el viejo Bill

septiembre 11, 2020 § Deja un comentario

Imaginemos que la fundación Bill Gates lograse resolver el problema del hambre. Que hubiera dado con la tecla tecnológica por la que la humanidad pudiera alimentarse hasta reventar. Como si solo fuera cuestión de vivir de la luz. ¿Se salvaría Bill Gates? Ciertamente, dio de comer al hambriento… pero desde la distancia, apretando un botón, como quien dice. ¿Podrá un rico entrar finalmente en el Reino? ¿Será verdad que la ciencia nos permite al fin y al cabo prescindir de Dios?

Sin embargo, esto no sucederá. Pues el problema del hambre no es un problema de recursos, sino de acceso a los recursos. La escasez es un problema en definitiva político. Hay pecado original, por decirlo así. Y el pecado original tiene que ver con el hecho de que nuestra libertad va con la indiferencia hacia el extraño, por no hablar del miedo que nos empuja a eliminar al impuro —a arrancar las malas hierbas del jardín—. La caída implica que el horizonte de la libertad es el dominio. Hay remedio. Pero no para el hombre. Al menos, mientras siga estando sujeto a la voluntad de poder, a su anhelo de ocupar el lugar de Dios.

¿Dónde estoy?

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