suele faltar— no habrá pacto que valga, mientras el enemigo pueda morder el polvo. Sobre el papel, los partidos que en principio representan intereses opuestos deberían lograr soluciones de compromiso. Pero no es lo que de facto sucede cuando lo que está en juego es conseguir el poder. Puede que las democracias solo sobrevivan donde quienes ejercen la política entiendan que deben mediar entre intereses enfrentados antes que representarlos. Por definición, todo poder tiende al poder absoluto. Y donde el objetivo es mantenerse en el poder o intentar alcanzarlo, no hay tiempo para mucho más. En este sentido, no es causal que tengamos la impresión de que el principal propósito de la oposición, sea cual sea su color, no es que el país funcione, sino el fracaso de quienes gobiernan. Que cuanto peor, mejor. Y viendo lo visto por estos pagos, casi estamos tentados de decir que, parafraseando a Unamuno, lo ideal sería que nos gobiernen otros. Jovellanos, en realidad, tuvo más sentido de Estado que aquellos patriotas que lo acusaron de afrancesado. Desgraciadamente, el percal sigue siendo más o menos el mismo.

contra el relativismo

septiembre 15, 2020 § 3 comentarios

Kafka escribe: el mesías vendrá cuando no sea necesario, vendrá un día después de su venida, no vendrá el último día, sino después del último. Caín, por su parte, responde a la provocación de Yavhé con una pregunta igualmente provocadora: ¿acaso soy el guardían de mi hermano? Las últimas palabras que escucharon quienes iban a ser inmediatamente gaseados fueron las de un sonderkommando: qué más da morir ahora que de aquí a cien años; desde el punto de la eternidad todos morimos al mismo tiempo. Siguiendo el dictado de nuestros días, podríamos decir que no hay verdad. Que con respecto a lo que es, no cabe trascender el punto de vista. Incluso la ciencia presupone una reducción de lo dado a lo que admite una medida. De acuerdo. Sin embargo, ¿acaso podemos dejar de preguntarnos si es cierto lo que dice Kafka? ¿Hay esperanza o no la hay? ¿Eres o no el guardián de tu hermano? ¿Tiene razón el verdugo? El amor ¿no es más que una reacción bioquímica? Son interrogantes que, antes que incitar nuestra curiosidad, deberían estremecernos. El que no podamos responder a estas preguntas de una vez por todas —el que cualquier respuesta exija una posición de valor, en el doble sentido de la palabra valor— no implica que podamos prescindir de ellas como quien no quiere la cosa. La cuestión de la verdad —de lo que en verdad acontece y no simplemente pasa— en modo alguno es irrelevante. De hecho, es la cuestión. El problema de la existencia no es que, con respecto al saber, andemos sobre arenas movedizas, sino que no parece que seamos capaces de pronunciar una última palabra sobre lo que, en definitiva, importa. No ser conscientes de ello supone seguir entre los estantes de un supermercado.

positivismo cristiano

septiembre 14, 2020 § 2 comentarios

La fe de una buena parte de los cristianos tiene mucho de positivismo. Así, fácilmente se dice que hay Dios; que Él nos creo y que, de algún modo, cuida de nosotros; que, tras la muerte, resucitaremos o algo parecido, si Dios quiere…, aunque, de hecho, bastantes dan por descontado que querrá, lo cual, dicho sea de paso, hace de Dios un Dios prescindible. Y este es el problema: el dar por descontado cuanto se refiere a Dios. Quizá una fe adulta, antes que traducir el kerigma a categorías digeribles hoy en día, convirtiendo a Dios en un océano o en el espíritu del buen rollo, debería interesarse, cuando menos, por lo que en la Biblia se afirma sobre la realidad de Dios, a saber, que en modo alguno es homologable a lo que espontáneamente entendemos por divino. De hecho, la revelación siempre nos coge con el pie cambiado. Pues, para una sensibilidad tópicamente religiosa, no es evidente que Dios, antes que ubicarse en la dimensión oculta del mundo, haya sido desplazado a un pasado inmemorial (y que por eso estamos donde estamos). Un Dios que se da por descontado exige culto y sacrificio. En cambio, como vio Israel, quien se encuentra ante la verdad de Dios permanece a la espera de Dios, mientras da de comer al hambriento. Sin embargo, Israel lo que no esperaba es que Dios regresara con el rostro de un colgado en nombre de Dios; que el Padre no fuese aún nadie sin la adhesión incondicional del hombre. Como decíamos, con el pie cambiado.

