la lengua de Adán

septiembre 9, 2020 § 1 comentario

En el origen, el nombre es el significado. La descripción va con el nombre. La cosa no difiere de cuanto cabe decir de ella. La posibilidad de una descripción en falso —que el sujeto de la predicación caiga fuera de la predicación como el resto invisible de lo visible— es, bíblicamente, el efecto de la caída. Evidentemente, no hay evidencias de lo que acabamos de decir. Pero es lo que se deduce de la existencia, del que nazcamos como los que fueron arrancados de una genuina alteridad. El decir no dice (o mejor, no termina de decir). Él carácter absolutamente singular de cuanto es se escapa al lenguaje, a la predicación. En realidad, se trata de lo no dicho en lo dicho. Por eso, nadie coincide con el mote que le caracteriza. Y no porque posea rasgos ocultos, sino porque el yo es, en sí mismo, un continuo desajuste con el aspecto que le identifica. Es algo más, aunque este algo más sea un eterno porvenir, una voluntad de ser definitivamente alguien que no termina de resolverse en lo concreto (y quizá deberíamos añadir, por suerte). De hecho, la pregunta fundamental es quién va a decidir quién eres —de quién obtendrás el reconocimiento. Por defecto, un Padre. Pero el Padre es, precisamente, lo que perdimos de vista al nacer.

El lenguaje, por tanto, miente. Y porque miente sin remedio, incluso donde se limita a constatar los hechos, el habla juzga. Díficilmente, podemos permanecer en la ambivalencia. De ahí que necesitemos decirnos que lo que observamos, pongamos por caso, es un gesto de amor (y no lo que también está en ese gesto y no es amor). Así, podemos estar de acuerdo en que el amor es sacrificio. Pero no todo sacrificio es amor. Aunque lo parezca. En este sentido, el juicio del decir es inevitablemente provisional. Es como si todo estuviera pendiente de una última palabra que no está en nuestras manos pronunciar.

Por eso mismo, frente al decir siempre cabe la sospecha. Y la sospecha es, literalmente, diabólica. Pues diábolos significa el que niega o separa (o más estrictamente, el que lanza falsedades, el que arroja a los unos contra los otros). La sospecha es la posibilidad más íntima del habla. Y esto significa que la posibilidad de dejar de confiar —la incredulidad— va con el lenguaje. Porque el diablo nos hizo suyos, por decirlo así, Dios pasó a ser un nombre-puro, sin referente (o con un referente pendiente, en el aire). Sin embargo, puede que tengamos que agradecerle a Dios la caída. Y es que la caída no es el fruto de la libertad, sino la libertad tot court. Aun cuando el precio de la libertad sea la imposibilidad de permanecer en la pura presencia de lo dado o, por decirlo en bíblico, en la adoración. Con todo, sigue siendo cierto que la rosa es sin porqué.

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