punto de partida

septiembre 13, 2020 § 2 comentarios

El cristianismo quizá fuese otra cosa si entendiéramos que, de facto, lo primero no es la creencia, sino nuestra incapacidad para la confesión. Esto es, que como cristianos más bien permanecemos en la falta de fe. En su lugar, unas cuantas suposiciones (y en el mejor de los casos, una cierta solidaridad). La fe es patrimonio de unos cuantos elegidos. O eso parece. A lo sumo, podemos decir que creemos que aquello en lo que cree el testigo es verdadero. Pero por honestidad, deberíamos admitir que la mayoría no nos encontramos en la situación en la que la fe es posible. O por decirlo de otro modo, no hay fe que valga para el escriba o el fariseo —para el satisfecho de sí mismo (y de paso, de su piedad)—. Quizá no sea casual que las eucaristías comiencen con un acto de contrición. Nos equivocamos donde creemos que lo que nos une cristianamente es la fe. En el día a día, lo que nos reúne es, precisamente, nuestra falta de fe. Y no estaría de más que fuéramos conscientes de ello. Una vez más, Deus semper maior. Y quien dice Dios, dice aquel que lo encarna.

mesianismo kafkiano

septiembre 12, 2020 § Deja un comentario

El judaísmo siente un verdadero vértigo ante la posibilidad de que el Mesías hubiera ya irrumpido en la historia y que nadie hubiese sido capaz de reconocerlo. De hecho, este sería el síntoma de que Israel habría dejado de temer a Dios. O lo que viene a ser lo mismo, de que habría perdido cualquier esperanza. Pues tan solo quien se encuentra sub iudice espera una redención. Como reza una sentencia talmúdica, todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios. Y el hombre, según el judaísmo, se hunde definitivamente en la oscuridad de una historia sin propósito donde permanece indiferente al juicio de Dios, mejor dicho, de aquel con quien Dios se identifica.

Desde esta sensibilidad, escribe Kafka en sus Cuardenos en octavo: el mesías vendrá cuando no sea necesario, vendrá un día después de su venida, no vendrá el último día, sino después del último. Este fragmento constituye una variante del dicho hay esperanza, pero no para nosotros, también de Kafka. Traducción: Dios cumplirá con su promesa (pues es Dios). Pero no sabremos verlo. Teniendo esto en cuenta, uno podría sospechar que la genuina convicción judía reside en la incapacidad de Israel para reconocer al ungido de Dios. No en vano, la Biblia es un inventario de profetas apedreados —o si se prefiere, de nuestros malentendidos con respecto a Dios, al fin y al cabo, de una connatural incredulidad—. De ahí que, según el monoteísmo bíblico, lo decisivo con respecto a Dios no sea el contacto con Dios, algo así como una contradictio in terminis, sino lo que se desprende de la imposibilidad de una religatio. Dios es, por defecto, el que nos puede u obliga de manera insoslayable. Pero el hallazgo judío acaso consista en haber visto que lo que ejerce un verdadero poder sobre nosotros no es el dios —de facto, su poder sería circunstancial—, sino su falta; que todo lo de Dios comienza, en definitiva, donde el hombre comprende a flor de piel que su estar en el mundo es debido al eterno paso atrás de Dios.

el viejo Bill

septiembre 11, 2020 § Deja un comentario

Imaginemos que la fundación Bill Gates lograse resolver el problema del hambre. Que hubiera dado con la tecla tecnológica por la que la humanidad pudiera alimentarse hasta reventar. Como si solo fuera cuestión de vivir de la luz. ¿Se salvaría Bill Gates? Ciertamente, dio de comer al hambriento… pero desde la distancia, apretando un botón, como quien dice. ¿Podrá un rico entrar finalmente en el Reino? ¿Será verdad que la ciencia nos permite al fin y al cabo prescindir de Dios?

Sin embargo, esto no sucederá. Pues el problema del hambre no es un problema de recursos, sino de acceso a los recursos. La escasez es un problema en definitiva político. Hay pecado original, por decirlo así. Y el pecado original tiene que ver con el hecho de que nuestra libertad va con la indiferencia hacia el extraño, por no hablar del miedo que nos empuja a eliminar al impuro —a arrancar las malas hierbas del jardín—. La caída implica que el horizonte de la libertad es el dominio. Hay remedio. Pero no para el hombre. Al menos, mientras siga estando sujeto a la voluntad de poder, a su anhelo de ocupar el lugar de Dios.

a vueltas con Buber

septiembre 10, 2020 § Deja un comentario

Es conocida la distinción que plantea Buber entre una divinidad concebida como Ello y el Dios que se revela como un Tú. Sin embargo, denominar Dios a la primera es lo de menos. Al fin y al cabo, se trata de un arjé, aunque se vista con los oropeles del amor o el espíritu de interconexión. Y lo que exige un arjé es una adecuación, un ponerse en sintonía, un cierto saber… en modo alguno, una respuesta. Desde la óptica judía, un dios-arjé no puede ser realmente divino. Tan solo vale como Dios aquel al que podemos invocar y que, sobre todo, nos invoca. Pues, si cabe hablar de Dios es porque en su palabra se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Esto es, ante Dios permanecemos sub iudice. Otro asunto es bajo qué situaciones podemos admitirlo.

Así, no es casual que, en la Biblia, Dios aparezca como la voz que interpela a Caín por el lugar de Abel. De ahí que fácilmente lleguemos a imaginarlo como una especie de abuelo espectral o como una variante del amigo invisible de la infancia. Y este es el problema. Un Dios que coincidiera con nuestra imagen de Dios no sería mucho más que un dios, un ente con el que deberíamos negociar o, si se prefiere, un misterio episódico o circunstancial. Ciertamente, aquí podríamos hablar de la analogia entis, esto es, de que cuanto quepa decir analógicamente de Dios —por ejemplo, Dios es como un padre— es siempre superado por una mayor desemejanza. Pero de ello hablaremos en otro momento.

la lengua de Adán

septiembre 9, 2020 § 1 comentario

En el origen, el nombre es el significado. La descripción va con el nombre. La cosa no difiere de cuanto cabe decir de ella. La posibilidad de una descripción en falso —que el sujeto de la predicación caiga fuera de la predicación como el resto invisible de lo visible— es, bíblicamente, el efecto de la caída. Evidentemente, no hay evidencias de lo que acabamos de decir. Pero es lo que se deduce de la existencia, del que nazcamos como los que fueron arrancados de una genuina alteridad. El decir no dice (o mejor, no termina de decir). Él carácter absolutamente singular de cuanto es se escapa al lenguaje, a la predicación. En realidad, se trata de lo no dicho en lo dicho. Por eso, nadie coincide con el mote que le caracteriza. Y no porque posea rasgos ocultos, sino porque el yo es, en sí mismo, un continuo desajuste con el aspecto que le identifica. Es algo más, aunque este algo más sea un eterno porvenir, una voluntad de ser definitivamente alguien que no termina de resolverse en lo concreto (y quizá deberíamos añadir, por suerte). De hecho, la pregunta fundamental es quién va a decidir quién eres —de quién obtendrás el reconocimiento. Por defecto, un Padre. Pero el Padre es, precisamente, lo que perdimos de vista al nacer.

El lenguaje, por tanto, miente. Y porque miente sin remedio, incluso donde se limita a constatar los hechos, el habla juzga. Díficilmente, podemos permanecer en la ambivalencia. De ahí que necesitemos decirnos que lo que observamos, pongamos por caso, es un gesto de amor (y no lo que también está en ese gesto y no es amor). Así, podemos estar de acuerdo en que el amor es sacrificio. Pero no todo sacrificio es amor. Aunque lo parezca. En este sentido, el juicio del decir es inevitablemente provisional. Es como si todo estuviera pendiente de una última palabra que no está en nuestras manos pronunciar.

Por eso mismo, frente al decir siempre cabe la sospecha. Y la sospecha es, literalmente, diabólica. Pues diábolos significa el que niega o separa (o más estrictamente, el que lanza falsedades, el que arroja a los unos contra los otros). La sospecha es la posibilidad más íntima del habla. Y esto significa que la posibilidad de dejar de confiar —la incredulidad— va con el lenguaje. Porque el diablo nos hizo suyos, por decirlo así, Dios pasó a ser un nombre-puro, sin referente (o con un referente pendiente, en el aire). Sin embargo, puede que tengamos que agradecerle a Dios la caída. Y es que la caída no es el fruto de la libertad, sino la libertad tot court. Aun cuando el precio de la libertad sea la imposibilidad de permanecer en la pura presencia de lo dado o, por decirlo en bíblico, en la adoración. Con todo, sigue siendo cierto que la rosa es sin porqué.

lobos solitarios

septiembre 8, 2020 § Deja un comentario

El otro día, tras la cena, nos juntamos unos cuantos en un extremo de la terraza del restaurante a fumar. Son las cosas del covid (y no de las peores, como es obvio). La escena es, cuando menos, curiosa. Allí había de todo, pijos y oficinistas, un ruso con aspecto de gánster, un camarero que aprovechaba el parón, un magrebí… No nos dijimos nada. Simplemente, fumábamos. La sensación, sin embargo, era que formábamos parte de una misma comunidad. Y no porque fumásemos, sino porque el momento era, por decirlo así, íntimo. En los recovecos de la soledad somos el mismo hombre. De coincidir con el fin del mundo, podríamos habernos dado la mano.

la raíz es la ausencia de raíz

septiembre 7, 2020 § Deja un comentario

La pérdida es la experiencia fundamental de la existencia. Su envés, el de una imposible esperanza. Así, lo dado —lo presente— es donación, aun cuando lo dado es retenido por la conciencia como algo propio. La alteridad tuvo que dejarse atrás para que pudiera haber mundo. En realidad, no hay Otro salvo para el que lo perdió de vista. Este es el principio de nuestro extravío, de nuestra condición de existentes. En medio del mundo, somos la torre de control, incluso donde nos decimos que no somos el centro (de hecho, el que necesitemos decírnoslo confirma lo anterior). Estamos, pues, sometidos a las apariencias. No es posible ir más allá de lo que nos parece que es. Intentarlo es como salir del pantano tirándose de los propios cabellos (como en el cuento del baron de Münchhausen). Quizá por medio del ejercicio de la dialéctica. Pero su final es siempre un impasse, en cualquier caso una formalidad. El saber que manejamos —hoy en día, la ciencia— sustituye una apariencia por otra (en el caso de la ciencia, por una emotivamente neutra, más operable por cuantificable). De ahí, que con respecto a lo dado prevalezca el trato, la negociación. Sentimos en lo más profundo una nostalgía de lo absolutamente otro. Necesitamos la aparición como indicio de que hay más que el No. Ahora bien, una aparición, por su carácter insólito, parece indicar, pero en verdad no indica nada que no sea más mundo. El todo, para quien es capaz de comprenderlo, es el aún no todo. Pero lo que falta nunca podrá constituir una ampliación de las fronteras del todo.

temor y verdad

septiembre 6, 2020 § Deja un comentario

La verdad que no destruye a la criatura no es una verdad, dicen que dijo un místico musulmán. Nadie que no haya experimentado el poder que puede aplastarte mientras pasa de largo sabe lo que es un dios. Todo con respecto a dios se juega de entrada en el plano de lo palpable. De ahí que el paso al monoteísmo —solo hay un Dios y además por-venir— sea un paso fuera de la religión. Con Yavhé, Dios deviene una abstracción.

Nani

septiembre 5, 2020 § 1 comentario

A pesar de su lucidez, no le vi nunca juzgar a nadie —aunque pudiera reprobar, y a veces duramente, sus actos—. Supo ver lo mejor de cada uno. Junto a él, uno se sentía convocado a la bondad. Escuchó más que habló (y cuando hablaba no podías evitar sentir el peso de lo meditado). Dado al consejo, acogió a quien se lo pedía sin importar en qué creyese o qué hubiera hecho. Su silencio siempre fue elocuente. Poseyó un atinado sentido de la prudencia, esto es, de lo mejor según el caso. También de la justicia. Así, vivía como propio el sufrimiento de tantos. Hombre de sencilla, pero profunda, piedad, Ignacio Vila falleció en la madrugada de este viernes. Con la misma discreción con la que vivió. Él encarnó como pocos lo que significa ser jesuita. Pocas veces le oí hablar de lo divino —su tema era la historia—, pero su modo de proceder supuraba una larga experiencia de Dios, de su proximidad y distancia. Los puntos suspensivos que se añaden a quien ha vivido lo suficiente no minó su convicción de que la compasión lo es todo. Por él supiste qué siginifica esto de una existencia que anda entre la gravedad y la gracia. Muchos nos hemos quedado ya sin padre. A través de su testimonio, algunos —ojalá— ocuparán su lugar. Deberían hacerlo.

optimus

septiembre 4, 2020 § 5 comentarios

¿Nihilismo? Prevalece el no. Los momentos de entusiasmo no apuntan a nadie más que a uno mismo. Pura reacción. ¿La esperanza? Un estado emocional, podríamos decir, un asunto de bioquímica, la ebriedad de quien ve el sol tras meses de oscuridad. El cosmos es piedra. Y la piedra carece de propósito. Si la humanidad no supiera secretamente que en el fondo no hay más que inercia y desamparo ¿para qué contar una y otra vez historias con final feliz si no es para convencernos de lo contrario? Quien tiene hambre, sueña con comida. Hay que partir de este punto si queremos intuir, cuando menos, qué es la fe —o mejor dicho, qué afirmación hay detrás de quien profesa una fe—. Pues lo opuesto a la fe no es la ausencia de fe, sino la mala fe. Y hay mala fe donde creemos porque las cosas nos van bien.

creencias

septiembre 3, 2020 § 1 comentario

A pesar de que suelen ir de la mano, la posición básica de quien ve el mundo con los ojos del asombro —o la vida como don— no termina de coincidir con la de quien cree que hay un ser de otra dimensión que nos ampara. Esto es, ambas posiciones no se situán en un mismo plano. ¿En serio que hay Dios como puedan haber extraterrestres? Basta con tomarse al pie de la letra esta suposición para que caiga por su propio peso. Demos por sentado, pues, que hay un ente superior —o incluso supremo— que cuida de ti. Por tanto, podrías topar con él si lograses cruzar la puerta. ¿Qué ocurriría entonces? Caben dos posibilidades. La primera es propiamente una reacción, me atrevería a decir que infantil, y consiste en postrarse. Como quien babea ante el ídolo musical o futbolístico de turno. La segunda exige haber tomado una cierta distancia con respecto a uno mismo, con cuanto nos sucede o parece. Y es que, habiéndola tomado, inevitablemente nos preguntaríamos si acaso eso es todo. De acuerdo, hay un dios, un ente superior. ¿Y? A partir de ese momento, ¿no pasaría a formar parte de nuestro mundo? ¿Acaso no se reproducirían las ambivalencias que rigen nuestra relación con la figura paterna (o si se prefiere, materna)? Y si quedáramos abducidos por su perfección ¿dónde quedaría nuestra libertad? Al fin y al cabo, ¿no deberíamos aprender a lidiar con él? Algo —o alguien— con el que cabe tratar aún no puede ser nada último. Tenía razón Rahner al decir que incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio (o también, un Dios por ver).

Así, quien cree sin haber nunca reflexionado sobre su creencia, o bien confía en la intervención de un deus ex machina como el prisionero espontáneamente permanece a la espera de un libertador, o bien lo de menos aquí es aquel a quien apunta la creencia. En este caso, el creyente creería como amaría el que ama antes el amor que a quien le sirve de excusa o motivo. El tema, entonces, no sería Dios, sino su necesidad de decirse a sí mismo que hay un espectro que le ampara. El amigo invisible de la infancia no existe como existe el avatar de las redes sociales con quien interactuamos desde el anonimato —y a veces, hasta en tono confesional—. De hecho, su respuesta es tan invisible como su presencia. Más aún: si pudiéramos asegurar que existe como podría existir un fantasma ¿no dejaríamos, por eso mismo, de hablarle en la intimidad para intentar comunicarnos efectivamente con él? En este sentido, los que practican espiritismo ¿no son más consecuentes con su creencia? ¿O los antiguos creyentes, cuando practicaban el ritual que debería proporcionarles algún indicio? De ahí que el amigo invisible no pueda existir. Tenemos que relacionarnos con él como si existiera. Es lo que tiene un Dios cuya realidad se decide por entero en el espacio de la interioridad.

Ciertamente, la fe va con la postración. Pero la cuestión es qué —o quién— nos obliga a ponernos de rodillas. Y bíblicamente, no es Dios en directo, sino lo debido a Dios, a su radical trascendencia. En concreto, el don de la vida (o de la bondad) y el sufrimiento de aquellos que soportan el peso de un Dios en falta. Pues no es posible responder a la demanda de estos últimos sin descender (aunque el horizonte sea el del ascenso). Al fin y al cabo, la cruz revela que Dios no es una variante del amigo invisible, sino aquel a quien invocamos en cuerpo y alma. Y lo invocamos como el hijo, que habiendo sido abandonado, clama por la vuelta de papá.

encaje

septiembre 2, 2020 § 1 comentario

Creer que Dios existe equivale a creer que hay un gran Otro-sujeto del saber. Aquí cabe establecer una cierta analogía con las teorías conspiranoicas. Alguien maneja los hilos. La diferencia pasa por suponer que Dios quiere nuestro bien. Pero uno podría preguntarse, de paso, por las similitudes psicológicas entre ambos tipos de creyentes. Al menos, en lo que respecta al punto de partida.

burbujas

septiembre 1, 2020 § Deja un comentario

El capitalismo, hoy en día, es un sistema burbujeante. Crecer a punta de burbuja. Es lo que tiene una economía basada en el dinero-deuda: que el dinero fluye inevitablemente hacia la especulación. Los gobiernos no saben qué hacer ante las burbujas… porque no hay nada que hacer. Pues no hay ley sin resquicios. De hecho, una burbuja como la inmobiliaria da trabajo a muchos (y a muchos que, difícilmente, encontrarían otro empleo). Luego pinchar y morir. El hecho es la solución.

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